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Capítulo 205: Calma antes del primer disparo.

La noche cayó completamente sobre Moscú, cubriendo la ciudad con ese frío seco que se mete en los huesos y no pide permiso. Desde el piso franco, las luces lejanas parecían estrellas artificiales clavadas en la oscuridad, pero dentro, el ambiente era todo menos tranquilo. Viktor se colocaba los guantes con movimientos firmes, ajustándolos dedo por dedo como si cada gesto le ayudara a ordenar la mente, mientras Dimitri terminaba de revisar el cargador de su arma y Carl se servía el último trago de café frío que llevaba horas reposando sobre la mesa.

—No me gusta este silencio— murmuró Carl finalmente, sin mirar a nadie en particular. —Es como si todo estuviera demasiado… acomodado.

—Porque lo está— respondió Viktor sin dudar, tomando su abrigo. —Y eso es exactamente lo que la hace peligrosa.

Dimitri levantó la vista, observándolo con atención. —¿Última oportunidad para cambiar el plan?

Viktor negó apenas con la cabeza, seco, decidido. —No. Si seguimos retrasando esto, le damos más tiempo a ella para moverse, y no pienso permitir que tenga ni un minuto más de ventaja. Vamos a entrar, vamos a hacer esto rápido, limpio… y salimos.

Carl soltó una risa corta, sin humor. —“Rápido y limpio”, dice… como si estuviéramos entrando a comprar pan.

—Si entras pensando que es una guerra, pierdes antes de empezar— respondió Viktor, mirándolo ahora directamente. —Esto no es una guerra abierta, Carl. Es una cacería.

El silencio que siguió no fue incómodo, fue… denso. De esos que se sienten en el pecho.

Dimitri se puso de pie, ajustándose la chaqueta. —Entonces vamos a cazar.

Y con eso, los tres comenzaron a moverse al mismo tiempo, como si no hiciera falta decir nada más, cada uno sabiendo exactamente qué hacer, qué tomar, qué dejar atrás. Las armas fueron guardadas, los dispositivos revisados una última vez, y en cuestión de minutos, el piso franco quedó atrás, apagado, vacío… como si nunca hubiera habido vida ahí dentro.

El aire exterior los golpeó de inmediato, frío, directo, real.

—Vehículo listo —informó uno de los hombres de Dimitri al abrirles la puerta.

Viktor asintió sin detenerse. —Nos movemos.

El motor arrancó con un rugido bajo, contenido, y el vehículo se deslizó por las calles de Moscú como una sombra más entre tantas, perdiéndose poco a poco entre la oscuridad.

Dentro, nadie hablaba.

No hacía falta.

Cada uno estaba en su propia cabeza.

Carl pensaba en Elena, en su voz quebrada, en el miedo que había escuchado al otro lado del teléfono.

Dimitri pensaba en Ana, en su súplica suave, en ese “vuelve entero” que le había quedado grabado como una promesa que no podía romper.

Y Viktor… Viktor pensaba en Sofía. En su risa. En su voz. En la forma en que había dicho “mi amor” como si el mundo no pudiera tocarla. ppretó la mandíbula hasta que esta hizo tic.

—No voy a fallar— murmuró, casi sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.

Dimitri lo escuchó, pero no respondió. No hacía falta.

Mientras tanto, en la cabaña… El aroma de la comida llenaba cada rincón, cálido, envolvente, casi abrazando el ambiente. Doña María se movía de un lado a otro con una energía que parecía no acabarse nunca, probando, ajustando, sirviendo, mientras Irina y Olga la seguían, intentando no quedarse atrás.

—¡No, no, no!— exclamó Doña María, moviendo una cuchara. —Eso va primero, luego esto, si no, no agarra sabor.

—Sí, señora— respondió Irina, intentando seguirle el ritmo.

Olga, por su parte, picaba ingredientes con precisión, aunque de vez en cuando su mirada se iba hacia la ventana.

—Relájate— murmuró Irina en voz baja. —Aquí estamos bien.

—Lo sé— respondió Olga, sin dejar de trabajar. —Pero igual.

