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Capítulo 173: Hora de solucionar los problemas.

La mañana siguiente amaneció fría y gris, con una niebla baja que se pegaba a los edificios y hacía que Moscú pareciera más grande y más hostil de lo que ya era. Viktor salió de la mansión antes de que Sofía se despertara del todo.

Le dejó una nota en la mesita: “Vuelvo antes del almuerzo. Descansa, reina mía. Te amo. Cuida a nuestra princesita”.

Besó su frente, le acomodó las sábanas arropándola hasta los hombros y salió sin hacer ruido.

Dimitri lo esperaba en el garaje, apoyado en el todoterreno negro, con un cigarrillo entre los dedos y esa calma fría que siempre llevaba cuando olía problemas.

—¿Listo para jugar a detectives?— preguntó Dimitri, apagando el cigarrillo contra la suela del zapato.

Viktor abrió la puerta del conductor.

—No es juego. Si alguien toca lo que estamos construyendo… toca a Sofía. A los niños. A las familias que van a entrar ahí. No voy a dejar que se salgan con la suya.

Dimitri subió al asiento del copiloto.

—Entonces vamos a solucionar esta miér*a de una vez por todas.

En el trayecto estuvieron conversando de planes y soluciones y posibles amenazas pasadas cuando ellos reinaban el imperio mafioso, quizá alguien de Nueva York, o alguien de aquí en Rusia, o quizá alguien que ni siquiera conocen. Después de varios minutos de viaje, llegan al punto de encuentro.

Carl ya los esperaba en la entrada del terreno de RUBCOL, con el abrigo oscuro abotonado hasta arriba y una expresión que no dejaba lugar a dudas: estaba furioso, pero controlado.

El sitio de construcción estaba desierto esa mañana; los obreros habían sido enviados a casa hasta nuevo aviso.

Solo quedaban las grúas inmóviles, las pilas de ladrillos y el cartel de “RUBCOL – Escuela Bilingüe Intercultural” que colgaba torcido, como si ya supiera que algo iba mal.

Carl los saludó con un gesto seco por la tensión del ambiente.

—El capataz está adentro. Y el negociador principal también. Vamos, entremos.

Entraron a la caseta provisional que servía de oficina: una estructura de metal con mesa, sillas y planos extendidos. El capataz, un hombre de unos cincuenta años, bigote espeso y manos callosas, estaba sentado con cara de quien no ha dormido. Al lado, el jefe de negocios, traje arrugado, con la corbata algo floja, miraba el suelo como si quisiera que se lo tragara.

Carl cerró la puerta detrás de ellos.

—Cuéntenles. Todo. Desde el principio.

El capataz carraspeó y se acomodó la garganta casi con incomodidad pero con decisión.

—La primera nota llegó hace tres noches. Envuelta en una piedra, tirada dentro del perímetro. Decía: ‘Dos millones para protección. O paramos todo. Y si no… peor’. No le dimos importancia al principio. Pensamos que era algún vándalo. Pero ayer por la mañana llegó la segunda. Igual. Envuelta en papel, tirada cerca de la entrada. ‘El plazo vence viernes. Paguen o el terreno arderá’. Y anoche… la tercera. La dejaron en la puerta de mi casa. ‘No juegues. Sabemos dónde vives’.”

Carl puso la mano en la mesa, con fuerza contenida.

—¿Y la llamada?

El jefe de negocios intervino, con la voz algo temblorosa a pesar de verse con porte elegante.

—Al capataz lo habían llamado ayer a las ocho, la voz se le escuchaba distorsionada, modificada. ‘El dinero o paramos. Y si llamas a la policía… sabemos dónde duermen tus hijos’ y colgó antes de que pudiera responder.

Viktor se acercó a la mesa, apoyó las manos y miró los papeles.

—¿Quedó registrado el número?

El capataz negó.

—No... solía privado, bloqueado, no aparece nada, ni siquiera nombre de empresa, ni nadie para saber.

Dimitri sacó su teléfono.

—Pásenme el número de la llamada. Mi gente puede rastrearlo aunque esté bloqueado. Y la nota… ¿la tienen?

El capataz sacó un sobre de plástico.

—Aquí está, esa es la última, la que dejaron anoche.

Viktor tomó el sobre con cuidado. Papel común, letras recortadas de revista, pegadas con cinta adhesiva: “Dos millones. Viernes. O quemamos todo. Y después… tu familia.”

Carl apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos de rabia.

—No es casualidad. Alguien sabe que estamos detrás. Alguien que quiere frenarnos.

Viktor miró a Dimitri.

