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Capítulo 17: La intrusa en el medio.

Los días siguientes se convirtieron en una danza lenta y cruel que Sofía ya conocía demasiado bien, pero que ahora sentía de forma distinta. Anastasia no se fue después de la reunión con su padre. “Me quedo una temporada por negocios”, anunció con esa sonrisa que cortaba como cristal, y Viktor no protestó. “Negocios pendientes”, dijo él, y esa falta de rechazo fue suficiente para que la rubia se instalara como si la mansión siempre hubiera sido suya.

Sofía bajó cada mañana al comedor y la encontraba allí, sentada a la derecha de Viktor como si nunca se hubiera ido, camisones de seda que dejaban poco a la imaginación, perfume caro que se pegaba al aire, risas altas que resonaban en los pasillos de mármol. Viktor la recibía con café y periódico, y Sofía, sentada al otro lado de la mesa, observaba en silencio mientras servía su propio té, la taza temblando apenas entre sus dedos.

—Buenos días, familia —canturreaba Anastasia, besando a Viktor en la comisura de la boca antes de sentarse a su lado—. Espero que hayas dormido bien, cariño. Anoche te escuché dando vueltas. ¿Pesadillas o… recuerdos?

Viktor doblaba el periódico con calma, pero sus dedos apretaban el borde con más fuerza de la necesaria.

—Trabajo —respondía seco, tomando un trago de café negro.

Anastasia reía, mano en su brazo, dedos largos rozando la telaraña tatuada como si todavía tuviera derecho.

—Siempre trabajo. Antes, cuando estábamos juntos, encontrábamos tiempo para otras cosas. ¿Te acuerdas de la suite en el Ritz de París? La bañera con vistas a la Torre Eiffel, la botella de Dom Pérignon que terminamos en la cama… Dios, qué noches.

Sofía sorbía el té sin levantar la vista, pero el calor subía por su cuello, el recuerdo de la correa y del vestido roto latiendo bajito en la piel. Anastasia la miraba de reojo, sonrisa felina.

—Aunque supongo que ahora tienes rutinas más… caseras —continuó, voz goteando veneno disfrazado de miel—. ¿Verdad, Sofía? ¿Cómo van esos pastelitos? ¿Ya lograste que no se te quemen?

Sofía dejó la taza con cuidado, levantando la mirada por primera vez.

—Aprendo rápido —respondió calmada, voz suave pero firme—. Irina dice que tengo buena mano.

Anastasia soltó una carcajada cristalina, mano en el pecho como si fuera la cosa más divertida del mundo.

—Buena mano. Qué tierno. Viktor, amor, ¿en serio la tienes aprendiendo a hacer pastelitos? ¿Para que engorde más y los vestidos le queden peor? Eres cruel hasta cuando eres “generoso”.

Viktor tomó un trago largo de café, mandíbula tensa.

—Basta —dijo bajo, voz cortante.

Pero Anastasia ignoró, inclinándose hacia Sofía.

—No te ofendas, cielo. Es que eres tan… diferente a lo que Viktor solía elegir. Yo era modelo, viajábamos a París cada mes, desfiles, fiestas… tú pareces más de… quedarse en casa, ¿no? Con tus libritos y tus reposterías.

Sofía miró fijo, sin parpadear.

—Cada quien con lo suyo —dijo suave—. Yo estoy bien aquí.

Anastasia sonrió más, dientes blancos perfectos.

—Claro. Estás bien. Pagada, alimentada, vestida… aunque ese suéter te hace ver más ancha de lo que ya eres.

Viktor tomó un trago largo de café, la taza temblando apenas entre sus dedos mientras la mandíbula se le marcaba como acero bajo la piel. Esa mano tensa no era casual: era la misma que apretaba el vaso cuando algo le picaba por dentro y no quería admitirlo, la misma que había roto el vestido azul de Sofía y que ahora se cerraba en puño sin razón aparente. Anastasia lo notó, claro que lo notó, y su sonrisa se volvió más afilada, como si hubiera encontrado una grieta en la armadura que creía perfecta.

—¿Pasa algo, cariño? —preguntó con voz de miel envenenada, inclinándose un poco más hacia él para que Sofía viera bien cómo su hombro rozaba el de Viktor—. Pareces… incómodo. ¿Es por el café o por la compañía?

Viktor dejó la taza con cuidado, pero el sonido fue más fuerte de lo que pretendía.

—No pasa nada —respondió secamente, aunque la tensión en su voz era evidente, como si cada palabra le costara salir—. Solo cansancio. Los negocios de ayer fueron largos.

Anastasia soltó una risa baja, casi íntima, y deslizó los dedos por el brazo de él hasta llegar a la muñeca, justo donde la telaraña tatuada asomaba bajo la manga.

—Siempre con los negocios —susurró, lo bastante alto para que Sofía escuchara cada sílaba—. Antes encontrábamos tiempo para otras cosas, ¿te acuerdas? En París, en Milán… noches enteras sin dormir, solo tú y yo, y el mundo afuera podía esperar.

Sofía sintió el pinchazo, pero lo guardó. Miró su taza, y sorbió té despacio, pero los dedos alrededor del porcelana se apretaron un poco más.

Viktor retiró el brazo con suavidad, pero firme.

—Anastasia —dijo en voz baja y cortante—. Enough. (basta)

Ella hizo puchero juguetón, pero sus ojos brillaron triunfantes.

—Solo charlamos, cariño. Mujer a mujer.

Sofía levantó la mirada entonces, directa, sin parpadear.

—No hay problema —dijo calmada, voz suave pero firme—. Me gusta ser ancha. Me da fuerza.

El silencio cayó pesado. Anastasia parpadeó, sonrisa vacilando por primera vez. Viktor miró a Sofía un segundo más de lo necesario, algo nuevo brillando en sus ojos grises, algo que no era desprecio, ni deseo crudo, sino... sorpresa. Como si por primera vez la viera de verdad.

Dimitri entró en ese momento, rompe la tensión.

—El coche está listo, jefe. El señor Volkov llega en cuarenta minutos.

Viktor se levantó.

—Vamos.

Anastasia se levantó también, tomando su brazo.

—Yo también voy, cariño. Papá quiere verme.

Viktor miró a Sofía.

—Tú te quedas.

Ella asintió.

—Como siempre.

Él dudó un segundo, luego salió con Anastasia colgando de su brazo como si nunca se hubiera ido.

Sofía se quedó sola, con la taza en mano.

La víbora se había enroscado.

Y ahora... lo único que quedaba era ver qué sucedería después, pero claro, Sofía tenía algo en mente, no sólo debía ser fuerte, sabía contra quien se iba a tener que enfrentar.

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