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Capítulo 220: Bajo el mismo aroma.

La mañana llegó sin pedir permiso, suave, silenciosa… casi engañosa.

El cielo estaba cubierto por una capa gris clara, la nieve aún descansaba sobre los árboles como si nada hubiera pasado la noche anterior, como si aquella visita, aquella amenaza, aquel nombre… no hubiera cambiado el rumbo de todos. Pero dentro de la cabaña, la calma era distinta. No era ignorancia. Era preparación.

El aroma del desayuno fue lo primero que llenó el ambiente.

Pan caliente, algo dulce, café recién hecho… y ese toque inconfundible de canela que Doña María parecía llevar consigo a donde fuera. No importaba el país, la ciudad o la situación… ella convertía cualquier lugar en hogar.

—¡A la mesa todos!— anunció con ese tono firme pero amoroso que no aceptaba excusas.

Y esta vez… “todos” significaba literalmente todos.

Los guardias, aún algo recuperándose de la noche anterior, intercambiaron miradas incómodas cuando fueron llamados. No estaban acostumbrados a eso. A sentarse. A compartir. A ser tratados como algo más que sombras con armas.

Uno de ellos incluso dudó.

—Señora, no es necesario, nosotros podemos…

—¡Nada de eso!— lo cortó Doña María sin miramientos, señalando la mesa con la cuchara de madera —aquí nadie se queda sin comer, y menos después de lo que pasó anoche, si van a cuidar a mi familia, primero tienen que tener fuerzas, así que siéntense.

No hubo discusión después de eso.

Y aunque al principio se sentaron rígidos, con la espalda recta, casi como si estuvieran en formación… poco a poco la calidez del ambiente empezó a romper esa tensión.

El sonido de las tazas, las conversaciones suaves, los niños despertando poco a poco y pidiendo comida con sueño… todo empezó a reconstruir algo parecido a la normalidad.

Sofía observaba aquello en silencio por unos segundos.

Era curioso.

Cómo algo tan simple como desayunar… podía sentirse tan importante después de todo.

Viktor estaba a su lado, más callado de lo usual, pero presente, atento. No la soltaba del todo, ni física ni emocionalmente. A veces su mano rozaba la de ella, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Y ella… no se apartaba.

Elena estaba sentada junto a Carl, vigilándolo más de lo que comía.

—Te duele, ¿verdad?— le dijo en voz baja, pero directa.

Carl hizo una mueca leve.

—Solo cuando respiro… o existo… o me muevo…

Elena le dio un leve golpe en el brazo.

—No es gracioso.

—Un poco sí— respondió él, intentando sonreír.

Ana, por su parte, estaba con Dimitri, aunque más pendiente de observar todo a su alrededor, como si todavía estuviera procesando cada detalle.

—No me gusta esto…— murmuró.

—A mí tampoco— respondió Dimitri sin rodeos —pero ya no estamos en la parte de que nos guste o no.

Después del desayuno, la casa volvió a moverse con propósito. Las mujeres comenzaron a empacar lo que faltaba, organizando ropa, cosas de los niños, detalles pequeños que parecían insignificantes pero que en realidad eran esenciales.

Irina y Olga subieron a ayudar a despertar a los niños, vestirlos, calmarlos, explicarles que iban a viajar sin alarmarlos, que iban a volver a casa y que las vacaciones ya se acabaron por ahora.

Doña María recogía lo de la cocina, asegurándose de que nadie se fuera con el estómago vacío.

Y mientras tanto… Los hombres se apartaron, no muy lejos pero lo suficiente, el cambio fue inmediato, el ambiente dejó de ser cálido.

Y volvió a ser estratégico.

—Tenemos que dividir a los guardias— dijo Dimitri, cruzándose de brazos mientras analizaba el exterior por una de las ventanas. —No podemos dejar esto sin protección, pero tampoco podemos ir cortos allá.

Viktor asintió.

—La cabaña sigue siendo un punto que podrían usar… aunque ya esté comprometido.

Carl apoyó una mano en la pared, aún sintiendo el cansancio en el cuerpo.

—¿Cuántos se quedan?

Dimitri pensó unos segundos.

—Dos aquí. Bien posicionados. Ocultos. Solo vigilancia.

—¿Y los demás?— preguntó Viktor.

—Con nosotros— respondió. —Moscú va a ser el frente principal.

Viktor no discutió. Tenía sentido. Carl soltó el aire lentamente.

—Perfecto… más ojos… más armas… más problemas.

—Más posibilidades de sobrevivir— corrigió Dimitri.

Mientras hablaban, no muy lejos…

Olga estaba terminando de acomodar unas cosas cuando, sin querer, su mirada se desvió.

Otra vez hacia él, el guardia joven.

El mismo, el que había fingido ser su pareja en el centro comercial, el que había sido el primero en caer bajo ese extraño sueño.

El que… ahora estaba ahí, de pie, hablando con los demás como si nada… pero no del todo igual.

Había algo en él, y ella lo notaba, y eso… era el problema, saber que... ese mismo iba a ir con ellos a Moscú...

Desvió la mirada rápido, como si alguien pudiera leerle el pensamiento.

—Concéntrate— murmuró para sí misma.

Pero no podía evitarlo. Había algo en su pecho… ligero… incómodo… nuevo, y no quería nombrarlo, no ahora. No con todo lo demás pasando.

Afuera, la nieve crujía bajo los pasos de los hombres cuando terminaron de organizar el plan.

—Vamos a acercar el jet— dijo Viktor finalmente. —No quiero perder tiempo cargando todo desde aquí.

Dimitri asintió.

—Mejor tenerlo listo para salir en cuanto terminemos.

Carl soltó un suspiro, pero los siguió.

Los tres salieron junto con algunos de los guardias, moviéndose con cuidado pero sin perder ritmo. El frío golpeó de inmediato, ese frío seco que se metía en los huesos, pero nadie se detuvo.

El jet no estaba lejos. Solo lo suficiente como para mantener discreción. Mientras avanzaban, el silencio era casi absoluto, solo interrumpido por el sonido de la nieve bajo sus botas.

Y fue entonces…

Cuando pasó.

El guardia joven, que caminaba unos pasos detrás, se desvió apenas, apoyando la mano en uno de los árboles, como buscando equilibrio o simplemente descansando un segundo.

No parecía importante, no lo era hasta que frunció el ceño, un aroma leve, extraño y a la vez familiar, demasiado familiar.

Sus ojos se abrieron un poco más.

—Ese olor…— murmuró, casi sin voz.

Instintivamente, se llevó la mano a la nariz lo más rápido posible, pero ya era tarde, fue apenas una inhalación, aunque pequeña, casi insignificante, fue lo suficientemente fuerte como para que su cuerpo reaccionara de inmediato.

El pulso se le subió rápidamente en un instante, para luego bajar de golpe, la vista se le nubló y el mundo se le inclinó en un solo eje.

—No…— intentó decir, pero la voz no le respondió.

Y en el siguiente segundo… su cuerpo cedió, el golpe contra la nieve fue seco, pesado, el sonido rompió el silencio como un disparo.

Dimitri giró de inmediato.

—¡¿Qué fue eso?!

Sus ojos encontraron al guardia en el suelo. Y en menos de un segundo… ya estaba moviéndose hacia él. Viktor y Carl reaccionaron igual, acercándose con rapidez, tensión inmediata en cada músculo.

Dimitri se arrodilló junto al cuerpo, girándolo con cuidado, evaluando, observando cada detalle con esa rapidez fría que lo caracterizaba.

—Mierda…— murmuró entre dientes, habría que evaluar la situación y lo peor... este tipo de detalles roba tiempo importante.

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