Mundo ficciónIniciar sesiónLos días se deslizaban uno tras otro en la mansión Ivanov con esa calma engañosa que solo los meses de embarazo saben imponer. Sofía ya estaba en el quinto mes, y aunque las náuseas habían cedido lo suficiente para que pudiera disfrutar de un desayuno completo sin correr al baño, el cansancio seguía siendo su compañero constante.
La barriga era ahora una esfera orgullosa que le hacía caminar con ese balanceo suave y sensual que Viktor adoraba en secreto, mirándola cada vez que entraba a una habitación como si fuera la primera vez. —Mayra mía, estás brillando— le decía él cada mañana, besándole la curva del vientre antes de salir a sus reuniones. Y ella, con una sonrisa cansada pero genuina, respondía: —Es tu hija la que brilla, mi rey. Ya quiere salir y mandarte como manda a sus hermanos. Porque sí, era una niña. La revelación había sido un momento de magia pura, el pastel rosa, las lágrimas de Doña María, los gritos de Alexei “¡una hermanita dragona!” y Nikolai aplaudiendo sin entender del todo. Misha, que había estado ahí con Carl y Elena, había saltado de alegría diciendo “¡va a ser mi prima dragona!”. Desde entonces, el nombre flotaba en el aire: Maya, o Sonia, o algo nuevo que todavía no decidían. Pero lo que sí sabían era que esa niña ya era parte de ellos, moviéndose con pataditas firmes que hacían reír a Sofía cada vez que ocurrían en momentos inesperados. Todo iba bien hasta ahora, o... eso parecía. Los niños seguían su rutina: Alexei y Misha en la escuela, donde ahora eran inseparables y planeaban “equipos de dragones” para cuando nacieran los nuevos bebés. Nikolai gateaba por toda la casa, persiguiendo a Dragón Gris y diciendo “bebé” cada vez que veía la barriga de Sofía. La pequeña Sofía, la hija de Ana y Dimitri, ya empezaba a ponerse de pie apoyada en los muebles, con una sonrisa que derretía a su papá cada vez que lo veía. Dimitri venía casi todos los fines de semana, y Viktor no perdía oportunidad de burlarse: “¿Ya tienes la escopeta lista para cuando empiece a caminar y algún niño le sonría?”. Dimitri gruñía, pero reía: “Tú ríete. Pero cuando nazca tu niña… vas a entender. Vas a querer poner candados en las puertas”. Carl y Elena también se habían acercado más. Carl seguía entrenando con Viktor tres veces por semana, y aunque al principio había sido rígido y humillado, ahora llegaba con una sonrisa casi genuina y se iba con la espalda más recta. Elena venía a visitas “de té y charla” con Sofía: hablaban de náuseas, de nombres, de miedos que ninguna admitía en voz alta. Misha se quedaba a dormir algún fin de semana, y la mansión se llenaba de ruido de niños que jugaban a “dragones guardianes de las princesitas”. Todo iba bien en estos días, nada pasaba, una rutina normal, volviendo a viejos hábitos también como entrenar a Carl, como la pequeña Sofía queriendo venir a la mansión una y otra vez, Doña María cocinando para todos, Irina y Olga aseando y de vez en cuando se iban de vacaciones, todo estaba bajo control. Hasta que un día el teléfono vibró en el bolsillo de Viktor una tarde de un martes. Estaba en el despacho revisando papeles de las fundaciones, la escuela RUBCOL ya estaba en construcción, con obreros que avanzaban rápido bajo la supervisión de Carl, cuando vio el nombre en la pantalla: Carl Kuzmin. Contestó al segundo tono. —Kuzmin. ¿Qué pasa? La voz de Carl sonó tensa, baja, como si estuviera en una habitación llena de gente y no quisiera que lo oyeran. —Ivanov… tenemos un problema. La escuela. Se ha retrasado. Los obreros recibieron amenazas. Extorsión. De la nada. No saben quiénes son los graciosos, pero piden dinero para ‘protección’. Si no pagan, paran todo. O peor. Viktor se enderezó en la silla, el pulso acelerándose. —¿Cómo? ¿Cuándo pasó? —Anoche. Una nota en el sitio de construcción. Luego una llamada al capataz y sin razón, me dijo que su voz se escuchaba distorsionada al otro lado de la línea. Piden dos millones de rublos para el viernes. O se va todo al infierno. Viktor maldijo por lo bajo. —¿La policía? Carl soltó una risa amarga. —La policía no. Si los involucramos, se retrasa más. Y si es mafia… mejor no. Pensé en ti. En tus… contactos. ¿Puedes ayudar a averiguar quiénes son? Viktor miró por la ventana hacia el jardín, donde Sofía estaba sentada con Doña María, tomando té y riendo bajito. —Sí puedo, reúnete conmigo mañana, trae la nota, el número de la llamada, todo. Vamos a resolver esto. No van a tocar lo que estamos construyendo. Carl suspiró al otro lado. —Gracias. Mañana a las nueve. En mi oficina. Ambos colgaron, la llamada había acabado, pero dejó un leve sabor amargo en la lengua, ahora que todo estaba yendo bien, de repente el destino quiso jugar de nuevo. Viktor se quedó mirando el teléfono un rato largo. El miedo viejo volvió un segundo: el de que el pasado siempre regresaba. Pero esta vez… esta vez no era solo por él, era por la escuela, por loa sueños y deseos de Sofía, por aquellos niños que iban a estudiar ahí. Se levantó y salió al jardín. Sofía lo vio acercarse y le sonrió. —¿Todo bien, mi rey? Viktor se sentó a su lado, le tomó la mano y la besó. —Todo bien. Solo… trabajo. Ella lo miró fijo, sabiendo que mentía un poco. —Cuéntame después. Cuando estemos solos. Viktor asintió levemente. —Te lo cuento más tarde entonces. Te lo prometo." Doña María sonrió desde su silla. —Mis hijos… siempre secretos. Pero mientras se quieran… todo bien. Sofía rio bajito, apretando la mano de Viktor. —Como siempre, mamá. Y mientras el sol seguía calentando el jardín, Viktor pensó en cómo proteger lo que habían construido, no quería volver a usar la violencia, no usar armas ni balas, incluso ha sentido que los meses que pasó en el monasterio ya se sienten borrosos en su memoria. Necesitaba ser más inteligente, ahora que no estaba solo, que tenía una familia que lo apoya, y Carl, él, que se convirtió en un compañero de negocios y quizá algo más, incluso Dimitri que siempre lo apoya en todo, los necesitaba como respirar aire, y ahora que siente que Carl no es ningún enemigo ni rival, sabía que también era un gran apoyo. Con un leve suspiro y un último beso prolongado en la sien de Sofía, Viktor se aleja entrando a su oficina una vez más, camina como león enjaulado, como si sopesara ideas, él no quería que Sofía se enterase de la extorsión, sobre todo porque no quería que se estresara más y con todo el cuento del embarazo, solo faltaba unos pocos meses para que Sofía pueda dar a luz, y él quiere lo mejor para ella y su nuevo bebé. Se deja caer en su asiento y mira la pantalla en su teléfono, sentía un conflicto interno, tenía a sus contactos, sí, pero al parecer, siente que su historial mafioso va a seguir corriendo por su sangre, le preocupa un poco, y a la vez... no tanto. —Joder...






