Mundo ficciónIniciar sesiónEl rugido del jet rasgó el cielo como una amenaza, como si el mismo aire se estuviera partiendo en dos por la violencia con la que descendía. No fue un sonido normal, no fue algo lejano ni discreto; fue brutal, cercano, invasivo… suficiente para hacer vibrar los vidrios de la cabaña y arrancar a cualquiera del sueño más profundo.
Dentro, el primero en reaccionar fue Alexei, que se removió entre las mantas con un quejido, seguido por Misha, que abrió los ojos desorientado, y luego, como una cadena inevitable, el resto comenzó a despertarse poco a poco. Doña María murmuró algo desde su habitación, confundida, mientras Elena se incorporaba con el corazón latiéndole fuerte, sin entender qué estaba pasando. Ana, por su parte, abrió los ojos de golpe, alerta, como si ese sonido hubiera encendido una alarma dentro de su cabeza. Pero afuera… afuera la escena era otra historia completamente distinta. —¡¿Qué carajo estás haciendo, Viktor?!— gritó Dimitri desde su asiento, agarrándose con fuerza mientras el jet descendía demasiado rápido, demasiado bajo, demasiado todo. El panel vibraba, las luces titilaban levemente por la presión del descenso, y el bosque nevado se acercaba a una velocidad que no prometía nada bueno. —¡Confía y cállate!— respondió Viktor sin apartar la vista al frente, los ojos inyectados, las manos firmes en los controles, aunque el ardor en su hombro le estaba pasando factura. La herida del rozón de bala no era profunda, pero dolía, y dolía mal, como una quemadura constante que se negaba a desaparecer. Carl, desde atrás, estaba blanco. Literalmente blanco. —Yo… yo no quiero morir así…— murmuró con la voz quebrada, apretando los dientes mientras sentía cada vibración del jet como si fuera el último segundo de su vida. —Hermano, si esta es tu forma de enfrentar los problemas… déjame decirte que es una m****a. Dimitri soltó una risa nerviosa, más por reflejo que por gracia. —Estoy empezando a pensar lo mismo. El jet descendió aún más, pasando por encima de la cabaña con un estruendo que sacudió los árboles, levantando nieve en el proceso como una tormenta blanca improvisada. Viktor apretó la mandíbula, calculando, ajustando, forzando cada segundo como si estuviera peleando contra el tiempo mismo. Se pasaron, demasiado. —¡Nos pasamos!— gritó Dimitri. —Lo sé— respondió Viktor, girando con brusquedad, forzando el descenso en un claro que apenas se veía entre los árboles cubiertos de nieve. El impacto fue seco. No un choque… pero sí un aterrizaje violento. Las ruedas tocaron el suelo con fuerza, el jet se sacudió, deslizándose unos metros sobre la nieve compactada antes de finalmente detenerse. El silencio que siguió fue casi irreal después de tanto ruido. Carl se quedó completamente quieto, Parpadeó múltiples veces y luego... respiró, soltando todo el aire que había contenido en los pulmones. —…sigo vivo— murmuró, como si no se lo creyera. Luego dejó caer la cabeza hacia atrás. —No jodas… sigo vivo… Dimitri soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y se llevó la mano al pecho, sintiendo el golpe del chaleco donde la bala había impactado antes. El moretón ya estaba ahí, latiendo con cada respiración, pero seguía entero. —Definitivamente… no vuelvo a subir a un avión contigo— dijo, mirando a Viktor. Pero Viktor ya no estaba escuchando. Ya se estaba quitando el cinturón. —Muévanse— soltó, seco. No hubo más palabras. Los tres bajaron del jet con rapidez, el aire frío golpeándoles el rostro como una bofetada. La noche era clara, la luna iluminaba la nieve y algunas farolas lejanas daban