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Capítulo 204: Vigilancia a toda costa.

Viktor apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia adelante mientras observaba el mapa extendido frente a él. Las coordenadas estaban marcadas. Las rutas… también. Pero nada se sentía suficiente.

—No me gusta —murmuró finalmente.

Carl levantó la mirada desde su asiento.

—¿Qué cosa?

—Todo esto.— dijo Viktor mirando el mapa.

Dimitri dejó el bolígrafo sobre la mesa con un pequeño golpe seco.

—Estamos siguiendo lo poco que tenemos.

—Exacto —respondió Viktor—. Lo poco.

Se forma un leve silencio. El aire se volvió más pesado.

Viktor se enderezó lentamente, pasando una mano por su rostro, arrastrando el cansancio consigo.

—Krasnova no es descuidada…— continuó. —Si dejó rastro… es porque quiere que lo sigamos.

Carl frunció el ceño.

—¿Crees que es una trampa?

—No lo creo.

Pausa.

—Estoy seguro.

Dimitri soltó un suspiro, apoyándose hacia atrás en la silla. —Perfecto… entonces estamos caminando directo a su juego.

—Siempre lo estuvimos— respondió Viktor con calma.

Carl apretó la mandíbula. —Entonces cambiamos las reglas.

Los tres se miraron un momento, durante un buen rato, y sintieron algo diferente en el ambiente, y entendimiento, una decisión.

—No vamos a entrar como ella espera— continuó Viktor. —Si quiere que lleguemos a ese punto… lo haremos, pero no como presa.

Dimitri volvió a inclinarse hacia adelante.

—¿Qué tienes en mente?

Viktor señaló el mapa. —Dividirnos.

Carl negó de inmediato. —Ni hablar.

—Escucha primero.

Viktor deslizó un dedo por una de las rutas marcadas. —Entrada principal… es lo que espera. Ruido, movimiento, confrontación directa.

Luego movió el dedo hacia otra zona menos visible. —Pero aquí…— murmuró. —Aquí es donde no.

Dimitri entrecerró los ojos. —Zona boscosa… cobertura natural…

—Y visibilidad reducida— añadió Viktor.

Carl cruzó los brazos. —También emboscada perfecta.

—Para ella…— respondió Viktor. —O para nosotros.

A Carl se le heló la sangre al pensarlo así, ser ellos los emboscados. El silencio volvió a prolongarse como un personaje que siempre va y viene, de esos que pesan… pero que también construyen.

Mientras tanto… en Nueva York… las risas seguían llenando el aire.

El helado ya había empezado a derretirse ligeramente bajo el contraste del frío exterior y el calor de las manos de los niños, que comían sin preocuparse por nada más que el sabor.

—¡Se me cae!— gritó Misha entre risas.

—¡Te dije que lo sostuvieras bien!— respondió Elena, aunque también estaba riendo.

Doña María negó con la cabeza, divertida.

—Niños…

Sofía observaba la escena con una sonrisa tranquila, sosteniendo su propio helado con más cuidado, y comiendo despacio solo por si le regresan las náuseas o las malas sensaciones, pero cree que es un antojo leve que le hizo sentir la bebé.

Ana estaba a su lado, también más relajada ahora, aunque su mirada seguía moviéndose de vez en cuando, atenta a cualquier cosa y si es caso, ver que a Sofía no le afecte lo del helado.

—Al final sí fue buena idea salir— comentó Sofía.

Ana asintió. —Lo fue.— Dijo, haciendo una breve pausa. —Lo necesitábamos.

Sofía dio un pequeño bocado a su helado.

—Cuando vuelvan…— murmuró —quiero hacer algo así con ellos.

Ana giró la cabeza para verla. —¿Algo así?

—Sí… salir, sin preocupaciones… sin prisas…— Su sonrisa se volvió más suave. —Como una familia normal.— Es lo que pensó Sofía en voz alta.

Ana no respondió de inmediato, pero algo en esa frase… se le quedó.

Mientras tanto, a unos metros, Olga seguía observando a los niños, pero esta vez… su atención se desvió apenas, muy leve, casi imperceptible, por un pequeño movimiento, nada fuera de lo común, pero fue suficiente. Sus ojos se fijaron en una figura a la distancia.

Un hombre quieto, demasiado quieto, y Olga frunció ligeramente el ceño.

—Irina…— murmuró sin apartar la mirada. —¿Ves eso?

Irina siguió su línea de visión. —¿Qué cosa?

