Mundo ficciónIniciar sesiónEl cable no estaba puesto para matar. Estaba puesto para avisar. Viktor lo supo en el instante en que lo vio, en la forma en la que estaba tensado, en la altura, en el ángulo exacto… no era una trampa improvisada, no era algo descuidado, era preciso, limpio, pensado para alguien que sabía exactamente por dónde iban a pasar.
—No lo toquen— murmuró con voz baja pero firme, sin apartar la mirada. Dimitri inclinó apenas la cabeza, analizando el entorno con más detalle ahora, como si de pronto todo hubiera cambiado de significado. —Entonces ya sabe que estamos aquí. Carl soltó el aire lentamente por la nariz. —Perfecto… nos está esperando con vino y flores entonces. —No— respondió Viktor. —Nos está midiendo. El silencio volvió a caer, pero esta vez era distinto, más pesado, más consciente. Viktor dio un pequeño rodeo, marcando con la mano la ruta segura, evitando el cable con una precisión milimétrica, cada paso calculado como si estuviera caminando sobre cristal. Los otros dos lo siguieron sin cuestionar. La mansión de la bruja estaba más cerca ahora, mucho más cerca, ya no era solo una silueta lejana, ahora podían ver con más detalles, las ventanas, las columnas, estructuras y... algo más. —¿Ven eso? —susurró Dimitri. Carl entrecerró los ojos. —Hay movimiento. Muy leve pero estaba ahí, una cortina que se movía apenas, lo suficiente. Viktor no se detuvo. —Nos está mirando. —¿Desde hace cuánto?— preguntó Carl. —Desde antes de que bajáramos del vehículo—respondió Viktor sin dudar. El suelo cambió bajo sus pies, el sonido de la grava, con más ruido, con más exposición. —Genial… ahora sí nos va a escuchar hasta el alma— murmuró Carl. —Ya nos escuchó— replicó Dimitri. Viktor levantó la mano una vez más. Alto. Se agachó lentamente, pasando los dedos cerca del suelo, sin tocar directamente, sintiendo, midiendo, leyendo el terreno como si fuera un mapa vivo. Y entonces lo notó, un cable, más bajo y estaba más escondido que el anterior, y él, sonrió, por no era una sonrisa cualquiera, no era de diversión, era de reconocimiento. —Le gusta jugar, al fin y al cabo…— murmuró. Dimitri ladeó la cabeza. —¿Y a ti? Viktor levantó la mirada hacia la mansión, su mirada gris como el acero viendo con firmeza. —Me gusta ganar. El silencio nuevamente se prolongó. Carl ajustó su arma aunque todavía le temblaba el pulso. —Entonces dime cuándo dejamos de caminar bonito y empezamos a romper cosas. Viktor se enderezó lentamente, mirando una ve más la estructura, cada detalle de la mansión, incluyendo el jardín y la alfombra de bienvenida en la entrada. Y entonces dijo: —Cuando ella lo decida. Como si hubiera estado esperando esa respuesta… una luz se encendió dentro de la mansión, luego le siguió otra, y otra más como si se estuviera encendiendo un espectáculo apuntó de empezar, aunque no todas fueron prendidas, solo unas cuantas, las suficientes. Para dejar claro algo. No estaban entrando a escondidas, estaban siendo invitados. Dimitri soltó una risa baja. —Bueno… eso no es nada sospechoso. Carl negó con la cabeza. —Odio cuando hacen algo así. Viktor dio el primer paso hacia la entrada principal. Esta vez sin rodeos y sin ocultarse. —Cambiamos el plan— dijo simplemente. Dimitri lo miró. —¿Así sin más? —Sí.— dijo Viktor. Carl sonrió de lado. —Ah… ahora sí se puso interesante. Y mientras avanzaban directamente hacia la mansión… las puertas… comenzaron a abrirse solas, lentamente, pesadamente, como la boca de algo que llevaba tiempo esperando. Las puertas continuaron abriéndose con esa lentitud calculada, como si cada segundo estuviera diseñado para incomodar, para hacerlos sentir el peso de cada paso antes siquiera de cruzar el umbral. Viktor no se detuvo ni un segundo, su mirada permanecía fija al frente, pero sus sentidos… estaban en todas partes. Carl y Dimitri lo siguieron de cerca, cada uno cubriendo un ángulo distinto, cada uno listo para reaccionar a lo que fuera. El aire cambió, era algo sutil, pero ahí estaba, más frío, más denso incluso podría decirse que se sentía artificial, dentro todo estaba en silencio, un silencio distinto al del bosque, este no era natural, se sentía contenido. El sonido de sus pasos sobre el suelo resonó apenas, amortiguado por la amplitud del lugar, perdiéndose entre las paredes altas y los espacios abiertos que apenas se dejaban ver entre luces tenues. Carl giró ligeramente la cabeza. —No me gusta nada esto… —A nadie— respondió Dimitri. Viktor avanzó un poco más, deteniéndose lo suficiente para observar. No había movimiento evidente. No había guardias visibles. No había… nada. Y eso era lo peor. —Está aquí— murmuró, o eso era lo que creían. A cierta distancia… oculta entre sombras y arquitectura… alguien los observaba. Krasnova. Sentada con total tranquilidad sobre un mueble de cuero oscuro, una de sus manos apoyada con elegancia sobre el reposabrazos, la otra sosteniendo suavemente una copa que no había tocado en varios minutos. Sus ojos… fijos. Brillantes. Atentos. Su respiración era calmada y medida, como si no hubiera prisa. Como si todo estuviera ocurriendo exactamente como lo había previsto. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, no era exagerada, apenas era vista pero por nadie, una cosa era segura, ella estaba viendo todo, y los pollitos no se dieron cuenta de que la serpiente ya los estaba cazando desde las sombras.