apenas suficiente luz para distinguir el entorno. El bosque se alzaba alrededor, oscuro, silencioso… demasiado silencioso. Y eso fue lo primero que le heló la sangre a Viktor. El silencio, no había movimiento, no había señales, no había nada. Sacó el arma sin pensarlo, avanzando con paso firme, los otros dos imitándolo al instante, cubriendo ángulos, revisando sombras, cada uno atento a cualquier mínimo detalle. —Algo no está bien— murmuró Dimitri. —No hace falta que lo digas— respondió Carl, con la voz tensa. Y entonces pasó. Carl dio un paso más… y tropezó. —¡Mierda!— soltó, tambaleándose. Miró al suelo, irritado, pensando que era una roca o una rama, pero lo que vio le hizo fruncir el ceño. Un zapato, enterrado a medias en la nieve. —…espera— murmuró. Se agachó. Apartó la nieve con las manos, el frío calándole la piel sin importarle. Y entonces lo vio. Piel. Tela. Un cuerpo. —¡Viktor!— llamó de inmediato. Los otros dos se acercaron rápido, la tensión subiendo de golpe. Entre los tres apartaron la nieve con urgencia, revelando el cuerpo de uno de los guardias. Estaba rígido, inmóvil, cubierto parcialmente, como si hubiera caído ahí y el mundo simplemente lo hubiera tragado poco a poco. El frío se metió en los huesos de Viktor, no por la temperatura, sino por lo que eso significaba. —…no— murmuró. Dimitri se agachó, buscando el pulso con rapidez. Un segundo, otro, y otro. —…tiene pulso— dijo finalmente. Carl soltó el aire con fuerza. —¿Cómo carajos sigue vivo? —No lo sé— respondió Dimitri, frunciendo el ceño. —Pero esto no es normal. Viktor no dijo nada, ya estaba mirando alrededor, buscando, y entonces empezó a verlos. Uno más allá. Otro cerca de un árbol. Otro a unos metros, medio cubierto. Todos en el mismo estado, inconscientes, dormidos, pero no muertos, solo dormidos, quien sabe en qué mundo onírico. —…no los mató— murmuró Viktor, más para sí mismo que para los demás. Y eso… eso era peor. Porque significaba intención. Significaba mensaje. Significaba que Krasnova había estado ahí… y había decidido no acabar con ellos. Dimitri lo miró. —Esto fue ella. No era una pregunta. Viktor apretó el arma con más fuerza. —Sí. Carl se pasó la mano por el rostro, sintiendo el cansancio, el dolor, la desesperación acumulándose. —Entonces… llegó, con un silencio pesado, denso, e inevitable. —Muévanlos— ordenó Viktor de repente, la voz dura. —No los vamos a dejar aquí. Entre los tres comenzaron a arrastrar a los guardias, uno por uno, acercándolos hacia la cabaña. El esfuerzo era pesado, los cuerpos grandes, la nieve dificultando cada paso, pero nadie se quejó. No había tiempo para eso, cada segundo contaba, cada segundo pesaba, y mientras más se acercaban… más fuerte latía el corazón de Viktor. Porque algo dentro de él… ya sabía. Cuando finalmente estuvieron lo suficientemente cerca, Viktor ya no pudo contenerse más. Soltó al guardia que estaba ayudando a cargar. Y corrió. No miró atrás. No dijo nada. Solo corrió hacia la cabaña, con la respiración pesada, el pulso descontrolado, el miedo apretándole el pecho como nunca antes en su vida. Porque ahora ya no era una suposición. Ya no era un plan, ya no era una amenaza lejana. Era real. Era ahora. Y podía ser… demasiado tarde. La puerta de la cabaña estaba entreabierta. Ese pequeño detalle… fue suficiente para que todo dentro de él se rompiera. —…no— murmuró, casi sin voz. Y empujó la puerta, de golpe, entrando. La puerta se abrió de golpe. El sonido fue seco, contundente, como un disparo que atravesó el aire caliente del interior de la cabaña. El contraste con el frío de afuera fue