—Allá… cerca del puesto de bebidas.

Irina entrecerró los ojos. —Hmm…

El hombre se movió natural, como cualquier otro transeúnte, demasiado natural.

Irina ladeó la cabeza. —Puede ser cualquiera…

—Sí…— respondió Olga. —Puede.

Pero no apartó la mirada. A lo lejos… uno de los guardias también lo había notado, y no se movió, no reaccionó de forma evidente, pero su postura apenas cambió, porque a pesar de que todo parecía tranquilo, eso podría cambiar el cualquier momento.

El hombre se movió apenas unos pasos hacia un lado. Nada fuera de lo normal. Nada que llamara la atención de cualquiera que no estuviera mirando con intención.

Pero Olga no era cualquiera. Su mirada se mantuvo fija, sin volverse rígida, sin delatarse, simplemente… observando.

—No me gusta…— murmuró casi para sí misma.

Irina cruzó los brazos, adoptando una postura relajada mientras seguía vigilando a los niños de reojo. —Puede ser coincidencia…

—Puede— respondió Olga por segunda vez, pero no sonaba convencida.

El hombre ahora fingía revisar su teléfono, un gesto común y repetido, pero había algo en su quietud anterior… que no encajaba.

Algo demasiado calculado.

Uno de los guardias, el que se encontraba más cercano al puesto de bebidas, cambió ligeramente su posición. Tomó un vaso desechable, fingiendo interés en el menú, pero su mirada se deslizó con precisión.

Ya lo había detectado. Todo seguía en calma. Pero ya no era una calma inocente. Era… una calma vigilada.

Mientras tanto, Sofía seguía completamente ajena a todo aquello. —Está frío…— murmuró riendo suavemente al sentir el helado en su lengua.

Ana la miró. —Es la idea.

—Lo sé, pero aun así…— Sofía negó con la cabeza, divertida. —No deja de sorprenderme.

Un pequeño hilo de helado comenzó a deslizarse por el borde.

—Oh— murmuró Sofía, limpiándolo con cuidado antes de que cayera.

Ana sonrió. —Eso te pasa por distraerte.

—No estaba distraída,— protesta ella.

—Claro que sí,— dijo Ana.

—Solo estaba pensando— respondió Sofía.

Ana alzó una ceja. —Eso es peor.

Ambas rieron suavemente.

A unos metros, Misha corría de un lado a otro, con energía inagotable.

—¡Mira! ¡Mira!— gritaba sin dirigirse a nadie en específico.

Alexei lo seguía, intentando alcanzarlo.

Nikolai, más pequeño, trataba de imitarlos, aunque terminaba riendo más que corriendo.

Irina soltó una pequeña risa. —Van a terminar agotados.

—Ojalá— respondió Olga sin apartar del todo la atención del entorno. —Así se tranquilizan más rápido y cuando volvamos a la cabaña lo primero que harán será dormir como un tronco.

Dicho esto vuelve su atención hacia el hombre aparentemente normal, y el.hombre volvió a moverse, esta vez unos pasos más lentos y medidos.

El guardia que lo vigilaba fingió tropezar ligeramente, desviando su trayectoria de forma natural.

Ahora estaba más cerca. Olga lo notó. Y eso fue suficiente para relajar apenas su tensión. No estaban solos, y quizá cree que desde que hicieron este paseo... quizá el viaje completo, nunca habían estado solos, pero al parecer, era solo un hombre pasando el rato.

—Todo bien— murmuró finalmente.

Irina asintió. —Siempre.

Pero aun así… su mirada volvió una vez más hacia el hombre. Solo por precaución.

En Moscú… Viktor tomó una hoja en blanco y comenzó a trazar líneas rápidas, no eran perfectas ni hechas con reglas, tampoco se veían limpias, pero eran lo suficientemente funcionales para continuar con el plan.

—Si ella espera ruido…— murmuró —nosotros vamos a darle silencio.

Dimitri se acercó un poco más, observando.

—¿Infiltración?

—Exacto.

Carl se levantó de la silla, acercándose también. —¿Cuántos?

Viktor no dudó. —Los mínimos necesarios.

Carl negó con la cabeza. —Eso es arriesgado.

—Todo esto es arriesgado— respondió Viktor sin mirarlo. —Pero prefiero arriesgar con control… que lanzarnos como idiotas.

Dimitri apoyó ambas manos en la mesa. —¿Y el resto?

—Cobertura externa.

