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Capítulo 174: La bruja que pasó sin escoba.

Viktor llegó a la mansión cuando el sol ya se había escondido detrás de los pinos y la luz del atardecer se había vuelto un gris pesado y frío.

El auto se detuvo con un suspiro ronco frente a la entrada principal; él bajó sin prisa, con los hombros tensos y la mandíbula apretada como si todavía llevara encima el peso de la reunión con Carl y los negociadores.

La casa estaba en calma: luces suaves en las ventanas del salón, olor a sopa de verduras que Doña María había dejado calentándose en la cocina mientras conversaba con Irina, risas lejanas de Alexei y Nikolai jugando en la planta alta.

Sofía ya estaba acostada en la cama principal; él lo supo porque la luz del pasillo estaba apagada y la puerta entreabierta dejaba ver solo una lámpara tenue en la mesita de noche, Viktor no entró directamente. Primero subió al despacho, cerró la puerta con llave y se sentó frente al escritorio sin quitarse la chaqueta.

Necesitaba ver si Dimitri ya le había enviado algo.

Llegó a su oficina, se sentó en su escritorios y abrió el portátil, por ahora encontró el correo vacío, el chat encriptado también. Solo un mensaje breve de hace una hora: “La nota física va en camino. Mis contactos la están revisando ahora. Te aviso en cuanto tengan algo sólido. Aguanta.”

Viktor se pasó la mano por la cara, frustrado.

Quería respuestas ya, quería nombres, quería saber quién se había atrevido a amenazar la escuela RUBCOL, a amenazar el puente que Sofía había construido con tanto esfuerzo, pero no había nada, solo silencio y espera.

Entonces alguien tocó la puerta de su oficina de repente.

Tres golpes suaves, demasiado tímidos para ser Doña María o Sofía.

—¿Quién?— preguntó sin moverse de la silla.

—Olga, señor. ¿Puedo pasar?— murmura ella al otro lado de la puerta ya con muchos nervios.

Viktor frunció el ceño, le pareció algo poco común, Olga nunca entraba al despacho a menos que fuera estrictamente necesario.

—Pasa.

La puerta se abrió despacio, apenas con un suave chirrido, Olga entró con las manos juntas delante del delantal, los ojos bajos, pero con una tensión en la postura que no podía esconder.

—Perdón por interrumpir, señor… pero… tenía que decírselo ahora. Antes de que se me olvide o… o me equivoque.

Viktor se enderezó un poco, él asiente con la cabeza brevemente y un gesto con la mano para que prosiga.

—Habla.

Olga tragó saliva casi sonora y respiró profundo.

—Hoy… una anciana pasó por el jardín. Se acercó a la reja y habló con la señora Sofía. Yo la vi desde la ventana de la cocina. No entró. Solo habló un rato y se fue. Pero su cara… su cara se me hizo conocida. Muy conocida. Y no de buena manera.

Viktor sintió que algo frío le bajaba por la espalda.

—Descríbemela.

Olga cerró los ojos un segundo, recordando.

—Alta. Muy delgada. Abrigo gris largo. Pañuelo en la cabeza. Ojos claros… casi transparentes. Arrugas profundas alrededor de la boca, como si siempre estuviera conteniendo una sonrisa que no quiere soltar. Caminaba despacio, pero no como una anciana débil. Como alguien que sabe que nadie se atreve a apurarla.

Viktor se quedó inmóvil.

Ese retrato… ese retrato era imposible.

Pero al mismo tiempo… era demasiado preciso.

—¿Dijo algo? ¿Algo que recuerdes?

Olga asintió lentamente.

—Le dijo a la señora que estos lugares fuera de la ciudad son muy calmados… que le gustaría construir cerca. Que la maternidad le sienta bien. Y se fue. Sin más.

Viktor sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.

No era posible.

No después de tanto tiempo.

Pero el nombre llegó solo, como un golpe seco en la nuca.

—Krasnova Volkov.

Olga abrió los ojos de par en par ahora todo encajando en su cabeza.

—Sí… sí, señor. Eso era. Krasnova. Lo recordé cuando ya se había ido. La abuela de Anastasia Volkov. La que… la que estuvo en la otra mansión en Moscú hace años. Cuando todo pasó con la señora Sofía. Cuando el padre de Anastasia y ella la habían secuestrado. La recordé porque me acuerdo que a esa señora mayor había ido un asola vez cuando usted era el novio de su nieta, esa es la señora que tenía contactos hasta en Israel. Quizá se enteró de la muerte de su hijo y su nieta y... que tal vez ella ahora quiere saldar cuentas… que usted eliminara a su hijo y a su nieta.

Viktor sintió que las rodillas casi se le doblan.

Se apoyó en el escritorio con ambas manos, respirando fuerte por la nariz.

Los recuerdos llegaron como una avalancha.

Anastasia Volkov. La pelirroja arrogante. La que se burlaba de Sofía cuando era su esclava. La que se reía de su acento, de su piel morena, de su cuerpo grasoso y rollizo. La que se metía con él solo para herir a Sofía y el contribuyendo al dolor de quien ahora era su amada.

Recuerda como en aquel lugar había atrapado tanto al padre de ella y a Anastasia y a los dos les metió una bala en toda la cabeza que Viktor mismo había disparado. Pero Krasnova… Krasnova había desaparecido. Se decía que había huido a Israel. Que había construido un imperio oculto desde las sombras antes de que todo eso sucediera y que ahora regresa a casa para riendas sueltas.

Ahora había aparecido aquí. En su casa.

Hablando con Sofía. Mirando la mansión como si ya supiera dónde estaba cada habitación. Viktor sintió que el pulso le latía en las sienes.

Olga se acercó un paso, preocupada.

—¿Está bien, señor? Se puso pálido.

Viktor levantó una mano, pidiéndole silencio.

—Gracias por decírmelo, Olga. Hiciste bien. No le digas nada a Sofía todavía. No quiero preocuparla. Yo me encargo.

Olga asintió, nerviosa.

—Sí, señor. Pero… tenga cuidado. Esa mujer… esa mujer no vino de casualidad.

Viktor asintió.

—Lo sé.

Olga salió de su despacho dejándolo sólo con sus pensamientos.

Viktor cerró la puerta con llave. Se sentó pesadamente en la silla del escritorio, como si le hubieran quitado el aire.

Sacó el teléfono dudando antes de buscar el contacto de Dimitri, entonces le envió un mensaje.

“La bruja Volkov pasó sin escoba y creo que ya dejó una maldición de aviso.”

Al otro lado, el teléfono de Dimitri vibra y revisa el mensaje críptico, sintió cómo se le bajó la presión en segundos, y lo único que pudo decirle fue...

“Joder.”

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