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Capítulo 29: La que excava de nuevo el hueso.

Los días siguientes fueron un veneno lento que se colaba por las rendijas de la mansión como el humo de los cigarros caros que Anastasia fumaba en el salón.

Ella no se fue.

Se quedó “por negocios”, decía, pero todos sabían la verdad. Se quedaba para ganar. Para recordarle a Viktor quién había sido antes de que una latina gordita entrara en su vida y le pusiera el mundo patas arriba.

Leonid, el “socio nuevo”, también se quedó. Traje caro, sonrisa fácil, ojos que se detenían demasiado en Sofía cuando creía que nadie veía.

Por las mañanas, Anastasia bajaba al comedor con camisones de seda que dejaban poco a la imaginación, cabello rubio suelto cayendo en ondas perfectas, perfume caro impregnando el aire. Se sentaba al lado de Viktor como si el asiento siempre hubiera sido suyo, mano rozando su brazo, dedos jugando con la manga de su camisa.

—Buenos días, cariño —susurraba, besándolo en la comisura de la boca delante de Sofía—. ¿Dormiste bien? Te noté inquieto anoche… ¿pesadillas o recuerdos?

Viktor sonreía leve, la misma sonrisa que antes reservaba solo para ella. Tomaba café, dejaba que su mano se quedara en su muslo bajo la mesa.

—Recuerdos —respondía bajo, voz ronca—. Buenos recuerdos.

Sofía, sentada frente a ellos, sorbía té en silencio, taza temblando apenas entre sus dedos. Miraba la mesa, pero escuchaba todo. Cada risa. Cada roce. Cada “cariño” que Anastasia soltaba como dardo.

Anastasia giraba hacia ella, sonrisa felina.

—¿Y tú, Sofía? ¿Dormiste bien? Pareces cansada. ¿O es que alguien te tuvo despierta?

Sofía dejaba la taza con cuidado, levantando la mirada por primera vez.

—Duermo cuando puedo —respondía calmada, voz suave pero cortante—. Depende de los ruidos del pasillo.

Anastasia reía alto, con la mano que apoya en el pecho.

—Uy, qué sensible. En Moscú los hoteles eran insonorizados. Allí nadie escuchaba nada… aunque quisiéramos que escucharan.

Viktor reía por lo bajo, toma un sorbo de café sin soplar.

—Anastasia —decía, pero sin enojo real—. Compórtate.

Ella se inclinaba hacia él, labios casi rozando su oreja. —Nunca me porto, cariño. Tú lo sabes mejor que nadie.

Leonid, sentado al final de la mesa, sonreía leve, ojos en Sofía. —Buenos días, Sofía —dijo, voz cálida—. ¿Café?

Ella asintió.

—Gracias.

Él sirvió, sus dedos se rozaron con los de ella al pasar la taza.

Anastasia lo notó, y su sonrisa se hizo más afilada.

—Qué atento, Leonid. Siempre tan caballero. ¿Verdad, Viktor?

Viktor tomó otro trago largo de café.

—Negocios —dijo secamente.

Las tardes eran reuniones en el salón, mapas, vodka, cigarros. Anastasia estaba sentada al lado de Viktor, con la mano en su rodilla, Leonid frente a Sofía, ojos que se detenían demasiado.

Anastasia hablaba de rutas, dinero, pero siempre volvía al pasado.

—¿Te acuerdas de la villa en Capri? —decía, voz baja pero audible—. La terraza, la botella de champagne que terminamos en la piscina… desnudos hasta el amanecer.

Viktor sonreía leve, le hacía evocar pensamiento y destellos de imágenes en aquellos tiempos.

—Lo recuerdo.

Sofía escuchaba, con la taza en la mano, la calma que se le quemaba por dentro, pero siempre serena.

Leonid la miraba.

—¿Te gusta el mar, Sofía? —preguntaba tratando de cambiar el rumbo de la conversación

—. Deberías venir la próxima vez.

Ella sonreía levemente, baja la mirada a la onda que se hace en la taza.

—Quizá... algún día.

Los días seguían pasando, las noches se habían convertido en lo peor, Anastasia lo buscaba. Con perfume echado, camisón, recuerdos.

—¿Te acuerdas de Santorini? —susurraba en su oído mientras él la tomaba contra la pared de la oficina—. La villa, el mar, tú dentro de mí toda la noche…

Viktor la tomaba duro, rabia y deseo mezclados, pero cada vez más suave, como si buscara algo que ya no encontraba.

Sofía los oyó otra vez, y una vez más se acercó, y lentamente volvió a entreabir la puerta, y ahí...

Los vio.

Anastasia encima, cabello rubio cayendo, curvas perfectas moviéndose. Viktor debajo, manos en su cintura de avispa, ojos cerrados, gemidos bajos.

Anastasia la vio, y sonrió triunfalmente con dientes blancos y perfectos.

—Uy, la gordita vino a mirar otra vez —susurró entre jadeos—. ¿Te gusta el espectáculo?

Viktor abrió los ojos, la vio.

—Sofía… —empezó, voz ronca.

Ella no habló. Solo miró, se quedó respirando pesadamente en la puerta de entrada, su corazón palpitando dolorosamente contra su caja torácica una vez más, "no podía ser cierto" parecía un deja vú, esto ya lo había vivido, lo sabía, pero no creía que esta vez iba a doler mucho más fuerte que antes, mucho más.

Ella da un paso atrás, luego otro, y así como la primer vez, sabía que podía haber una segunda, y cierra la puerta con un clic suave, tal como esa vez, tal como... como pensó que nunca iba a volver a suceder.

Se le cayó el alma a los pies, sus piernas tiemblan de nuevo, casi no podía dar un paso más, ya no, pero de algún modo lo logra, porque quiere alejarse.

Corrió a su habitación lo mejor que pudo, las lágrimas no dudaron en salir, y empezaeon a caer sin ruido, en un llanto silencioso.

Leonid la encontró en medio de la huida por el pasillo. —Sofía…

Ella lo miró, con los ojos rojos, hinchados, venosos y llenos de dolor.

—Leonid...—murmura débilmente Sofía con voz ahogada. —Yo... creo que no voy a poder soportar ni un poco más... creo que yo...

No pudo terminar la palabra, su garganta se cerró con el nudo, Leonid compadecido se agacha a su lado y le toma el brazo. —Ven, hermosa... no tienes que llorar por algo que no te quita ni te da ¿verdad?

Sofía se queda en silencio por un momento y asiente levemente. —Tienes razón, yo nunca lo tuve, y nunca lo perdí— se levanta con una nueva fuerza.

—Mañana...—susurra para sí misma sin terminar la oración, pero ya planea por sí sola escapar, irse sin ayuda de nadie, y planificar ahora en su habitación.

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