—¿Tus contactos en la FSB?

Dimitri asintió.

“Ya les mandé las fotos de las notas. Van a rastrear el papel, la tinta, el pegamento. Y el número de la llamada. En 24 horas tendremos algo.

Carl miró a Viktor.

—¿Y si es alguien de dentro? Algún obrero resentido. O un competidor que perdió el contrato.

Viktor negó con la cabeza.

—No. Esto huele a profesional. La forma de las notas, la amenaza a la familia… es mafia. O alguien que quiere parecerlo.

El capataz intervino, nervioso.

—Los obreros están asustados. Dicen que no volverán hasta que se resuelva todo. Y el plazo es hasta el viernes. ¿Qué hacemos?

Viktor lo miró fijamente, maquinando rápidamente en su cabeza.

“No pagaremos. No se negocia con extorsionadores. Si cedemos, ellos podrían volver. Y volverían incluso más fuertes. Nosotros vamos a encontrarlos, y cuando los encontremos… no van a querer volver.

Carl asintió con firmeza estando completamente de acuerdo.

—Estoy de acuerdo. Pero necesitamos proteger el sitio, y a las familias de los obreros, no quiero que ninguno en este negocio salga afectado, o que haya sangre.

Viktor sonrió apenas, con decisión, una sonrisa casi fría.

—No habrá sangre si no la buscan. Pero si la buscan… la van a encontrar.

Dimitri guardó el sobre.

—Voy a mover mis hilos, Viktor, tú y Carl revisen los enemigos de ambos. Alguien que quiera frenar la escuela. Alguien que sepa que están juntos en esto.

Carl miró a Viktor.

—¿Crees que sea por mí? ¿O por ti?

Viktor se encogió de hombros.

“Puede ser por cualquiera, o por los dos, pero lo vamos a saber. Pronto.

Los tres se miraron entre ellos en una complicidad que ya se les hacía familiar, ya de una fuerte alianza, ya era suficiente para empezar a cazar.

Carl se levantó primero.

—Los mantendré informados entonces, si hay alguna otra nota… les avisaré de inmediato.

Viktor asintió.

—Y nosotros te avisaremos cuando tengamos algo de información con la captura que Dimitri le mandó a sus contactos, no hagas nada solo, ni precipitado.

Carl a medio lado ya más confiado.

—Entendido, esta vez, me comunicaré com ustedes antes de hacer cualquier locura.

Todos salieron de la caseta y el terreno quedó atrás, silencioso y vacío. Pero en el aire flotaba la promesa de que no se quedarían quietos.

Mientras los hombres terminaban su reunión en la oficina improvisada del terreno, el ambiente en la mansión Ivanov seguía su ritmo suave y cotidiano, como si el mundo exterior no pudiera tocarla del todo.

Sofía se había sentado en una de las sillas de madera del jardín trasero, cerca del roble viejo que ya empezaba a soltar las primeras hojas verdes del año.

La manta bajo sus pies estaba tibia por el sol de media mañana, y tenía a Nikolai jugando a sus pies: el pequeño apilaba bloques de colores con concentración absoluta, cada tanto levantando la vista para decirle “¡mami, mira!” y mostrarle su torre inestable que siempre terminaba cayéndose entre risas.

La pequeña Sofía dormía plácidamente en su silla cómoda de bebé, con la cabecita ladeada y un chupete olvidado colgando de la boca.

Doña María había salido esa mañana temprano a hacer recados en el mercado diciendo “voy por guayabas frescas y panela buena, mi niña, para que tengas antojo sin culpa”, e Irina y Olga estaban dentro de la mansión preparando el almuerzo: sopa de verduras suaves para Sofía, arroz blanco, plátano maduro asado y un poco de pollo desmenuzado que no oliera fuerte.

Sofía respiraba despacio, con una mano en la barriga y la otra sosteniendo una taza de té de manzanilla que ya se había enfriado.

Se sentía mejor que los días anteriores, pero aún cargaba esa fatiga que la obligaba a sentarse cada rato.

Nikolai le puso un bloque azul en la rodilla y la miró con ojos enormes.

—Mami… bebé,— dijo señalando su vientre.

Sofía sonrió, acariciándole la cabecita.

—Sí, mi amor… bebé. Pronto va a jugar contigo.

Nikolai asintió serio, como si acabara de recibir una misión importante, y volvió a sus bloques.

Entonces apareció ella.

Una señora de paso lento, con un abrigo largo de lana gris que le llegaba casi a los tobillos, un pañuelo en la cabeza y una bolsa de tela colgada del brazo.

