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Capítulo 120: El vestido que roba el aliento.

La mansión amaneció envuelta en una niebla suave que se pegaba a los pinos como un velo de novia. El sol intentaba abrirse paso, pero solo lograba teñir todo de un dorado pálido, casi mágico. Dentro, el aroma a café colombiano recién colado se mezclaba con el olor a madera vieja y a lana limpia. Doña María ya estaba en la cocina tarareando una canción que recordó de repente mientras preparaba arepas con guiso y huevos revueltos para todos. Alexei bajaba las escaleras de dos en dos, con el pijama torcido y el cabello revuelto, gritando que quería —panqueques como los de la tele— Nikolai, en su silla alta, golpeaba la bandeja con una cucharita de madera, feliz de hacer ruido.

Sofía bajó primero, descalza, con una bata de algodón que se abría apenas lo suficiente para que Viktor, sentado a la mesa con el periódico en la mano, alzara la vista y se quedara quieto un segundo. La miró como si la viera por primera vez, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, las piernas desnudas bajo la bata, esos rollitos suaves en sus costillas y ese vientre aguadito de madre que él conocía de memoria. Ella le guiñó un ojo travieso antes de inclinarse para darle un beso lento en la comisura de la boca.

—Buenos días, mi rey mafioso— susurró contra sus labios.

Viktor dejó el periódico a un lado, la tomó por la cintura rellena y la sentó en su regazo sin pedir permiso.

—Buenos días, mi reina traviesa. ¿Ya lista para volver a la ciudad y hacer que todas las boutiques se mueran de envidia?

Sofía rio bajito, moviéndose un poco sobre él solo para provocarlo.

—Más bien para que Ana se vea como una diosa griega y Dimitri se olvide de respirar cuando la vea caminar hacia el altar.

Dimitri entró en ese momento, todavía con el cabello húmedo de la ducha, y se detuvo al verlos.

—¿Otra vez? ¿No se cansan nunca?

Viktor sonrió con suficiencia sin soltar a Sofía.

—Nunca, hermano. Nunca.

Ana apareció detrás de Dimitri, con un suéter grande que le llegaba hasta los muslos y el cabello recogido en un moño desordenado. Sus ojos brillaban de una forma nueva, no había miedo, solo anticipación.

—¿Lista para el día más importante de tu vida hasta ahora?— preguntó Sofía, bajando del regazo de Viktor para abrazarla.

Ana asintió, mordiéndose el labio.

—Lista… y muerta de nervios.

Doña María salió de la cocina con una bandeja humeante.

—Primero coman, mis amores. Nadie elige vestido con la barriga vacía.

El desayuno fue caótico y perfecto, risas, migas por todas partes, Nikolai tirando trozos de arepa al suelo, Alexei contando historias inventadas sobre “el tío Dimitri peleando contra dragones mágicos”. Cuando terminaron, las mujeres se miraron y asintieron al mismo tiempo.

—Vamos— dijo Sofía. —Hoy encontramos el vestido.

La boutique que habían elegido era una de las más exclusivas de Moscú, escondida en una calle lateral donde solo entraban quienes sabían el camino. El interior olía a jazmín y a tela nueva. La dueña, una mujer alta y delgada con acento francés, las recibió con una sonrisa profesional que se volvió genuina al ver la emoción en los ojos de Ana.

—Señorita Veronin, ya tengo varias piezas preparadas basadas en las fotos que me envió. Pero primero… dígame qué quiere sentir cuando camine hacia él.

Ana tragó saliva levemente.

—Quiero sentirme… intocable. Como si nadie más existiera en el mundo excepto Dimitri y yo. Quiero que cuando me vea, se le olvide todo lo que pasó antes. Quiero que sepa que soy suya… pero también que él es mío.

La dueña asintió con respeto.

—Entonces buscaremos algo que sea puro, pero con fuego debajo.

El primer vestido fue un clásico de satén blanco con escote corazón y falda princesa. Ana salió del probador y las tres se quedaron sin aliento. El vestido caía como agua sobre su cuerpo, abrazando su cintura y abriéndose en una nube de tela que parecía flotar. Doña María se llevó la mano al pecho.

—Ay, mi niña… ¡Estás preciosa!

Sofía giró alrededor de ella, ajustando el velo improvisado.

—Demasiado princesa. Dimitri va a querer arrancártelo en el altar.

Ana rio, nerviosa.

—El siguiente.

El segundo era más atrevido, espalda descubierta hasta la base de la columna, encaje transparente en los costados, corte sirena que marcaba cada curva. Cuando salió, Sofía silbó bajito.

—Este… este es peligroso. Dimitri va a perder la cabeza.

Ana se miró al espejo, giró despacio. El encaje dejaba ver la piel justo lo suficiente para ser un pecado. Se tocó la cintura, los ojos brillantes.

