Mundo ficciónIniciar sesiónSe colocó entre sus piernas, bajando despacio la sábana. Sus dedos rozaron su piel cálida, provocándolo sutil. El miembro de él reaccionó al instante, endureciéndose bajo su toque.
Ella sonrió traviesa, inclinándose para besarlo allí. Mientras pasaban los segundos, Viktor soñaba con batallas lejanas, guerras y confrontaciones, sus sueños se esfumaban poco a poco, reemplazados por sensaciones reales. Oía sorbos suaves, que se volvían más altos y rítmicos. Algo cálido y húmedo masajeaba su "soldado" con rapidez creciente, sentía como era succionado desde su alma, algo que le hacía arquear los dedos de los pies para luego tensar. Abrió los ojos, gimiendo ronco, encontrando a Sofía en acción. —Oh, Sofía... qué manera de despertar tan... inusual—. murmuró, su voz grave. Ella levantó la vista, sus labios hinchados y brillantes por el esfuerzo. —No quería despertarte de forma convencional, ya sabes—, susurró juguetonamente entre sorbos. Siguió con la lengua, girando y succionando expertamente, Viktor se arqueó, sus manos enredándose en su cabello. El placer lo invadió, borrando el cansancio de la guerra. Sofía disfrutaba el control, viéndolo rendirse a ella. Él jadeó, acercándose al borde con rapidez, no podía evitar sacudir las caderas de repente, con unas imperiosas ganas de dominar a esta mujer que prácticamente lo estaba aplastando en estos momentos, haciéndolo suyo. —Sofía... no pares—, suplicó, su cuerpo temblando, su rostro se puso rojo, su abdomen tensándose cada tanto, sintiendo ese calor que empezaba a bajar por ahí más rápido de lo que pretendía. Ella aceleró, su mano amasando como si de masa se tratara, haciéndole cosquillas apunto de llevarlo al olvido, llevándolo al clímax con un gemido gutural. Viktor explotó en sus papilas gustativas y más allá, lágrimas de placer en sus ojos. Ella le dio felicidad hasta la última gota, limpiándose los labios con una sonrisa juguetona. —Ahora estás despierto, mi rey—, dijo, subiendo a besarlo, para que saboreara su propio ser en ella misma. Viktor la abrazó, sus manos acariciando cada borde, recoveco y curva rellena de esta que ahora era su belleza, en un movimiento rápido y desesperado la voltea bajo él, aplastándola contra su pecho aplastando los de ella. —Mi reina traviesa—, gruñó, devolviendo el favor con besos descendentes. Sus labios exploraron su cuerpo, deteniéndose en su flor delicada. Sofía jadeó, arqueándose ante su lengua experta. El placer la hizo gemir su nombre, latiendo diferente en su corazón, esta era la primera vez que él la tocaba como nunca y la saboreaba como si fuera su caramelo favorito. No era amor aún, pero algo bullía dulce, pasando los minutos, Viktor también dio su parte, la poseyó como siempre lo hace, demostrando toda su devoción, meneando las caderas en un tango interminable de placer y felicidad, después de unas horas, terminaron felices y entrelazados el uno al otr, exhaustos pero satisfechos, algo que no se comparaba ya. Viktor besó su frente, vulnerable. —Tu idea con el cebo funcionó anoche. Leonid quiere reunirse. Sofía asiente levemente, su mente ya planeando. —Ve. Yo me quedo, pensando en más estrategias. Él se vistió, saliendo a la guerra callejera. La ciudad de Nueva York ardía con conflictos. Viktor lideró ataques en las calles, almacenes chechenos explotando. Hombres caían en tiroteos, sangre tiñendo el asfalto. Dimitri reportaba pérdidas, dos aliados muertos. Viktor volvía cruel, pero Sofía lo suavizaba con su poder. Ella, en la mansión, planificando estrategias sin ser experta ni profesional, sin haber entrado a una universidad, lo único que se le podía ir ocurriendo era leer un poco de información en la oficina de Viktor acerca de clanes mafiosos y lo que se hace o no. Un pensamiento oscuro cruzó su mente: veneno en su copa. Por el padre traidor, por el caos. Pero se detuvo, recordando su reflexión en la biblioteca. No era asesina; controlaría de otra forma. La idea se disipó, fallida antes de nacer. En cambio, planeó alianzas nuevas. Viktor regresó al atardecer, herido en el hombro. Sofía lo curó, sus manos suaves en su piel. —Los chechenos escalan. Perdimos un almacén. Ella lo besó, calmándolo. —Usa mi plan: negocia con Leonid. Él gruñó aprobación, y busca sus labios en un beso todavía más profundo, lleno de pasión y algo más que no se podía comprender. Y ahí es donde Viktor la acorrala contra la pared, apretando cada rollo, cada carne, con ganas Sofía respondió, arañándolo, mordiendo su labio. —No me rompas—, susurró, pero lo provocó más. Él embistió profundo, gimiendo su nombre. Ella lo montó después, dominando hasta que lloró de placer. Agotados, yacían en la cama. Viktor confesó vulnerable. —Te necesito, Sofía, más que a nada, ni a nadie, en estos tiempos... sin ti me sentiría perdido y vacío. Ella tocó su pecho, sintiendo latir diferente. No amor aún, pero cerca. El teléfono vibró, Dimitri de nuevo, jodiendo últimamente, pero era necesario, y ahora ha venido con nuevas noticias. —Anastasia ayuda a los chechenos. Venganza por echarla. Sofía frunció el ceño en confusión, después de que Viktor la trató tanto y tuvieron su historia, aquella víbora rubia de vuelta, pero con esas acciones, no solo es caer demasiado bajo, sino que la traición latente podría perjudicar la conexión con el padre de ella, del Señor Volkov. —Esa pe*rra", murmuró Viktor, furioso con las venas de las sienes palpitando de ira. Sofía pensó por un momento, y su cabeza maquinó con una idea. —Usémoslo contra ella. Su poder bullía, oscura sombra susurrando. La guerra en las calles rugía, traiciones acechando. Mañana, más batallas. Leonid llamó, confirmando reunión. Sofía sonrió interna, piensa provocar un poco a Viktor para controlarlo un poquito, para celar a Viktor, y fortalecer su control. _____ Ya en la noche, Viktor abrazaba a Sofía, ignorante, sin saber muy bien lo que pasaba por la cabeza de Sofía. La noche cayó, llena de promesas y caos. Sofía durmió, soñando movimientos de reina de ajedrez. El padre, en la celda, planeaba escape. Con ayuda chechena secreta. Sofía lo sentía venir, listo para usarlo. La revelación de Anastasia cambiaba todo. Torres tambaleando en el ajedrez. El arco continuaba, fuego y deseo entrelazados.






