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Capítulo 16: La víbora vuelve a casa.

La mañana en la mansión era un silencio pesado, nieve cayendo suave afuera como si la ciudad misma contuviera el aliento. Sofía despertó con el cuerpo aún marcado por el regreso de Moscú, el vestido gris arrugado a los pies de la cama. Viktor no estaba. Sofía se levantó, se vistió con uno de los vestidos suaves que eligió en aquel edificio Black Diamond, amarillo claro esta vez, que caía fluido ocultando marcas pero abrazando formas reales. Cabello alborotado rozando el cuello, lunar brillando bajo la luz fría.

Luego baja a desayunar. Irina con una sonrisa suave la saluda formalmente con profesionalismo, le sirvió té y pan.

—El señor está en la oficina —dijo—. Dijo que se acerque cuando termine.

Sofía asintió, sorbió té despacio. El corazón latiendo calmado, pero algo pinchaba. Viktor había estado extraño desde Moscú. Menos brutal, más... inquieto.

Cuando terminó el desayuno, camina por el pasillo, acercándose. La puerta de la oficina abierta. Encuentra a Viktor, él estaba al teléfono, voz baja en ruso, traje negro impecable, telaraña tatuada asomando en la mano al sostener el vaso de café.

Colgó al verla.

—Anastasia llega hoy —dijo seco, sin más preámbulo—. Son negocios importantes con su padre, se quedará unos días en la mansión, así que compórtate.

Sofía se quedó quieta en la puerta, el nombre golpeando como recuerdo frío.

—Anastasia —repitió calmada en un suave susurro—. Tu ex...

Viktor tomó trago largo de líquido ámbar amargo de vodka, sus ojos son ojos grises y fijos.

—Ex, sí, solo son negocios. Nada más.

Ella asintió lentamente tratando de convencerse de que nada malo podría pasar.

—Está bien. —murmura nuevamente Sofía.

Él se levantó y se acerca a ella, cada paso del tacón de su zapato que resuenan sobre el suelo, acerca su mano a su cintura carnosa, apretando posesivamente.

—No me avergüences —susurró cerca—. Es diferente a ti. Siempre lo fue.

Sofía miró fijamente, casi no entendió a qué se refería con aquella comparación críptica, podría significar muchas cosas, pero Sofía no dijo nada, solo se queda callada mirando con duda.

Él apretó más, aliento quemando, viéndola con sus ojos grises que arden como el fuego fatuo, sonríe levemente ante su silencio, tal como le gusta que haga sin llevarle la contraria.

—Bien.

La soltó, volvió al escritorio.

—Dimitri la trae del aeropuerto, así que prepárate.

Dimitri. El chofer y amigo de confianza desde el primer día, el que la llevó al club la noche que todo empezó. Sofía asintió, salió.

El día pasó lento. Sofía leyó en la biblioteca, caminó el jardín nevado, comió sola. El vestido azul claro cayendo suave, cabello alborotado, lunar brillando.

Al atardecer, el Mercedes negro entró al garaje. Dimitri sale primero del vehículo, abrió la puerta trasera.

Anastasia salió como reina: abrigo rojo sangre, botas altas, cabello rubio perfecto cayendo en ondas, perfume caro invadiendo el aire. Sonrisa felina al ver a Viktor esperando en la entrada.

—Viktor, cariño —dijo en inglés con acento ruso, besándolo en la comisura de la boca, lento, labios rozando—. Qué ganas de verte.

Viktor sonrió tenso, abrazándola breve.

—Bienvenida. Dimitri, lleva las maletas.

Dimitri asintió con firmeza, su mirada pasa rápido a Sofía que esperaba en la puerta, le suelta una sonrisa leve, casi imperceptible.

—Señorita —dijo bajo y suave.

Sofía asintió.

Anastasia la vio entonces, sus ojos azules recorriéndola de arriba abajo.

—Vaya, vaya, creí que Viktor ya te había botado a la basura—dijo dulce veneno goteando de su boca viperina—. Qué... pintoresco el vestido. Muy... sencillo.

Sofía mantuvo mirada serena, le picó sus palabras pero se mantiene firme, mira a Viktor, pensando que él la va a defender, pero en vez de eso se da cuenta de la sonrisa indiferente y burlona de él.

—Bienvenida —dijo calmada—. Sí, soy la del evento del bufé.

Anastasia rió suave, entrando, abrigo quitado revelando vestido negro ajustado que marcaba curvas perfectas.

—Sí, recuerdo que comías como un cerdito hambriento, probando la comida lujosa como una necesitada. Viktor me ya me ha hablado tanto de ti.

Viktor tomó su brazo, guiándola adentro.

—La cena será dentro de una hora —dijo—. Dimitri, todo listo.

_____

Cena en el comedor principal, una mesa larga de madera de roble, oscura y fina, hay velas encendidas, un candelabro que solo se ven en castillos de cuentos de hadas. Anastasia se sienta al lado de Viktor, y Sofía frente. Irina sirvió: carne, vino, postres que Sofía miró con nostalgia.

Anastasia tomó una copa con su sonrisa felina.

—Entonces, Sofía —dijo, voz dulce—. Viktor dice que eres... diferente, una latina. Qué exótico. ¿Y cómo se conocieron? ¿En algún club de esos que él frecuenta?

Viktor tomó vino, trago largo.

—Negocios —dijo secamente. —Ya sabes como fue la cuestión.

Anastasia se rió, su mano descansa en el brazo de Viktor.

—Siempre negocios. Recuerdo cuando íbamos a París, Milán... hoteles de cinco estrellas, cenas privadas. Éramos imparables.

Sofía sorbió un poco de vino, se saborea con la lengua la gota que casi se le sale, su mirada sigue calmada.

—Suena bonito.

Anastasia sonrió más.

—Lo era. Pero la gente cambia. Aunque algunos... —miró su vestido— prefieren lo simple.

Viktor apretó el vaso.

—Anastasia —advirtió bajo.

Ella ignoró la advertencia, su mano sigue rozando la de él.

—Relájate, cariño. Solo charlamos. ¿Verdad, Sofía? Dime, ¿te gusta la mansión? Es grande para... alguien acostumbrada a menos, supongo.

Sofía miró fijo.

—Me gusta leer en la biblioteca.

Anastasia rió alto.

—¿Leer? Qué tierno. Yo prefiero salir, viajar, vivir. Pero cada quien con su... entretenimiento.

Viktor tomó trago largo, mandíbula tensa.

—Cambiando de tema —dijo—. Mañana, la reunión con tu padre.

Anastasia sonrió, su mano continuó el descenso por su brazo.

—Claro, cariño. Y después... podemos recordar viejos tiempos.

Sofía estaba callada, pero miraba el intercambio con silencio y mirada penetrante y serena.

Cuando la cena terminó. Anastasia pidió su habitación “cerca de Viktor por si necesita hablar de negocios de noche”.

Viktor se encogió de hombros cuando Anastasia anunció que se quedaría “una temporada por negocios”, y esa falta de rechazo fue suficiente para que la rubia se instalara como si la mansión siempre hubiera sido suya.

Sofía subió las escaleras sin prisa, el corazón latiendo fuerte a pesar de la calma que mostraba. Cerró la puerta de su habitación y se sentó junto a la ventana, observando las luces de Nueva York parpadeando en la noche.

Anastasia había vuelto.

Y el juego empezaba de nuevo.

pero esta vez Sofía no era la misma.

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