inmediato, brutal, pero Viktor no lo sintió. No sintió el cambio de temperatura, ni el ardor en el hombro, ni el cansancio acumulado en cada músculo. Lo único que sintió… fue el golpe directo al pecho cuando sus ojos encontraron lo que había al otro lado. Sofía. De pie. Ahí. Viva. Entera. Sus ojos se clavaron en ella como si todo el mundo hubiera desaparecido alrededor, como si no existiera nada más. Pero no estaba sola. Olga estaba a su lado, el guardia joven apoyado en el sofá, aún medio aturdido, y el resto de la casa… comenzaba a despertar. Se escuchaban pasos apresurados en las escaleras, voces confundidas, el murmullo de Doña María preguntando qué estaba pasando, los niños moviéndose entre sueños y susto, Irina intentando organizar algo que ni siquiera entendía todavía. Todo estaba pasando al mismo tiempo, como si la calma artificial que habían tenido durante días se hubiera roto en mil pedazos de golpe. Pero Viktor no podía apartar la mirada de Sofía. Porque algo era diferente. No era solo alivio. No era solo emoción. Había algo más. Y lo supo en ese instante. Ella ya sabía. Lo sintió en la forma en que lo miró. En la forma en que no retrocedió. En la forma en que no preguntó. El peso le cayó encima de golpe. Ya no había más escondites. Ya no había más mentiras. Dio un paso adelante. El suelo crujió bajo sus botas, arrastrando un poco de nieve derretida al interior. Su respiración era pesada, desordenada, y por primera vez desde que había salido de Moscú… no sabía exactamente qué decir. Pero tenía que hacerlo. Antes de que ella hablara. Antes de que todo explotara. —Sofía…— su voz salió más baja de lo que esperaba, más rota, más humana. Tragó saliva, sintiendo cómo cada palabra pesaba el doble. —Yo sé que estás enojada… sé que tienes todo el derecho de estarlo… sé que ahora mismo probablemente quieras matarme, gritarme, echarme de aquí o no volver a verme en tu vida… Avanzó otro paso, lento, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper algo más. —Pero lo hice por ti— continuó, la voz cargándose de emoción, de urgencia. —Lo hice porque te amo… porque no podía arriesgarme a que— —Ya lo sé. Las palabras de Sofía lo cortaron en seco. No fue un grito. No fue una acusación. Fue algo peor. Fue certeza. Viktor se quedó quieto. Completamente. Como si alguien lo hubiera detenido en el tiempo. —…¿qué?— apenas pudo decir. Sofía dio un paso hacia él. Sus ojos estaban brillosos, no solo por las lágrimas contenidas… sino por todo lo que había pasado, todo lo que había entendido, todo lo que había encajado en su cabeza en cuestión de minutos. —Ya lo sé todo, Viktor— dijo, sin apartar la mirada. —Lo de Krasnova… lo de Moscú… lo de por qué nos trajiste aquí… lo de por qué mentiste… Cada palabra era una pequeña puñalada… pero no había odio en ellas. Y eso… eso dolía más. —Olga me lo dijo— añadió, con un hilo de voz que apenas se sostenía. —Y… ella estuvo aquí. El silencio cayó pesado. Viktor sintió cómo algo dentro de él se quebraba. —…¿qué?— repitió, pero esta vez no fue incredulidad… fue miedo. Sofía no respondió con palabras. Solo lo miró. Y en esa mirada estaba todo. El mensaje. El peligro. La confirmación. Y entonces pasó. Todo lo que Viktor había contenido… se rompió. El miedo, la tensión, la culpa, el amor... todo. Sofía corrió hacia él. Sin pensarlo. Sin medir nada. Lo abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su pecho, como si necesitara comprobar que era real, que estaba ahí, que no había llegado demasiado tarde. —¡Idiota…!