Mundo ficciónIniciar sesiónLa sala del penthouse estaba bañada por la luz suave de la tarde, esa que entra tímida por las ventanas panorámicas y hace que todo parezca más cálido, más vivo. Todos estaban reunidos, Sofía sentada en el brazo del sofá con la mano en el hombro de Viktor, Dimitri y Ana pegados el uno al otro como si aún temieran que el otro desapareciera, Doña María en su sillón favorito con Nikolai dormido en su regazo y Alexei jugando con sus soldaditos en la alfombra. Klaus estaba de pie cerca de la ventana, con los brazos cruzados y esa postura que siempre parecía lista para marcharse.
Viktor rompió el silencio primero, la voz grave pero tranquila. —El lugar era un infierno disfrazado de laboratorio. Guardias por todas partes, cámaras, puertas blindadas. Boris y Sergei cortaron la luz desde el generador. Entramos por el este, bajamos al sótano dos. Dimitri estaba ahí… vivo, pero atado como animal en abrigo de fuerza, ojos vendados. Lo sacamos antes de que empezaran con él. Dimitri asintió lentamente, apretando la mano de Ana. —El tipo que mandaba todo… era enorme. Abrigo negro largo, ojos verdes como vidrio roto. Frío. Calculador. Preparó la mesa de operaciones como si fuera un banquete: bisturís láser, inyectores, máquinas que zumbaban. Iba a convertirme en uno de esos híbridos que vimos en los cuerpos del contenedor. Lo enfrentamos. Viktor le disparó. Cayó seco. Fin. Ana se tensó contra el pecho de Dimitri. Su voz salió bajita, casi un susurro. —Ese hombre… era mi primo. O un primo lejano, por parte de mi padre. Se llamaba Nikolai Veronin. El hijo de mi tío mayor. Siempre fue… diferente. Inteligente, obsesionado con la ciencia desde niño. Mi padre lo mandó a estudiar medicina en Alemania cuando era adolescente. Ahí se perdió. Volvió cambiado. Decía que la humanidad era débil, que había que mejorarla. Que el dolor y la muerte eran defectos que se podían eliminar con tecnología. Mi padre lo rechazó. Le dijo que se había vuelto un monstruo. Nikolai se fue furioso. Nunca más supimos de él… hasta ahora. Un silencio pesado cayó sobre la sala. Doña María se santiguó bajito. Sofía apretó el hombro de Viktor. —Entonces todo esto… el logo de la rata, los experimentos… era su venganza contra la familia. Contra ti, Ana,— murmuró Viktor. Ana asintió, los ojos húmedos pero con fiemeza. —Sí. Y contra el mundo que no quiso aceptar su ‘visión’. Gracias a Dios que lo detuvieron. Gracias a ustedes. Klaus exhaló despacio, descruzó los brazos. —Misión cumplida. Dimitri está aquí. El Preparador está muerto. LR S.A.S. va a quedar en ruinas cuando la gente se entere. Mi trabajo aquí termina. Se giró hacia la puerta, pero Dimitri levantó la mano. —Espera, Klaus. Quédate, quisiera que Fuerzas a nuestra boda, La de Roma, con playa, sol, el mar. Ana y yo… lo queremos hacer pronto. Y tú eres familia ahora. No puedes decir que no. Klaus sonrió apenas, esa sonrisa fría que no llegaba a los ojos. —Gracias, Dimitri. De verdad. Pero tengo que volver a la isla. Hay alguien… que ya me está esperando. Viktor y Dimitri intercambiaron una mirada durante unos cortos segundos. Sonrieron al mismo tiempo, cómplices. —Entendido,— dijo Viktor, levantándose para tenderle la mano. —Entonces ve. Pero sabes que aquí siempre tendrás un lugar. Dimitri se puso de pie también, aunque todavía cojeaba un poco por todo el trauma que había pasado. —Cuídate, alemán. Y dile a esa persona que tiene suerte. Klaus apretó la mano de ambos, fuerte. Luego miró a Sofía, a Ana, a Doña María. —Gracias. Por todo. Doña María se levantó con Nikolai en brazos y le puso una bolsa térmica en las manos. —Toma, hijo. Las últimas arepas de mantequilla rellenas con queso. Para el camino. No quiero que te vayas con el estómago vacío. Klaus tomó la bolsa. Algo en su pecho se apretó, un dolorcito dulce que no esperaba. Bajó la mirada un segundo. —Gracias… Señora... mamá.