Mundo ficciónIniciar sesiónEl Mercedes negro avanzó por las avenidas heladas de Nueva York hasta detenerse frente a un edificio de cristal oscuro en el Upper East Side. Dimitri bajó primero y abrió la puerta trasera. Viktor salió, abrigo negro ondeando, expresión de acero. Anastasia se colgó de su brazo como si nunca se hubiera ido, tacones resonando en la acera. Sofía los siguió a dos pasos, el abrigo gris largo cubriéndola hasta las rodillas, cabello alborotado rozando el cuello, mirada baja pero atenta.
El ascensor privado subió en silencio hasta el piso cuarenta y cinco. Cuando las puertas se abrieron, los recibió un salón amplio con vistas a Central Park congelado. En el centro, sentado en un sillón de cuero negro, estaba Frederik Volkov, el padre de Anastasia. Sesenta y tantos años, cabello plateado perfectamente peinado, traje italiano impecable, anillo de oro con el sello de la familia en el dedo meñique. Sus ojos eran los mismos que los de su hija: fríos, calculadores, siempre buscando la grieta. —Viktor —dijo con voz grave, levantándose para el abrazo ruso—. Puntual como siempre. Viktor devolvió el abrazo, palmada fuerte en la espalda. —Frederik Volkov —respondió—. Tu hija insistió en venir. Frederik Volkov miró a Anastasia con cariño fingido, luego posó los ojos en Sofía. —Y trajiste compañía —comentó, sonrisa que no llegaba a los ojos—. La famosa Sofía. Mi hija me habló un poco sobre ti. Sofía levantó la mirada, voz calmada pero firme. —Encantada, señor Volkov. Él la estudió un segundo más de lo necesario, como si midiera el valor de una mercancía. —Encantado —repitió—. Siéntense. Se acomodaron alrededor de una mesa baja de cristal. Dimitri quedó de pie junto a la puerta, manos cruzadas. Anastasia se sentó al lado de su padre, pierna cruzada, sonrisa triunfal. Frederik abrió una carpeta gruesa. —Los chechenos están apretando —dijo directo—. Quieren el treinta por ciento de la ruta del puerto o guerra. No negocian. Viktor tomó la carpeta, hojeó rápido. —No cedo territorio —respondió frío—. Si quieren guerra, la tendrán. Frederik sonrió leve. —Esa es la actitud que me gusta. Pero necesitamos refuerzos. Hombres, armas, dinero fresco. Mi parte está lista. ¿La tuya? Viktor asintió. —Todo listo. En una semana llega el envío desde Kaliningrado. Anastasia intervino, voz dulce. —Papá, Viktor y yo podemos coordinar la distribución desde aquí. Como antes. Frederik miró a su hija, luego a Sofía. —Como antes —repitió—. Claro. Sofía sintió el pinchazo, pero lo guardó. Callada. Observando. Frederik se inclinó hacia Viktor. —Una cosa más —dijo bajo—. Hay rumores. Dicen que tu… acompañante distrae. Que te hace débil. Viktor tensó la mandíbula. —Rumores —repitió—. Los aplasto como siempre. Frederik miró a Sofía. —Hermosa —dijo—. Pero la belleza distrae. Y la debilidad mata. Anastasia rió suave. —Papá, no seas antiguo. Viktor sabe manejar sus… distracciones. Sofía levantó la mirada entonces, voz serena pero firme. —No distraigo —dijo—. Existo. Y existo para que él gane. El silencio cayó pesado. Frederik alzó ceja, Viktor miró a Sofía un segundo más de lo necesario, algo nuevo brillando en sus ojos grises. Anastasia apretó la sonrisa. —Qué valiente —dijo—. Me encanta. Frederik cerró la carpeta. —Entonces está decidido. Guerra si hace falta. Y tú, Viktor… mantén la cabeza fría. Se levantó, dándose un abrazo al final. —Cuida a mi hija —dijo bajo—. Y a tu… acompañante. En el ascensor de bajada, Anastasia se colgó del brazo de Viktor. —Papá te quiere como a un hijo —susurró—. Siempre lo hizo. Viktor no respondió. Sofía miró el reflejo en el espejo del ascensor, vio su propio reflejo, su mirada inocente y a la vez llena de determinación, sabía que esto apenas estaba empezando, que no solo podría haber una guerra de clanes, sino también una guerra de corazones. Las puertas se abrieron en el vestíbulo. Frederik Volkov se despidió con un apretón de manos fuerte a Viktor y un beso galante en la mejilla a su hija. —Nos vemos pronto, Ivanov —dijo, voz grave—. Y mantén la cabeza fría. Las guerras se ganan con frialdad, no con… distracciones. Viktor asintió, mandíbula tensa. —Siempre fría. Salieron al frío cortante de la calle. Dimitri no estaba. Viktor frunció el ceño al ver el Mercedes vacío. —Dimitri tuvo un compromiso familiar urgente —explicó el portero—. Me pidió avisar. Viktor maldijo bajo. —Genial. Ahora manejo yo. Abrió la puerta del conductor, y se subió. Anastasia se apresuró al asiento del copiloto con sonrisa triunfal. —Obvio voy adelante, cariño. Como siempre. Sofía se quedó quieta en la acera, su abrigo gris ondeando levemente con el viento. Viktor la miró por el retrovisor. —Sube atrás —ordenó en seco. Anastasia se rió con gracia, acomodándose a su lado y poniéndose el cinturón de seguridad. —Claro, cielo. El asiento trasero es más… amplio para ciertos cuerpos. Sofía abrió la puerta trasera sin prisa, se subió, y cerró con calma. El auto arrancó, Viktor manejando con una sola mano, la otra apretando el volante. Anastasia giró medio cuerpo hacia atrás. —¿Cómoda, Sofía? Espero que el asiento trasero no te haga sentir… demasiado sola. Sofía miró por la ventana, luces de Nueva York pasando. —Estoy acostumbrada —dijo suave—. El lugar no cambia quién soy. Viktor apretó el volante más fuerte, sus ojos en el camino, pero su mandíbula se tensa como el acero. Anastasia se inclinó hacia él, su mano se apoya suavemente en su muslo. —Relájate, amor. Papá solo quiere lo mejor para ti. Para nosotros. Viktor no respondió, solo aceleró más y más. Sofía simplemente cerró los ojos un segundo, pensando en todas las implicaciones, en que si se forma una guerra de verdad, si logra involucrarse, sin termina en el medio, y si... habrá corazones todavía más quebrados.