— soltó entre sollozos, apretándolo más. —¡Eres un idiota…! Viktor se quedó congelado un segundo. Solo uno. Y luego la abrazó de vuelta. Fuerte. Como si no fuera a soltarla nunca más. Como si el mundo pudiera caerse afuera y no le importara. —Estoy aquí…— murmuró contra su cabello, cerrando los ojos con fuerza. —Estoy aquí, mi amor… estoy aquí… El dolor en su hombro ardió cuando ella lo apretó, pero no le importó. Nada le importaba en ese momento más que sentirla viva. Detrás de ellos, la puerta volvió a abrirse. Dimitri y Carl entraron, aún con la respiración agitada, con la tensión pegada al cuerpo… pero lo que encontraron adentro los descolocó por completo. No había gritos. No había caos. Había… algo más. Ana fue la primera en reaccionar. Sus ojos encontraron a Dimitri. Y no dudó. Corrió hacia él sin pensar en nada más, sin importarle la sangre, el cansancio, el desastre que era en ese momento. —¡Dimitri!— lo llamó, la voz quebrándose mientras lo abrazaba con fuerza. Él apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de rodearla con los brazos, apretándola contra su pecho como si necesitara anclarse a algo real. —Estoy bien…— murmuró, aunque claramente no lo estaba del todo. —Estoy bien… Pero Ana no escuchaba. Le tomó el rostro entre las manos, revisándolo, como si necesitara confirmar que cada parte de él seguía en su lugar. —Mírate…— susurró, con lágrimas acumulándose. —Mírate cómo estás… Dimitri soltó una risa baja, cansada. —Podría estar peor. —No digas estupideces— respondió ella de inmediato, pero no lo soltó. Ni un segundo. A unos pasos, Elena se había quedado completamente quieta. Sus ojos estaban clavados en Carl. Y el mundo… pareció detenerse para ella. Nunca lo había visto así. Nunca. La sangre seca en su ropa, el cabello desordenado, el rostro tenso, el cansancio marcado en cada línea… era otra versión de él. Una que no conocía. Una que no quería conocer. Y eso… dolía. Mucho. —…Carl…— su voz salió apenas, como si tuviera miedo de romperlo si hablaba más fuerte. Él levantó la mirada. La vio. Y en ese instante… todo el peso que llevaba encima se le vino abajo. —Elena…— murmuró. Ella no caminó. No dudó. Corrió. Literalmente corrió hacia él, acortando la distancia en segundos, lanzándose a abrazarlo con una fuerza que no parecía propia de alguien en su estado. —¡¿Qué te hicieron?!— soltó, la voz quebrándose mientras lo tocaba por todos lados, como si no supiera por dónde empezar. —¡Estás lleno de sangre, Carl, estás… estás…! No pudo terminar. Las lágrimas salieron solas. Carl la abrazó de vuelta, apretándola con cuidado, pero con una necesidad casi desesperada. —Estoy bien…— dijo, aunque sabía que no era del todo cierto. —Te lo juro… estoy bien… Pero Elena no estaba convencida. Le tomó el rostro. Lo besó. Una vez. Dos. Tres. Como si necesitara devolverle la vida a través de cada contacto. —No vuelvas a hacerme esto…— murmuró entre lágrimas. —No vuelvas a desaparecer así… no vuelvas a volver así… Carl cerró los ojos un segundo. —Lo siento… Y lo decía en serio. En la sala, el resto comenzaba a entender, a procesar, a reaccionar. Doña María bajó las escaleras con el corazón en la mano, mirando a los tres hombres, viendo las heridas, la tensión, la realidad que ya no podían esconder. Irina observaba en silencio, más seria de lo habitual, entendiendo que lo que estaba pasando era más grande de lo que parecía. Los niños… miraban confundidos, aferrándose a lo que conocían, a lo que podían entender. Y en medio de todo eso… Sofía seguía abrazada a Viktor. Pero esta vez… se separó un poco. Lo suficiente para mirarlo bien. Sus manos subieron a su rostro, recorriéndolo con cuidado, como si