Inicio / Mafia / COMPRADA POR EL JEFE DE LA MAFIA / Capítulo 217: Verdades y disculpas que debía haber dicho.
Capítulo 217: Verdades y disculpas que debía haber dicho.

La noche no avanzó, se quedó suspendida, pesada como piedra. Como si el tiempo mismo hubiera decidido no moverse hasta que todo lo que estaba contenido saliera a la luz.

Nadie volvió a dormir.

Nadie lo intentó siquiera.

Solo los niños, ajenos a todo, descansaban arriba, protegidos por ese pequeño mundo que aún no se había roto para ellos. Pero abajo… abajo la realidad era otra. Las luces estaban encendidas, el fuego crepitaba suavemente en la chimenea, y el aire estaba cargado de algo más que frío o cansancio.

Era tensión, era verdad acumulada, era el momento.

Los guardias, poco a poco, fueron despertando. Uno tras otro, como si regresaran de un sueño demasiado profundo, demasiado pesado, con la mirada desorientada al principio, el cuerpo torpe, la mente intentando recomponerse. Algunos se sentaron de golpe, otros necesitaron unos segundos más, pero todos coincidían en lo mismo: ese vacío en la memoria, ese olor extraño, esa sensación de haber sido anulados sin siquiera haber podido reaccionar.

Olga e Irina se movían entre ellos, ayudando, ofreciendo agua, asegurándose de que ninguno estuviera realmente herido. Doña María, con su calma firme, repartía las tazas de leche caliente que había preparado, obligando prácticamente a cada uno a tomarla, como si eso fuera suficiente para devolverlos a la normalidad.

Ana seguía cerca de Dimitri, sin soltarlo del todo, aunque ya más tranquila. Elena, por su parte, no se separaba de Carl, vigilando cada gesto suyo, cada movimiento, como si todavía no terminara de creer que lo tenía ahí, entero, vivo.

Y en medio de todos… estaba Viktor, de pie, en silencio, observando todo.

Sintiendo el peso de cada mirada, incluso de aquellas que no lo estaban mirando directamente. Porque no hacía falta. Él sabía. Sabía que ese momento iba a llegar. Sabía que ya no podía seguir esquivándolo.

Sofía estaba sentada en el sofá, más serena por fuera, pero con la mente trabajando a mil por hora. Sus manos descansaban sobre su vientre, casi de forma instintiva, como si necesitara anclarse a algo real mientras todo lo demás se reacomodaba.

Y entonces Viktor respiró hondo, mantuvo el aire antes de soltarlo y... habló.

—Tenemos que hablar.

No alzó la voz, no hizo falta.

El simple tono fue suficiente para que el murmullo se apagara poco a poco, hasta que lo único que quedó fue el sonido tenue del fuego y la respiración de los presentes.

Dimitri lo miró de reojo, Carl también, ambos sabían lo que venía. Ana y Elena intercambiaron una mirada breve, y Sofía… no apartó los ojos de él.

Viktor avanzó un poco, lo suficiente para quedar en el centro de la sala. No buscó una posición dominante, no intentó imponerse… pero aun así, la presencia que tenía llenaba el espacio.

—Lo que pasó esta noche…— comenzó, con la voz firme, aunque por dentro todo estuviera lejos de ser estable. —No fue un accidente… y tampoco fue algo aislado.

Hizo una pausa breve. No para dramatizar. Sino porque las palabras que venían… importaban.

Sus manos Sudán un poco, se sentía algo nervioso y abría y cerraba los puños de vez en cuando a sus costados por las palabras que estaba apuntó de decir.

—La persona que estuvo aquí… Krasnova Volkov…— continuó, girando apenas la mirada hacia Sofía al decir el apellido. —No es alguien cualquiera.

El nombre quedó flotando en el aire, reconocible para algunos, desconocido para otros.

—Es la abuela de Anastasia.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Más incómodo.

Sofía no reaccionó de forma explosiva. No hubo sorpresa exagerada. Solo una pequeña tensión en su expresión… una confirmación más de algo que ya había empezado a encajar en su cabeza.

Viktor bajó la mirada un segundo, como si ordenar sus pensamientos fuera necesario antes de seguir.

—Yo…— comenzó, y por primera vez desde que había empezado a hablar, su voz no sonó completamente firme. —Yo creí que esa mujer ya no existía para mi vida.

Levantó la mirada otra vez. Directa. Honesta.

—Nunca pensé que fuera a aparecer… mucho menos así… mucho menos ahora.

Se pasó una mano por el rostro, exhalando con fuerza.

