Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión a las afueras de Moscú había despertado de un largo sueño. Las ventanas abiertas dejaban entrar el aire fresco del bosque, el olor a pino y nieve derretida se mezclaba con el aroma de café recién hecho que salía de la cocina. Todo estaba en su lugar, los muebles cubiertos de polvo habían sido limpiados, las cortinas corridas, las camas tendidas. Era como si la casa misma hubiera estado esperando que la familia volviera para volver a respirar.
Sofía, Ana y Doña María no perdieron tiempo. Apenas terminaron de desempacar lo esencial, las tres se miraron con complicidad y salieron disparadas hacia el centro de la ciudad. La boda en Roma estaba a menos de dos meses y el vestido de Ana aún no estaba terminado. Las reservas en la playa ya estaban hechas desde hacía tiempo, pero los detalles femeninos, el vestido blanco de encaje, los trajes de dama de honor, los zapatos, los velos, habían quedado en pausa por todo el caos. Ahora, con Dimitri de vuelta y la familia completa, no había excusas. Ana se sentía nerviosa en el asiento del conductor mientras que Sofía en el acompañante y Doña María en el asiento de atrás. Miraba al frente hacia la carretera con algo de nervios apretando el el volante ligeramente. —Nunca pensé que tendría esto,— confesó bajito. —Ir a elegir mi vestido con… con hermanas. Con una madre. Siempre pensé que lo haría sola, o que ni siquiera llegaría a casarme. Doña María, se inclinó y puso una mano sobre la de ella y la apretó con cariño. —Ay, mi niña… ahora tienes familia. Y nosotras vamos a hacer que ese vestido sea tan hermoso que Dimitri se quede sin aliento cuando te vea caminar hacia él. Sofía sonrió por el retrovisor, los ojos brillantes. —Y yo voy a ser la dama de honor más traviesa que hayas visto, Ana. Prepárate para que te haga llorar de risa… y de emoción. Las tres entraron a la primera boutique de diseñador como huracán. Telas blancas, encajes delicados, percheros llenos de sueños. Ana probaba vestidos uno tras otro, girando frente al espejo con una sonrisa que crecía con cada giro. Doña María ajustaba el velo con manos expertas, Sofía corría a buscar más opciones, riendo cuando Ana se sonrojaba al verse tan hermosa. Por primera vez, Ana sintió que no estaba sola en esto. Tenía una hermana en Sofía y una madre en Doña María. Y eso valía más que cualquier tela cara. Mientras tanto, en la mansión, los hombres se habían quedado a cargo de los niños. Viktor y Dimitri estaban en la sala grande, con Alexei corriendo como loco alrededor del sofá y Nikolai en la mesa de cambios, pataleando feliz mientras hacía lo que los bebés hacen mejor, llenar pañales. Viktor levantó la vista desde el sofá, donde tenía a Alexei encima intentando “atrapar” a su papá con un abrazo de oso. —¿Listo para practicar, hermano?— dijo con una sonrisa maliciosa que no dejaba lugar a dudas. Dimitri, que sostenía a Nikolai en brazos con cara de “esto no puede ser tan difícil”, lo miró con desconfianza. —¿Practicar qué? Viktor se levantó despacio, cruzando los brazos. —Cambiar pañales. Porque en menos de un año, te va a tocar. Y yo no quiero que mi mejor amigo llegue a su boda oliendo a bebé. Así que… tú cambias al pequeño Nikolai. Yo superviso. Dimitri soltó una risa nerviosa sacudiendo la cabeza con diversión. —Viktor, yo sé cambiar pañales. No es ciencia. —Ah, ¿sí? Entonces adelante, futuro papá. Muéstrame lo que sabes. Dimitri puso a Nikolai en la mesa de cambios con cuidado. El bebé lo miró con esos ojitos enormes y gorgoteó, como si supiera que el pobre hombre estaba a punto de sufrir. Viktor se cruzó de brazos, disfrutando el espectáculo. Dimitri abrió el pañal. El olor llegó de inmediato. Hizo una mueca. —Joder… ¿esto es normal? Viktor se río a carcajadas con malicia echando la cabeza hacia atrás, se dio incluso una palmada en la frente. —Bienvenido a la paternidad, Dimitri. Limpia primero con la toallita… despacio, que si no lo irritas. Dimitri siguió las instrucciones con cara de concentración militar, limpiando, poniendo crema, colocando el pañal nuevo. Nikolai pataleó, feliz de tener atención. Cuando terminó, levantó al bebé triunfante. —¡Listo! ¿Ves? No fue tan difícil. Viktor alzó una ceja con diversión. —Ahora hazlo con Alexei corriendo por toda la casa. Porque cuando tengas hijos… no van a quedarse quietos esperando. Alexei, como si lo hubiera oído, salió disparado hacia la cocina gritando —¡Quiero jugo!