—Este… este me hace sentir poderosa.

Doña María se acercó y le acomodó el velo largo que caía desde la coronilla.

—Es perfecto, mi amor. Pero pruébate uno más. A veces el corazón elige el último.

El tercero era el que nadie esperaba.

Un vestido bohemio de crepé de seda color marfil, con mangas largas de encaje floral que se transparentaban, escote barco que dejaba los hombros al descubierto y una falda fluida con abertura lateral que subía hasta medio muslo cuando caminaba. Era sencillo, pero feroz. Elegante, pero salvaje. Ana salió del probador y el mundo se detuvo.

Sofía sintió que se le humedecían los ojos.

—Ana… Dios mío.

Doña María soltó un sollozo suave, como si tuviera las dos mejores hijas del mundo aunque Ana no sea suya de sangre.

—Ese es. Ese es el vestido.

Ana caminó hacia el espejo como si flotara. La tela se movía con ella, revelando y ocultando al mismo tiempo. Se miró de lado, de frente, giró. Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas.

—Es este. Quiero casarme con este vestido. Quiero que Dimitri me vea así y sepa que después de todo lo que pasamos… sigo siendo suya. Y él sigue siendo mío.

La dueña sonrió, emocionada.

—Entonces es suyo. Y las damas de honor… tengo algo perfecto para ustedes.

Sofía y Doña María probaron vestidos en tonos arena y verde oliva suave, con escotes halter y faldas fluidas. Sofía se miró al espejo y pensó en Viktor, en cómo la miraría cuando ella caminara al lado de Ana, en cómo después, en la noche de la boda, él la arrastraría a algún rincón oscuro de la playa y le quitaría el vestido con los dientes.

Cuando volvieron a la mansión al atardecer, el cielo estaba teñido de rosas y naranjas. Viktor y Dimitri las esperaban en la puerta principal. Alexei corría alrededor de ellos con una pelota. Nikolai dormía en brazos de Doña María, que había llegado antes con las bolsas de accesorios.

Ana bajó del auto primero. No llevaba el vestido, pero la emoción le iluminaba la cara.

Dimitri se acercó despacio, como si temiera romper el momento.

—¿Lo encontraste?

Ana asintió, los ojos brillantes llenos de determinación y emoción oculta.

—Lo encontré. Y cuando me veas con él… vas a olvidar cómo respirar.

Dimitri la tomó por la cintura, la besó despacio, lentamente, profundamente.

—Ya me estás matando con tan solo imaginarlo.

Viktor se acercó a Sofía, la abrazó por detrás y le susurró al oído mientras le besaba el cuello.

—¿Y tú? ¿Qué vestido elegiste para volverme loco?

Sofía giró en sus brazos, le rozó los labios con los suyos.

—Uno que te va a hacer desear arrancármelo antes de que termine la ceremonia.

Viktor gruñó bajito, apretándola más contra él.

—Te prometo que lo haré, ahora que me acabas de provocar todavía más.

La noche cayó sobre la mansión con una calma que ninguno había sentido en años. Cenaron todos juntos en el comedor grande, risas, anécdotas, planes para Roma. Alexei se durmió en el sofá con la cabeza en el regazo de su abuela. Nikolai ya roncaba en su cuna.

Viktor y Sofía subieron a su habitación en silencio. Él cerró la puerta, la empujó suavemente contra la pared y la besó con esa hambre contenida que siempre la volvía loca.

—Cuéntame cómo te veías con ese vestido de dama de honor— murmuró contra su cuello, bajando las manos por sus caderas.

Sofía jadeó cuando él le mordió la clavícula.

—Era… suave. Se pegaba a mí como una segunda piel. Y la abertura… subía lo suficiente para que cuando caminara, vieras justo lo que querías ver, Y los rollitos que siempre te gusta ver y apretar...

Viktor gruñó, levantándola en brazos y llevándola a la cama.

—Entonces cuando llegue la boda… voy a imaginar que es para mí. Y después de que Ana y Dimitri digan sí… tú y yo vamos a desaparecer. Y te voy a hacer mía bajo las estrellas, con el mar de testigo.

Sofía enredó las piernas alrededor de su cintura, tirando de su camisa.

—Prométemelo entonces, Viktor.

Él la besó hasta dejarla sin aliento, con uñas y dientes y lengua por todas partes.

—Te lo prometo, reina mía. Cada noche, cada amanecer… eres mía. Y yo soy tuyo.

Y en esa habitación, con la mansión durmiendo alrededor, volvieron a perderse el uno en el otro, como siempre, como si el mundo pudiera esperar. Porque ahora sí podía. La boda estaba cerca. Y el amor… el amor ya estaba aquí. Completo. Ardiente. Eterno.

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