necesitara memorizarlo de nuevo. —Estás herido…— susurró al notar el rastro de sangre, el desgaste, el cansancio. Viktor intentó restarle importancia. —No es nada. —No mientas— lo cortó de inmediato, pero no con dureza… sino con algo más profundo. Con verdad. Él la miró. Y esta vez… no dijo nada. Porque ya no podía. Porque ya no quería. Porque ya no tenía sentido. Sofía apoyó su frente contra la de él, cerrando los ojos un segundo. —Ya no más mentiras, Viktor— murmuró. —Ya no más. Y en ese instante… él entendió. Que lo que venía… iba a cambiarlo todo. El murmullo de la casa comenzó a reorganizarse poco a poco, como si cada quien, sin necesidad de dar órdenes, supiera exactamente cuál era su lugar en ese momento. No había gritos, no había caos descontrolado… pero sí había una tensión espesa, una que se pegaba a las paredes, al aire, a cada respiración que daban. Olga fue la primera en reaccionar con claridad. Miró a los niños, luego a Irina, y con una leve inclinación de cabeza, ambas se entendieron sin palabras. —Vamos, pequeños…— dijo Olga con suavidad, forzando una calma que no sentía del todo, pero que necesitaban transmitir. —Es hora de volver a la cama, ¿sí? Nada de esto es para ustedes ahora. Alexei frunció el ceño, confundido, mirando a su padre, luego a su madre. —Pero papá está… Sofía giró apenas el rostro, obligándose a sonreír, aunque el pecho todavía le dolía. —Papá está bien, amor…— respondió con una dulzura que escondía todo lo demás. —Solo necesita descansar un poquito, como tú. Misha también miraba, inquieto, pero Irina ya se había acercado, tomando su mano con firmeza. —Vamos, campeón…— dijo, guiándolo con suavidad. —Mañana podrán hacer mil preguntas, ahora toca dormir. La pequeña Sofía ya estaba en brazos de Olga, medio adormilada, ajena al peso de lo que acababa de pasar. Ese pequeño detalle… fue lo único que trajo un poco de paz en medio de todo. Poco a poco, los niños fueron llevados escaleras arriba. Sus pasos se fueron apagando hasta desaparecer por completo, dejando atrás un silencio más adulto, más crudo, más consciente. Abajo… la realidad seguía. Elena no se había separado de Carl. Lo había llevado hasta una silla cercana, obligándolo a sentarse mientras sus manos, aunque temblorosas, empezaban a trabajar. Buscó lo que pudo, una tela limpia, agua, cualquier cosa que sirviera, porque lo último que iba a hacer era quedarse quieta viendo cómo él sangraba. —No te muevas— murmuró, concentrada, limpiando con cuidado la zona donde la bala lo había rozado. Carl apretó los dientes. —Créeme… no tengo muchas ganas de hacerlo. Ella soltó un pequeño suspiro, pero no dejó de trabajar. Sus dedos eran suaves, pero firmes, y cada vez que tocaba la herida, su expresión se tensaba un poco más. —Esto te dolerá… —Ya me duele— respondió él, intentando sonar ligero, pero no lo logró del todo. Elena lo miró un segundo. Y sin previo aviso… lo besó. No fue suave. Fue firme. Intenso. Corto. Pero suficiente para descolocarlo. —Eso fue para que no te quejes— murmuró, retomando lo que hacía. Carl soltó una risa baja, casi incrédula. —Si eso viene con el paquete… creo que podría quejarme más seguido. Ella negó con la cabeza, pero una pequeña sonrisa traicionó su preocupación. A unos pasos, Ana no se había separado de Dimitri ni un segundo. Lo tenía sujeto por el brazo, como si en cualquier momento fuera a desaparecer si lo soltaba. Sus ojos recorrían cada detalle, cada marca, cada señal de que había estado demasiado cerca de algo peor. —Si te hubieras muerto…— empezó, pero la voz se le quebró antes de terminar. Dimitri la miró con