Mundo ficciónIniciar sesiónSofía se encerró en su habitación y no salió hasta el amanecer, tirada en la cama llorando, sollozando en voz baja, nuevamente sucedía aquello, nuevamente vivía la misma situación, pero se juró, ya no más, nunca más caerá, ella planificará, mientras las lágrimas se le secan, mientras tiene sueños tumultuosos, mientras duerme... planifica.
El plan era simple: una maleta pequeña, la misma que se llevó a Chicago con la misma misión, dinero escondido y un poco más por sí acaso, por si las cosas se complican, ropa oscura y suelta, camiseta holgada, pantalones de chándal, zapatillas bajas. Saldría a las cinco de la mañana, cuando los guardas cambien turno y Dimitri no esté sino en su habitación. Nadie la detendría. A las 4:58 abrió la puerta de su habitación sin ruido. El pasillo estaba vacío, se aseguró mirando de un lado al otro, Irina y Olga estarían en estos momentos en la cocina, muy ocupadas para darse cuenta de su escapada. Bajó las escaleras descalza, con maleta en mano, el corazón latiendo fuertemente pero con pasos firmes y decididos. La puerta principal estaba abierta para la entrega del periódico. El aire helado de la madrugada la golpeó como un latigazo. Dio un paso fuera sin darse cuenta que ya estaba siendo observada. Desde la ventana de su habitación, Viktor la vio. Estaba sentado en la oscuridad, con la camisa arrugada, olor a Anastasia todavía en la piel, vodka en la sangre. No había dormido, y ahí fue, la vio salir, la vio con la maleta, la vio caminar hacia la libertad. El corazón le dio un vuelco. Se va. Se levantó de golpe, corrió escaleras abajo, olor a almizcle de su unión con Anastasia, lápiz labial corrido que mancha su cuello y otras partes, y perfume barato pegado a él. Sofía ya estaba en la grava, pasos rápidos hacia la reja. —¡Sofía! —gritó Viktor, voz ronca, desesperada, por la ventana cuando la ve apurando más el paso. Ella se detuvo, pero no se giró. Leonid llegaba en ese momento desde la calle, tiene el traje arrugado, un negocio nocturno recién terminado, en ese momento vio a Sofía con una maleta, y vio a Viktor corriendo hacia ella. Viktor lo vio. —¡Tú! —rugió, ojos desorbitados en la locura—. ¡Planeaste esto! ¡Tú te la llevas! Leonid levantó las manos apaciguadas. —¿Qué? No, Señor, yo solo... Sofía se giró entonces, lágrimas comienzan a formarse en la comisura de sus ojos, su voz temblando pero fuerte. —¡Basta! —gritó, voz rompiéndose—. ¡Basta Viktor! Viktor se detuvo, con la respiración agitada y el pecho sube y baja cn rapidez. Sofía dio un paso adelante, las lágrimas empiezan a caer sin control. —Empecé a creer que podías cambiar —dijo, voz alta, rota—. Empecé a creer que cuando me miraste en Chicago, cuando me tocaste como si valiera algo, cuando me dijiste que lo intentaras... era verdad. Empecé a creer que quizá, solo quizá, no eras solo el hombre que me rompió la primera noche, que me comparó con ella, que me hizo sentir que mi cuerpo era un error. Señaló a Anastasia que salía en bata, Dimitri y guardas detrás. —Empecé a creer que cuando me dijiste “mía” en el jet era porque me querías, no porque me poseías. Que cuando me tocaste lento, cuando me miraste como si fuera la única... era real. Lágrimas cayendo fervientemente por sus mejillas, la voz rompiéndose todavía más sin poder evitarlo. —Pero anoche... anoche la tomaste otra vez. La dejaste gemir en mi cara. La dejaste decir que valía cada rollo mientras tú la tenías ahí, poseyéndola. Y yo... yo escuché todo. Otra vez. Viktor dio un paso vacilante, su mano extendida hacia ella con miedo, duda, temor, una mezcla de emociones difíciles de comprender. —Sofía... —No —cortó ella, con la voz temblando aguda y casi desaparecida—. No más “Sofía”. No más promesas vacías. Me voy. Porque si me quedo, me rompo, me seguirás rompiendo, haciendo esto, irrespetándome, ese contrato es algo inútil, inservible. Leonid dio un paso, pensando en que quizá podría tomar esta oportunidad para acercarse a Sofía, salvarla, llevársela. —Sofía, yo... Viktor sacó el arma que guarda siempre en su bolsillo trasero. —¡Nadie se mueve! —gritó, apuntando a Leonid, luego a Dimitri, luego a Anastasia incluso a Sofía—. ¡Nadie! Anastasia se rió nerviosa, sintiendo la piel temblar, y no como la hizo temblar anoche. —Estás loco. Viktor apuntó a ella. —Tú —gruñó—. Tú lo trajiste. Tú lo planeaste. Para joderme. Para joderla a ella. Debería matarte, insecto rastrero. Anastasia retrocedió con las rodillas casi temblorosas. —Solo quería recordarte quién eres. Viktor apuntó a su propia sien. —Este es quién soy —dijo, con su voz rota—. Un hombre que la perdió todo por ti. Sofía jadeó en silencio, y traga saliva junto con el nudo que casi ya no la dejaba hablar. —Viktor... no. —susurra. Él la miró, sus ojos se pusieron vidriosos, de rabi, de culpa, de arrepentimiento, una vulnerabilidad que ningún miembro de esa mansión había visto nunca. —No te vayas —suplicó—. Si te vas... me mato. Aquí. Ahora. Hubo un silencio inquietante en el aire, era difícil de procesar, que cualquier movimiento que se hiciera, cualquier chispa de pirotecnia podría estallar en cualquier momento. Dimitri, Leonid, Anastasia, Irina... todos helados. Sofía dio un paso lentamente, acerca su mano en la suya, quitando el arma despacio. —No —dijo calmada a pesar de la situación—. Baja el arma—. susurró. Viktor tembló, sus labios, lágrimas y mocos ensuciando su bello rostro esculpido, ojos grises ahora rojos por la vulnerabilidad. —No te vayas... por favor, te lo pido... mi reina... Ella miró a todos, como si aún no supiera qué hacer, como si dudara, y luego lo mira a él. —No me voy —susurró—. Pero no te perdono, no todavía... Él cayó de rodillas, el arma yace en el suelo ya olvidada, y abraza fuertemente a Sofía, con su cara en su vientre suave como almohada de nube, sus rollitos, su panza redonda que tanto odió y burló. —Entiendo —sollozó—. Entiendo. Anastasia volvió a reírse sin saber qué hacer tampoco. —Estás loco—. Repitió. Viktor, aún con el rostro enterrado en Sofía, no tenía ni ganas de dirigir la mirada a aquella víbora que solo sirvió para arruinar lo todo de nuevo. —Fuera —ordenó con voz temblorosa pero aún firme—. O te mato de verdad. Dimitri sin más discusión se acercó a Anastasia y la tomó del brazo, la sacó con sus cosas y la montó en el auto. Leonid miró a Sofía un segundo más, asintió levemente comprendiendo que aquí no habi espacio para otra media historia, y prefirió irse. Sofía se quedó con Viktor de rodillas, abrazándola, llorando contra su camiseta holgada y barriga redonda. El rey se había roto. Y ella... ella logró bajarlo del pedestal.