Doña María las miró de reojo y sonrió.

—Ay, ustedes dos parecen más guardias que los guardias.

Las tres soltaron una pequeña risa.

En la habitación, Sofía seguía sentada en la cama, sosteniendo la bolsa entre sus manos. La abrió una vez más, como si necesitara confirmar que lo que había comprado seguía ahí, que no era solo una idea pasajera. Sacó la tela con cuidado. La deslizó entre sus dedos. Su respiración se volvió apenas más lenta.

—Le va a encantar…— murmuró, con una sonrisa que no podía ocultar.

Se levantó, caminando hacia el espejo, sosteniendo la prenda frente a ella, imaginando, proyectando, sintiendo ese pequeño cosquilleo de anticipación que le recorría el cuerpo.

—Viktor…— susurró, casi sin darse cuenta.

Y por un momento, todo lo demás desapareció. No había miedo. No había dudas. Solo… él en sus pensamientos.

En otra habitación, Ana y Elena terminaron de acomodar a los niños. Misha ya dormía profundamente, Alexei había caído rendido casi al instante, y el pequeño Nikolai apenas murmuraba algo entre sueños.

Elena los observó en silencio.

—A veces me pregunto cómo pueden dormir tan tranquilos…— dijo en voz baja.

Ana sonrió levemente.— Porque confían.

—¿En nosotros?— Pregunta Elena.

—En que todo está bien.— murmuró Ana.

Elena bajó la mirada. —Ojalá siempre fuera así de simple.

Ana no respondió de inmediato. —Por eso hacemos esto —dijo finalmente—. Para que lo siga siendo.

Ambas salieron de la habitación con cuidado, cerrando la puerta sin hacer ruido. El ambiente en la cabaña era cálido, tranquilo, casi perfecto.

Pero afuera… los guardias seguían en sus posiciones. Y ahora… más atentos.

Uno de ellos habló por el comunicador, apenas moviendo los labios. —Zona despejada… pero hubo movimiento antes.

Hubo una pausa.

—Sí… ya informé.

Otro guardia, más alejado, recorrió el perímetro con la mirada.

—No bajen la guardia— murmuró.

Dentro, la cena fue servida. Las mujeres se reunieron, las risas regresaron, las conversaciones fluyeron con naturalidad. Doña María no dejaba de insistir en que comieran más, en que probaran esto, en que aquello estaba mejor recién hecho.

—¡Come, Sofía!— dijo señalando el plato. —Eso te va a dar fuerza.

—Sí, mamá…— respondió Sofía, riendo suavemente.

Ana observaba la escena. Elena también. Y por un momento… todo parecía realmente en paz.

Pero en Moscú, el vehículo se detuvo. Viktor miró hacia el frente. Oscuridad, bosque, silencio, solo el sonido de los animales norcturnos en esta noche nevada.

—Llegamos —dijo Dimitri.

Carl exhaló lentamente. —Bueno… ahora sí.— dijo con firmeza, pero las manos las tenía heladas y temblando por los nervios, estaban cerca de terminar esta misión de una vez por todas, pero aún se sentía en pañales con un arma, estaba asustado, pero no quería demostrarlo.

Viktor abrió la puerta y el aire frío volvió a golpear, pero esta vez no era solo frío, era otra cosa.

—Recuerden— dijo Viktor, girándose hacia ellos. —Entramos, hacemos lo que vinimos a hacer… y salimos.

Dimitri asintió.

Carl cargó su arma como Viktor le había enseñado.

—Vamos a terminar esto.

Y sin más… se adentraron en la oscuridad. El crujido de las ramas bajo sus botas era lo único que rompía el silencio del bosque. Cada paso estaba medido. Controlado.

Pero aun así… inevitablemente audible en medio de tanta quietud. Viktor alzó una mano. Los tres se detuvieron al instante. Dimitri giró apenas la cabeza, atento. Carl contuvo la respiración.

Nada. Absolutamente nada. Y eso… era lo inquietante.