una mezcla de cansancio y algo más profundo. —Pero no me morí— respondió con suavidad. Ana negó, bajando la mirada un segundo antes de volver a subirla, más firme. —No vuelvas a decirlo así… como si fuera algo fácil. Él suspiró, acercándose un poco más. —No lo es…— admitió. —Y no pienso hacerlo. Ella lo abrazó otra vez, más despacio, apoyando la cabeza contra su pecho, escuchando ese latido que, en ese momento, era lo único que importaba. —Más te vale… Dimitri cerró los ojos un segundo, apoyando la barbilla sobre su cabeza. —Sí… más me vale. En la cocina, Doña María ya estaba en movimiento. A pesar de la hora, del cansancio, del susto… su instinto fue claro: cuidar. Encendió la estufa, sacó lo necesario, y comenzó a preparar leche caliente con miel y un toque de canela. El aroma empezó a expandirse lentamente, llenando el ambiente con algo cálido, familiar… casi reconfortante. —Con esto se les baja el susto…— murmuraba para sí misma mientras removía con cuidado. —Y se les calienta el alma también… Era su forma de ayudar. Su manera de sostener el mundo cuando todo parecía tambalearse. Y en medio de todo eso… Viktor no se movió. Seguía ahí, frente a Sofía. Como si todo lo demás hubiera pasado a un segundo plano. Sus manos seguían en el rostro de ella, pero ahora con más calma, recorriéndola despacio, asegurándose de que no había heridas, de que estaba bien, de que no había llegado tarde. —¿Te hizo algo…?— preguntó finalmente, con la voz baja, pero cargada de tensión. Sofía negó suavemente. —No…— respondió. —No físicamente. Eso fue suficiente para que algo dentro de él se apretara aún más. —Pero estuvo aquí— añadió ella, sin apartar la mirada. —Entró… habló conmigo… se fue como si nada. Viktor cerró los ojos un segundo. Eso era peor. Mucho peor. —¿Qué te dijo…?— preguntó, aunque no estaba seguro de querer saber la respuesta. Sofía dudó apenas un instante. No por miedo. Sino porque sabía el peso de lo que iba a decir. —Que esto ahora es personal…— murmuró. —Y que corras. El silencio que siguió fue denso. Pesado. Cargado de pensamientos no dichos. Viktor soltó una risa sin humor, bajando la mirada un segundo antes de volver a levantarla. —Siempre lo fue. Sofía lo observó con atención. —No para mí— respondió con firmeza. —Pero ahora sí. Eso lo golpeó más de lo que esperaba. Porque tenía razón. Porque la había arrastrado a algo que, en un principio, nunca debió tocarla. Sus manos bajaron lentamente, tomando las de ella. —Lo siento…— dijo, y esta vez no fue una frase automática. —Por todo… por mentirte… por traerte aquí… por no confiar en que podrías soportarlo… Sofía negó, apretando ligeramente sus manos. —No es que no pudiera soportarlo…— corrigió. —Es que no me diste la oportunidad de elegir. Eso… lo dejó sin palabras. Y por primera vez en mucho tiempo… Viktor no tuvo respuesta inmediata. Solo la miró. Asimilando, entendiendo y ceptando. —Tienes razón— admitió finalmente. Y no hubo excusas. No hubo justificaciones. Solo verdad. Sofía respiró hondo, sintiendo cómo el cansancio, el miedo y el alivio se mezclaban dentro de ella. —Pero ahora ya estamos aquí…— dijo, más suave. —Y ya no hay vuelta atrás. Viktor asintió lentamente. —No… ya no la hay. Sus frentes se apoyaron una vez más, en un gesto íntimo, silencioso, pero lleno de significado. A su alrededor, la casa seguía viva, moviéndose, respirando, intentando recuperar una normalidad que ya no existía del todo. Pero en ese pequeño espacio entre ellos… había algo más fuerte. Algo más real. Algo que, a pesar de todo… seguía intacto. Y que ahora… tendría que enfrentarlo todo.