— Dimitri suspiró, pero sonrió. —Vale. Entendido. Voy a tener que practicar mucho. Viktor le dio una palmada en la espalda. —Eso es. Y cuando llegue el momento, vas a ser el mejor papá que Ana pueda pedir. Igual que yo con Sofía. Los dos se miraron un segundo, cómplices. Luego Dimitri puso a Nikolai en su cuna y salió corriendo detrás de Alexei, gritando —¡Espera, campeón, que el tío Dimitri te alcanza! Viktor se quedó solo en la sala, mirando la puerta por donde habían desaparecido. Sonrió para sí mismo,La mansión ya no era solo una casa. Era hogar. Y pronto, con la boda en Roma y quizás más niños en camino, sería aún más grande. Fuera, el bosque susurraba. Dentro, todo estaba en su lugar. Y la vida, por fin, empezaba a sentirse como debía, llena de amor, risas… y un poquito de caos delicioso. Viktor se quedó un rato más en la sala, solo, mirando cómo la luz de la tarde se filtraba por las cortinas y pintaba rayas doradas en el suelo de madera. El eco de los pasos de Dimitri persiguiendo a Alexei por el pasillo aún resonaba, mezclado con la risa del niño y los gorgoteos felices de Nikolai desde su cuna. Era un sonido que Viktor nunca se había permitido disfrutar del todo antes: paz. Paz de verdad. Se acercó a la ventana grande que daba al jardín trasero. El bosque se extendía infinito, nevado y silencioso, como un guardián eterno. Pensó en cómo habían comprado esa mansión hace como dos semanas desde lo que pasó con Dimitri, cuando ya todo el poder mafioso se suponía que había desaparecido, balas y noches sin dormir. Pero ahora ya es otra cosa, un hogar. Donde sus hijos correrían descalzos por el césped en verano, donde Sofía y él podrían hacer el amor en cualquier habitación sin miedo a que alguien llamara a la puerta con malas noticias. Se giró al oír pasos suaves. Sofía había regresado antes que las demás, entró con las mejillas sonrosadas por el frío y una bolsa de papel en la mano. Llevaba un vestido sencillo de lana que se pegaba a sus rollitos y vientre de madre de esa forma que siempre lo volvía loco. —¿Ya volviste, mi reina?— murmuró él, acercándose despacio, como un lobo que reconoce a su hembra. Sofía sonrió con picardía, dejando la bolsa en la mesa. —Solo vine a dejar unas muestras de tela para que ustedes la vieran más tarde. Ana y mamá siguen probando cosas… pero yo no podía esperar más para verte. Viktor la tomó por los rollitos, atrayéndola contra su pecho. —¿Y qué viste que te puso tan ansiosa, mi Sofía traviesa? Ella se mordió el labio inferior, mirándolo desde abajo con esos ojos oscuros que siempre lo encendían. —Vi un vestido para Ana que va a dejar a Dimitri sin palabras… y luego me imaginé a mí con uno parecido, caminando hacia ti en alguna playa, con el mar de fondo y tú mirándome como si quisieras devorarme ahí mismo. Viktor gruñó bajito, sus manos bajando por su espalda hasta apretarle las nalgas con posesión. —Cuidado con lo que imaginas, mi amor… porque si sigues hablando así, no vamos a esperar a ninguna boda. Te voy a llevar ahora mismo al dormitorio y te voy a recordar por qué eres mía. Sofía soltó una risita suave y más que traviesa, pero su respiración ya se había acelerado un poco y las pupilas dilatadas. —¿Y los niños? ¿Y Dimitri? Viktor sonríe con suficiencia recordando todo lo que Dimitri tuvo que hacer en el resto del día. —Ellos están ocupados. Y tú… tú estás aquí, provocándome como siempre. La besó entonces, lenta y profundamente, con esa hambre que nunca se apagaba. Sofía se pegó más a él, enredando los dedos en su cabello, gimiendo bajito contra su boca. Cuando se separaron, jadeantes, Viktor apoyó la frente contra la de ella. —Pronto vamos a tener nuestra propia ceremonia, mi Sofía. No en Roma, no con invitados… solo tú y yo, en algún rincón del bosque, renovando votos que ya llevamos tatuados en la piel. Sofía sonrió, con los ojos brillando de anticipación. —Me encanta la idea… pero primero dejemos que Ana tenga su día. Y después… después seremos nosotros los que hagamos temblar estas paredes otra vez. Viktor la besó en la frente, luego en la nariz, luego en los labios una vez más. —Te lo prometo, mi reina… que cuando llegue nuestro momento, no vas a poder caminar al día siguiente, o durante una semana entera. Ella se rió contra su pecho de buena gana, abrazándolo fuertemente oliendo su colonia en su piel. —Eso espero, Viktor Ivanov. Eso espero. Desde el pasillo llegó la voz de Dimitri, gritando divertido... —¡Alexei, no corras con los zapatos en la mano! Y la risa del niño llenó la casa. Viktor y Sofía se miraron, sonriendo como tontos enamorados. La mansión ya no era solo un refugio. Era el comienzo de algo mucho más grande, y ellos estaban listos para vivirlo. Todos juntos.