Caminaba por el sendero público que bordeaba el jardín, un camino que rara vez usaban transeúntes, porque la mansión estaba alejada del bullicio, pero se detuvo justo frente a la reja baja que separaba la propiedad del exterior.

Sofía levantó la vista.

La mujer la miró con una sonrisa amable, casi maternal.

—Buenos días, querida. Qué lugar tan bonito y tranquilo tienen aquí.

Sofía parpadeó, sintiendo un cosquilleo extraño en la nuca. Ese rostro… lo había visto antes.

No recordaba dónde. Quizá en alguna foto antigua, quizá en un sueño, quizá en una visita fugaz. Pero estaba ahí, en el borde de su memoria, como un nombre que se te olvida en la punta de la lengua.

—Buenos días— respondió Sofía con voz suave, intentando sonreír. —¿Necesita ayuda? ¿Se ha perdido?

La señora negó con la cabeza despacio, sin dejar de mirar la mansión.

—No, no… solo pasaba por aquí. Estos lugares fuera de la ciudad siempre son tan calmados… tan… seguros. Me gustaría construir algo cerca algún día. Una casita sencilla. Para ver salir el sol sin tanto ruido.

Sofía asintió, todavía con esa sensación rara en el pecho.

—Es un lugar muy bonito para vivir. Tranquilo. Los niños pueden jugar sin peligro.

La anciana miró a Nikolai, que seguía apilando bloques ajeno a todo.

—Qué niños tan lindos. Y usted… con otro en camino. Se nota en la cara. La maternidad le sienta bien.

Sofía se tocó la barriga instintivamente.

—Gracias… sí, es una niña.

La anciana sonrió más amplio.

—Una princesita. Qué bendición. Cuídela mucho. Las princesitas necesitan madres fuertes.

Sofía sintió un escalofrío leve, pero lo atribuyó al viento frío que acababa de levantarse.

—Lo haré. Gracias por esas bonitas palabras... de verdad.

La anciana inclinó la cabeza en un saludo cortés.

—Que tenga un buen día, querida. Y que el bebé venga sano y fuerte.

Se dio la vuelta y siguió caminando por el sendero, despacio, sin prisa, como si no tuviera ningún lugar adonde llegar.

Sofía la observó hasta que desapareció detrás de los árboles.

Algo no encajaba. Ese rostro… esa voz suave pero con un filo que no podía definir.

Olga, que había salido a la terraza con una bandeja de galletas, vio todo desde la ventana de la cocina. Se quedó quieta, con la bandeja en las manos, sintiendo un escalofrío que le recorrió la espalda. También le sonaba esa cara. No sabía de dónde, pero de alguna manera lo sabía.

Se mordió el labio, dejó la bandeja en la encimera y decidió no decir nada todavía, porque primero debía recordar donde fue que había visto ese rostro y tenía que estar completamente segura.

Porque si esa mujer había estado antes en algún lugar relacionado con ellos… no era casualidad, y en esa casa… nada era casualidad.

Sofía se quedó sentada un rato más, con Nikolai jugando a sus pies y la pequeña Sofía durmiendo tranquila, pero el escalofrío no se fue del todo, y algo le decía que esa anciana… no había pasado “por casualidad”.

Siente que esa cara la había visto pero más joven en otro lugar, y en estos momentos no puede recordar a quien se parecía, pero también cree que esta sensación no se le va a ir por mucho tiempo, y de que capaz no es la primera, pero por supuesto tampoco la última vez que la vaya a ver.

Una cosa es segura... todo aquel que se involucra con la familia Ivanon resulta siendo alguien interesante, o... un enemigo del pasado, ni más ni menos, y Sofía siente que algo no andaba muy bien, sobre todo cuando ayer vio a Viktor sospechosamente serio y hoy dejando ese mensaje en la mesa esta mañana, algo estaba pasando, y ella todavía no sabía con claridad.

—Señora Sofía...— Dice Olga volviendo a acercarse, pero verla algo pálida, con la mano que le tiembla sobre el vientre, algo sintió por dentro, como una sensación de protección, de no traerle estrés y dolores de cabeza a su señora. Así que simplemente sonríe como siempre manteniendo su profesionalidad.

—El almuerzo ya está listo, por favor, déjeme ayudarle con los niños y vayamos adentro antes de que el frío regrese.

Sofía sonríe y asiente dejándose llevar, la voz de Olga fue bienvenida para soltar la tensión que llevaba sus hombros, y por ahora, prefiere no pensar en cosas extrañas, tiene unos hijos qué cuidar, y una que estaba por venir.

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