—¿Y si algo sale mal?— pregunta Dimitri.

Viktor se detuvo solo un segundo. —No va a salir mal. Pero incluso él sabía… que eso no era una garantía.

Por otro lado en Nueva York… el ambiente seguía siendo ligero. Las risas continuaban. Las conversaciones fluían. Como si el mundo no estuviera dividido en dos realidades completamente distintas.

Sofía terminó su helado, observando por un momento el lugar.

—¿Sabes qué?— dijo de repente.

Ana la miró. —¿Qué?

—Quiero más.

Ana soltó una risa. —¿Más?

—Sí… pero ahora algo caliente.— Pensó Sofía queriendo algo más como café o capuchino o algo rico pero suave.

—Eso ya suena mejor.

Se levantaron con calma, sin prisa. Ana limpió sus manos con una servilleta, mirando de reojo a los niños. Todo en orden. El guardia cercano hizo una leve señal, casi imperceptible, todo estaba bajo control.

El hombre… ya no estaba y Olga lo notó primero.

—Se fue.

Irina miró. —¿Quién?

—El de antes.

Irina buscó con la mirada y vio que efectivamente el hombre ya se había marchado, se formó el silencio un momento antes de que Irina dijera algo.

—Mejor así— murmuró.

Olga no respondió, pero tampoco sonrió, porque en ese tipo de situaciones, cuando algo desaparece demasiado fácil, no siempre es buena señal.

De vuelta con Sofía…

ella caminaba con tranquilidad, sin darse cuenta de cómo, poco a poco, todos los movimientos a su alrededor se ajustaban a su presencia.

Protección invisible, cuidada, calculada.

—Después de esto…— murmuró —deberíamos volver, ¿no?

Ana asintió. —Sí… ya ha sido suficiente por hoy.

Sofía sonrió levemente. —Pero valió la pena.

—Sí.— Ana la miró un segundo más. —Valió la pena.

A lo lejos, uno de los guardias llevó su mano discretamente al oído.

—Se movió— murmuró apenas, sus labios apenas se movían al hablar entre pausas y profesión. —Sí… lo perdimos de vista.

Hace otra pausa para sonar casi casual en una llamada normal por teléfono.

—Entendido.— Y bajó la mano, su expresión no cambió nada, pero sí su mirada, porque aunque todo parecía haber terminado… en realidad, apenas estaba comenzando.

Mientras todos caminaban de vuelta, a Elena se le despierta algo que había olvidado.

—¡Ah! El regalo de Carl no se lo compré...

Piensa rápido y toma a Olga del brazo.

—Ustedes adelántense al auto, volveremos enseguida.

Elena de inmediato sale caminando rápido, con una mano sobre su vientre lleno y con la otra agarrada del brazo de una Olga casi consternada, pero que se recupera de inmediato para poder acompañarla.

Sofía y los demás se quedan viendo las caras un buen segundo.

—Bueno... supongo que nos vamos adelantando y las esperamos en el auto, vamos yendo.

Y mientras que las demás con los niños van caminando para montarse en el auto, cada guardia con su papel enfrascado, siguen vigilando a toda costa, parecían radares pero bastante discretos y prácticos.

Elena logra llegar a una tienda de ropa, encontrando una chaqueta de la que cree que podría gustarle a su esposo, y sin más pidió la talla y pagó con la tarjeta, eso lo hizo casi en menos de un minuto.

Olga, por otro lado, estaba contenta de ver a Elena feliz, pero también atenta mirando a todas partes con sutileza, viendo que nadie parezca sospechoso, ya que los guardias se había ido más hacia los lados donde se encuentra el grupo más grande.

Al parecer están solas en estos momentos, y siente que deberían apresurarse, justo cuando estaba a punto de voltearse para ver si Elena había terminado su compra, esta le había agarrado el brazo de nuevo.

—Todo listo, gracias por acompañarme, Olga, volvamos con las demás rápido.

Y así, partieron hacia allá, de vuelta al parqueadero, caminando por los pasillos, vio a un guardia, específicamente el mismo que le había sonreído horas antes, Olga de verdad hania creído que las dos estaban solas, pero se sorprendió por dentro de que... ese mismo haya sido quien las esperara y estuviera al pendiente, y eso la hizo sentir nerviosa por segunda vez, lo cual hizo apurar el paso pero con cuidado del embarazo de Elena.