—Demasiado limpio…— susurró Carl apenas, inclinándose un poco hacia Viktor.

—Lo sé— respondió él sin apartar la vista del frente.

El viento sopló levemente entre los árboles, moviendo las ramas con un susurro casi fantasmal.

Dimitri entrecerró los ojos.— No hay guardias visibles.

—Eso no significa que no estén— respondió Viktor.

—O que no los necesite— añadió Carl.

Unos metros más adelante… la silueta de la mansión comenzó a revelarse entre la oscuridad.

Era grande y silenciosa, imponente como una montaña, como si estuviera esperando.

Las luces eran escasas. Solo algunas ventanas iluminadas. Demasiado pocas para un lugar de ese tamaño. Demasiado… calculado.

Viktor dio un paso más al frente. Y por primera vez… algo en su expresión cambió. No era duda. No era miedo. Era… reconocimiento.

—Estamos en su terreno— murmuró.

Dimitri ajustó su postura. —Entonces juguemos bien.

Carl soltó el aire lentamente. —Porque si no… salimos en bolsas.

Un leve sonido se escuchó a lo lejos. Casi imperceptible. Como un clic. Los tres se quedaron completamente inmóviles.

Silencio. Viktor inclinó apenas la cabeza.

—Nos están viendo.

Y en algún punto… entre las sombras… alguien sonrió.

Muy lejos de ahí… a miles de kilómetros… en la calidez de la cabaña… Sofía se quedó completamente quieta. Fue algo mínimo. Casi imperceptible. Pero suficiente.

Un escalofrío le recorrió la espalda de repente, haciéndola tensarse apenas sobre la silla donde estaba sentada. Su mano, que descansaba cerca del plato, se detuvo en seco, como si su cuerpo hubiera reaccionado antes que su mente.

—…¿Sofía?— preguntó Doña María al notar el cambio.

Sofía parpadeó, saliendo del pequeño trance.

—¿Hm?… ah… nada…— respondió rápidamente, forzando una leve sonrisa. —Solo… frío, supongo.

Doña María frunció un poco el ceño.

—¿Frío? Pero si aquí está calientito, mija.

Sofía soltó una pequeña risa nerviosa. —Sí… debe ser eso… que vengo de afuera…

Pero no. No era eso, ni siquiera el frío de la nieve suave que caía afuera, había sido… otra cosa.

Algo raro. Algo que no sabía explicar. Como una sensación que le apretó el pecho por un segundo. Como si algo… no estuviera del todo bien.

Sofía bajó la mirada hacia sus manos. Las movió ligeramente. Intentando ignorarlo.

Intentando convencerse. “Seguro es inmediato.” El pensamiento llegó casi de inmediato.

Rápido. Conveniente. Necesario. “Debe estar terminando lo de RUBCOL… estresado… cansado… y yo aquí sintiéndolo…”

Su respiración se estabilizó poco a poco.

Sí.

Eso tenía más sentido. Mucho más sentido que cualquier otra cosa. Alzó la mirada nuevamente, obligándose a relajarse.

Las voces alrededor seguían ahí. Las risas. El calor. La comida. Todo estaba bien. Todo tenía que estar bien.

Aun así…

su mano se deslizó lentamente hacia su teléfono. Lo tomó. Lo sostuvo. Lo miró. Un impulso. Claro. Directo. Llamarlo. Escuchar su voz. Confirmar.

Su dedo se movió apenas sobre la pantalla. Buscando su nombre.

“Viktor”

Ahí estaba. A solo un toque de distancia. Pero entonces… se detuvo. Un recuerdo cruzó su mente. Rápido. Claro. Las veces anteriores. Las interrupciones. Los momentos en los que una llamada… no era lo mejor.

Los silencios incómodos. Las excusas. Sofía tragó saliva. Su dedo se quedó suspendido en el aire.

A milímetros.

—No…— murmuró apenas para sí misma.

Cerró los ojos un segundo. Respiró.

“Está trabajando…” “Está ocupado…” “No lo interrumpas…” Abrió los ojos nuevamente. Y, con suavidad… bloqueó el teléfono. Lo dejó a un lado. Una pequeña decisión. Pero importante.

—¿Todo bien, cariño?— preguntó Elena desde el otro lado de la mesa, observándola con atención.

Sofía levantó la vista. Y esta vez… su sonrisa fue más firme. Más convincente.

—Sí… todo bien.— Y decidió creerlo. Decidió aferrarse a esa idea. A esa calma. A esa normalidad. Porque no sabía… que en ese mismo instante… en ese mismo segundo en el que decidió no llamar… en el que decidió confiar… en el que decidió esperar… Viktor avanzaba un paso más hacia la oscuridad.

El bosque pareció cerrarse un poco más a su alrededor a medida que avanzaban.

No físicamente. Pero sí… en sensación. Como si cada árbol observara. Como si cada sombra respirara. Viktor levantó dos dedos. Señal. Alto.

Los tres se detuvieron de nuevo, sincronizados, precisos.

Dimitri giró apenas el cuerpo, cubriendo un ángulo distinto, mientras Carl tensaba la mandíbula, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a instalarse poco a poco en su sistema.

—Esto no me gusta nada…— susurró Carl, apenas moviendo los labios.

—A nadie le gusta— respondió Dimitri. —Pero aquí estamos.

Un sonido. Esta vez más claro. Una rama. Pero no bajo sus pies. Más adelante. Los tres intercambiaron una mirada rápida. No hizo falta hablar. Viktor señaló a la izquierda. Dimitri entendió. Se movió. Carl cubrió el lado opuesto. Todo en segundos. Fluido. Ensayado. Peligroso.

Silencio otra vez.

Pero ya no era el mismo.

Ahora tenía peso. Intención. Viktor avanzó un paso más. Luego otro. Sus ojos fijos. Su respiración controlada.

Y entonces… lo vio. Un pequeño reflejo. Metálico. Oculto entre los arbustos. Sus pupilas se contrajeron apenas.

—No pisen fuera del sendero— murmuró de inmediato, voz baja pero firme.

Dimitri se congeló a medio paso.

Carl tensó el cuerpo.

—¿Qué es? —susurró.

Viktor no apartó la mirada. —Advertencia…

Pausa mínima. —O trampa.

El viento volvió a soplar. Suave. Arrastrando hojas. Rozando la superficie del suelo. Y por un segundo… muy breve… ese objeto brilló lo suficiente. Cable. Dimitri soltó el aire lentamente.

—Bien… eso responde algo.

Carl dejó escapar una risa seca. —Sí… que quiere jugar.

Viktor entrecerró los ojos. —Entonces juguemos mejor.

Levantó la mirada hacia la mansión una vez más. Ahora más cerca. Más presente. Más… viva.

—Cuidado con cada paso— añadió. —Esto apenas empieza.

Y sin embargo… a pesar de la tensión… a pesar del peligro evidente… a pesar de saber que cada centímetro podía ser el último error…

Viktor dio el siguiente paso. Decidido. Frío.

Imparable.Porque en su mente…

no estaba el miedo. Estaba Sofía. Su voz. Su risa. Su espera. Y eso… era suficiente. A miles de kilómetros…

Sofía, ya recostada en la cama, giró ligeramente sobre su lado, acomodándose entre las sábanas. El cansancio del día empezaba a pesarle en el cuerpo, pero su mente aún daba pequeños giros, suaves, tranquilos… sin urgencia.

Sus dedos buscaron inconscientemente la tela de la almohada. La sostuvo. Como si necesitara aferrarse a algo.

Cerró los ojos. Y por un instante…

volvió a sentir ese pequeño vacío en el pecho. Muy leve. Muy pasajero. Pero esta vez… no lo cuestionó.

—Buenas noches…— murmuró en voz baja, como si alguien pudiera escucharla al otro lado de la distancia.

Y aunque no lo sabía… aunque no podía verlo aunque no podía sentirlo realmente… En ese mismo momento… Viktor seguía avanzando hacia la boca del lobo.

Y la noche…

apenas comenzaba.

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