— Dijo recordando como Viktor la había llamado mamá antes y quizá, por una vez antes de irse, se podía sentir bastante cómodo y reconfortante. Salió rápido, casi como si huyera. El ascensor se cerró detrás de él. Abajo, en la calle fría, se subió al SUV negro sin mirar atrás. El motor rugió, y Moscú se lo tragó. Adentro, el silencio duró solo un momento. Viktor miró a Dimitri. —Aún hay tiempo para esa boda, hermano. Roma nos espera. Dimitri sonrió, besando la sien de Ana. —Y también hay tiempo para volver a casa. La mansión a las afueras… la que compramos no hace mucho y no hemos disfrutado bien. Ya era hora, ¿no? Bosque, nieve, espacio para los niños. Para nosotros, otra vez. Sofía se levantó, rodeando la cintura de Viktor con los brazos. —Sí. Volvamos a casa. Todos. Donde pertenecemos. Doña María sonrió, con lágrimas en los ojos, por fin puede sentir que todo va a estar en paz una vez más, ya quería volver a sentir aquella cocina hogareña donde la camada había crecido, el Imperio Ivanov volvía una vez más. —Entonces empaquemos. Mañana mismo. Alexei levantó la cabeza desde la alfombra. —¿Vamos a volver a tener jardín para jugar? Viktor se rio en voz baja con una suave sonrisa, revolviéndole el cabello. —El más grande que hayas visto, campeón. La familia se miró. Herida, pero entera. Rota, pero reconstruida. Y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no parecía una amenaza. Parecía una promesa. La familia se quedó un rato más en silencio después de que Klaus se marchara, como si el eco de la puerta del ascensor aún resonara en el penthouse. Viktor se acercó a la ventana, mirando la ciudad que empezaba a encender sus luces nocturnas, mientras Sofía se pegaba a su espalda, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la mejilla entre sus omóplatos. —¿Crees que Klaus va a estar bien?— murmuró ella en voz baja, con esa preocupación dulce que siempre salía cuando alguien de su círculo se iba. Viktor se giró lentamente, la tomó por la barbilla y le levantó el rostro para mirarla directo a los ojos. —Va a estarlo. Ese alemán frío tiene a alguien esperándolo. Y cuando un hombre como él tiene a alguien… cambia. Como me cambiaste tú, mi reina. Sofía sonrió, un brillo travieso que le apareció en los ojos. —¿Yo te cambié? ¿Seguro que no fuiste tú el que me volvió loca con tus manos, tus besos y ese castigo que me diste anoche? Él gruñó bajito, acercándose hasta que sus labios rozaron los de ella. —Las dos cosas, mi reina. Siempre las dos cosas. Dimitri, que todavía se movía con cuidado por las costillas magulladas, se acercó con Ana tomada de la mano. Se paró junto a ellos y miró la ciudad también. —La mansión… ¿de verdad la vamos a habitar ya? Bosque, silencio, espacio para que Alexei corra hasta cansarse y Nikolai gatee sin miedo. Sin más explosiones, sin más llamadas de madrugada. Ana apoyó la cabeza en su hombro. —Y espacio para nosotros. Para dormir abrazados sin pensar que mañana puede pasar algo. Para hacer el amor lentamente, sin prisa, sin miedo... ya te he extrañado ya sabes donde. Dimitri la besó en la sien, suavemente, respirando su aroma a champú y único de ella. —Sí, mi amor. Y para esa boda en Roma. Playa, sol, el mar testigo de que por fin somos tú y yo, mío y tuyo para siempre. Doña María se acercó con Nikolai dormido en brazos, Alexei colgando de su falda. —Entonces mañana empacamos. Nada de esperar más. Esta familia ya sufrió suficiente. Ahora toca vivir. Viktor miró a todos, uno por uno, su madre (que obviamente es solo madre de Sofía), su hermano de armas, la mujer de su vida, sus hijos, Ana… y sintió algo que no había sentido hace tiempo atrás, paz. —Volvamos a casa. Todos. Y esta vez, nadie nos va a sacar de ahí. Sofía se puso de puntillas y le dio un beso lento, profundo, que sabía a promesa y a deseo. —Entonces prepárate, Viktor Ivanov… porque en esa mansión voy a hacer que cada noche sea como la de anoche. Y cada mañana, un nuevo comienzo. Él la apretó contra su pecho, riendo bajito contra su cabello. —Te tomo la palabra, Sofía traviesa. Y te juro que no voy a dejar que te escapes ni un segundo. La familia se dispersó despacio hacia las habitaciones, con sonrisas cansadas pero felices. Las luces del penthouse se fueron apagando una a una. Y afuera, Moscú seguía su ritmo eterno. Pero dentro de esas paredes, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era una sombra. Era un hogar. Y estaba esperándolos.