Al pasar por el lado del guardia, Olga hace un pequeño asentimiento imperceptible, casi como si estuviera agradeciendo por el momento, y así, siguieron adelante, hasta que después de unos momentos más llegaron al auto.

Ya todos se estaban acomodando, inclusive los guardias en autos separados, solo dos iban en un solo vehículo, los que parecían hermanos, al parecer todo estaba en orden, no había pasado nada hasta ahora, pero ya se había instalado una extraña sensación en el ambiente ya de regreso, una tensión molesta que, se olvidaba de vez en cuando cuando los niños no paraban de hablar de lo bien que se sintieron hoy en ese parque de juegos.

Cuando ya todos se acomodaron, el vehículo arrancó con un suave ronroneo y todos se fueron de vuelta a su seguridad, el refugio de la cabaña, en el trayecto, las mujeres se habían quedado en silencio, mientras que eran los niños que no paraban de hablar, hasta que de un momento a otro quedaron completamente dormidos, algo de lo que Olga sonríe, Elena cargando con cuidado a su Misha, Sofía a Alexei, la abuela a Nikolai, y la pequeña Sofía en brazos de Ana.

De vuelta a la cabaña, todo vuelve a la normalidad, el cambio es ligeramente brusco, pero con más paz. Doña María es la primera en hablar.

—¡Bueno mis amores! hoy fue un gran día, ahora... ¡Qué les parece si preparo la cena!

Doña María no tarda y rápidamente se dedica a la cocina junto con Irina y Olga, mientras que las otras mujeres llevan a sus hijos a la habitación para que descansen.

A la vez, cada guardia se vuelve a posicionar en sus puestos fuera de la cabaña. Doña María nota esto y hace una leve mueca.

—Ay estos niños... me preocupa que Viktor haya puesto tanta seguridad después de haberse ido, lo entiendo, pero, siento que los he ignorado por completo.

Doña María, tan cálida y amigable que es, sale de la cabaña y se encuentra con los guardias que ya se acomodaban.

—¡Mis niños!— Dijo Doña María dirigéndose a los hombres estoicos.

—Nunca los he visto comer ni un bocado, qué pena que no los haya notado del todo hasta ahora, ¿Quieren algo de comer? ¡Sí! ¡Por supuesto que quieren! se deben estar muriendo de hambre, y mi comida es la más rica, sobre todo porque le echó buen sazón.

Vuelve entrar a la cabaña, dejando a los guardias consternados, prácticamente Doña María preguntó y respondió por ellos, algo que le hizo sonreír al guardia más joven, los demás, por fuera tenían cara agria, pero por dentro sentían ese brillito de agradecimiento con lágrimas, una buena comida es lo que necesitaban, comida casera, quien sabe desde hace cuanto que no comen algo delicioso.

Dentro, Doña María se puso manos a la obra, se colocó el delantal junto con Irina y Olga y las tres comenzaron a preparar una rica cena.

En la habitación de Sofía, estaba ella sentada en el borde de la cama viendo el regalo que compró, se muerde el labio inferior algo nerviosa pero feliz, ya deseaba que Viktor volviera a ella para compartir ese momento juntos.

Ana estaba en la habitación de los niños acomodando para que duerman bien, Elena estaba con ella.

—Se relajó, finalmente.— Comentó Elena.

Ana asiente levemente satisfecha. —De hecho, logramos que se mantuviera calmada, de que olvidara un buen rato el tema de los chicos, era lo que se necesitaba, y la verdad es que ya puedo respirar mejor, así que gracias a ti Elena, gracias por haberme ayudado, por contar conmigo.

Sonríe poniendo una mano en su hombro, Elena también le devuelve la sonrisa y apoya su mano sobre la de ella en su hombro. —De nada, la verdad es que haber tenido ese momento de descanso, valió la pena para todos, porque también me sentía mal, y ahora sentía que podía respirar mejor, así que gracias a ti también.

Por el momento, todo iba bien, los niños descansando, Doña María cocinando, una Sofía satisfecha con un regalo, Ana y Elena entendiéndose mutuamente, todo estaba yendo en orden hasta ahora.

Y mientras en Nueva York, en ese pedacito, estaba cubierto de paz, por otro lado, en Moscú, los planes de Viktor empezaron a moverse sutilmente, ya están a punto de partir, de empezar esa guerra, de acabar con Krasnova y la oscuridad de su madriguera. No lo harán como los hombres de Dimitri hicieron en Israel, no, acá será en silencio, y el plan... ya se puso en marcha.

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