—No la consideré una amenaza real…— admitió. —Ni siquiera la tenía presente. Para mí… era parte de un pasado que ya había quedado atrás.

Dimitri bajó la mirada. Sabía que eso no era del todo cierto. Pero también sabía que Viktor no estaba mintiendo en lo importante.

—Me equivoqué— añadió Viktor sin rodeos. —Gravemente.

El peso de esa frase se sintió en la sala. No era común escucharlo admitir algo así.

—Cuando Olga la vio en la mansión…— continuó, mirando brevemente hacia ella en señal de reconocimiento. —Ahí fue cuando todo cambió. Ahí entendí que esto no era coincidencia… que ella estaba observando… evaluando…

Su mandíbula se tensó apenas.

—Y tomé la decisión de traerlos aquí.— Hizo una pausa. Más larga esta vez. —No como unas vacaciones.

El aire se volvió más pesado. —Sino como una forma de protegerlos.

Nadie habló.

Nadie lo interrumpió. Porque todos sabían que eso no era toda la verdad… pero tampoco era mentira.

—El tema de RUBCOL…— continuó, mirando a Sofía directamente. —No fue completamente falso… pero tampoco fue la razón principal.

Sofía sostuvo su mirada, no lo detuvo, no lo acusó. Solo… escuchó.

—Yo necesitaba tiempo— dijo él. —Necesitaba espacio para moverme… para averiguar qué estaba haciendo… qué quería… cómo iba a atacar.

Bajó la voz apenas.

—Y no quería que ustedes estuvieran en medio de eso.

El silencio volvió. Pero esta vez… cargado de comprensión mezclada con incomodidad.

—Pero al hacer eso…— continuó, más serio. —Los metí igual.

Esa fue la verdad más cruda. Más directa. Más imposible de esquivar.

—Y por eso…— añadió, mirando alrededor, abarcando a todos. —Tengo que pedir disculpas.

No fue una frase ligera. No fue una formalidad. Fue real, y esta vez... no sintió que le haya costado caro, porque desde el fondo, dentro de él, se sentía genuinamente arrepentido, dolido, avergonzado, y más emociones que luchan por acomodarse en su interior. Levanta la mirada hacia el que más debía pedir perdón.

—A ti— dijo, mirando a Carl primero. —Porque este no es tu mundo… nunca debió serlo… y aun así terminaste aquí… herido… arriesgando tu vida por algo que no te pertenece.

Carl no respondió de inmediato, solo lo miró, procesando.

—A ti también— añadió, mirando a Elena. —Y a tu hijo… porque los puse en peligro sin que lo eligieran.

Elena apretó ligeramente la mano de Carl, pero tampoco dijo nada, y su mirada… no era de reproche, era de realidad.

—A ti— continuó, girando hacia Ana. —Porque aunque ya sabías en parte cómo era todo esto… no merecías vivirlo otra vez así.

Ana bajó la mirada un segundo. Y luego volvió a levantarla. Firme.

—Y a ti— dijo finalmente, mirando a Sofía.

Esa mirada… se sostuvo más tiempo, más profundo.

—Porque te mentí.— Dijo sin adornos, sin excusas.

—Porque tomé decisiones por ti… pensando que te protegía… sin darte la oportunidad de decidir por ti misma.

Sofía no parpadeó, no apartó la mirada, pero sus manos se tensaron ligeramente sobre su vientre.

—Y a usted…— continuó Viktor, girando hacia Doña María.

Su expresión cambió apenas. Se suavizó.

—Mamá…

La palabra cayó con un peso distinto, con respeto, con cariño, con algo que no necesitaba explicación.

—Porque usted confió en mí… y yo la traje a esto.

Doña María lo miró en silencio. Sus ojos eran cálidos… pero también sabios.

—A Irina… a Olga…— añadió, incluyéndolas con la mirada. —Porque han estado aquí desde antes… porque han servido… porque han cuidado… y aun así, esto las alcanzó también.

Olga sostuvo la mirada. Sin bajar la cabeza. Irina tampoco.

—Y a ustedes— finalizó, mirando a los guardias presentes. —Porque confiaron en mi liderazgo… y fallé en anticipar esto.

El silencio que siguió fue largo, pero no fue vacío, estaba lleno de todo lo que acaban de decir, de todo lo que implicaba. Viktor se quedó en silencio un momento más, no había nada más para añadir, no intentó justificarse, tampoco suavizarlo añadiendo algo bonito o sonrisa, porque... ya no había nada qué ssuavizar, y la verdad... ya estaba sobre la mesa.

Y ahora… les tocaba a los demás decidir qué hacer con ella.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP