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Capítulo 110: Un gran respiro.

Eran las tres de la madrugada en el penthouse de Moscú, y el silencio era tan denso que parecía tener peso. Viktor y Sofía yacían desnudos bajo las sábanas revueltas de la cama king, sus cuerpos aún calientes por el encuentro anterior, pero ahora envueltos en una quietud diferente, la que llega después de la tormenta, cuando el placer se apaga y solo quedan las brasas del dolor.

Él la tenía abrazada por detrás, su brazo musculoso rodeando su cintura rellenita, la mano abierta sobre esa panza suave que todavía llevaba las marcas de haber traído a Nikolai al mundo. Sofía trazaba círculos lentos con las yemas de los dedos sobre el antebrazo músculoso de él, sintiendo cómo su respiración se entrecortaba cada tanto, como si estuviera conteniendo un sollozo que no quería dejar salir.

—¿Sabes qué sentí hoy, mi amor?— murmuró Viktor contra su nuca, su voz ronca por el vodka y las lágrimas que había derramado antes.

—Cuando vi ese contenedor estallar… fue como si me hubieran arrancado una parte del pecho. La adrenalina me subió tan fuerte que por un segundo volví a ser el rey. El mismo Viktor que mandaba en Nueva York con puño de hierro, que entraba a cualquier club y todos bajaban la mirada. El que controlaba Moscú como si fuera su patio trasero. Extraño eso, Sofía… extraño la ciudad que me vio nacer como jefe, las noches en las que caminaba por Manhattan sabiendo que nadie se atrevía a tocarme. Hace años que no piso Nueva York… y ahora, con todo esto, siento que nunca más voy a poder volver sin que me persigan fantasmas.

Sofía giró el rostro lo justo para mirarlo por encima del hombro. Sus ojos oscuros, siempre tan cálidos, estaban llenos de comprensión.

—Te entiendo, mi vida. Yo también extraño cosas… extraño mi hogar natal, a mi padre a pesar de haber sido como fue conmigo, aunque venía de la pobreza a veces me sentía feliz de tener papá y mamá, y a veces eso era lo único que me hacía sentir feliz y viva. Pero tú y yo sabemos que esa vida de rey ya no es la nuestra. Tenemos a Alexei y a Nikolai. Tenemos esta familia que construimos entre balas y besos. Y si Dimitri…

Su voz se quebró un poco, pero se recompuso rápido. —Si Dimitri realmente estaba ahí dentro… no sé qué haríamos. Pero no lo creo, Viktor. Mi instinto me dice que no. Él es demasiado terco para morirse así, sin pelear, sin despedirse.

Viktor apretó el abrazo, enterrando la nariz en su cabello.

—Era mi hermano, Sofía. No de sangre, pero de todo lo demás. El que me cubría la espalda cuando nadie más lo hacía. El que me escuchaba cuando yo no podía hablar con nadie. Si lo perdí… no sé qué carajos voy a hacer después. ¿Cómo sigo? ¿Cómo miro a Ana a los ojos sabiendo que le fallé? ¿Cómo le digo a los niños que su tío Dimitri ya no va a venir a jugar con ellos?

Una lágrima caliente rodó por su mejilla y cayó sobre el hombro de ella. —Me siento viejo, mi amor. Viejo y roto.

Sofía se giró por completo en sus brazos, enfrentándolo. Acarició su rostro áspero por la barba de varios días, limpiando esa lágrima con el pulgar. —No estás roto, Viktor. Estás herido, sí… pero herido no es lo mismo que acabado. Y no estás solo. Yo estoy aquí, mamá está aquí, Ana, los niños… todos. Y si Dimitri no está muerto, y yo creo que no lo está, vamos a encontrarlo. Vamos a traerlo de vuelta. Tú eres el hombre más fuerte que conozco, el que me salvó cuando yo pensaba que no había salida. Ahora déjame salvarte un poquito a ti. ¿Sí? Prométeme que no vas a rendirte todavía.

Él la miró un largo rato, esos ojos grises todavía enrojecidos pero con un brillo nuevo. —Te prometo, mi reina. Por ti… por nosotros… no me rindo.— La besó lenta y profundamente, como si quisiera sellar esa promesa en su piel.

Pero el momento se rompió cuando el teléfono de Viktor vibró sobre la mesita de noche, un sonido seco y urgente en la quietud. Él se tensó al instante. Miró la pantalla y se da cuenta de que era Klaus.

Contestó sin decir nada, solo puso el altavoz para que Sofía escuchara.

—Viktor— la voz de Klaus llegó fría, precisa, como siempre. —Ven ahora. Al laboratorio forense en las afueras, el que te indiqué. Tienes que ver esto con tus propios ojos. No hables por teléfono. Solo ven.

La llamada se cortó de inmediato, dejando aquel mensaje en el aire como un eco fantasmal y sin discusión alguna. Viktor se levantó de un salto, el cuerpo todavía desnudo y marcado por las caricias de Sofía.

—Voy contigo— dijo ella, ya buscando ropa en el armario.

—No. No... Sofía. Quédate aquí. Con los niños, con Doña María. Si es malo… no quiero que lo veas.

—Viktor, no me pidas eso. Dimitri es familia para mí también— sin embargo ella ya duda de buscar la ropa y se queda ahí sin saber qué hacer.

Él la miró, vio la determinación en sus ojos, y suspiró.

—Está bien. Pero quédate cerca de mí.

Media hora después, el todoterreno blindado de Viktor atravesaba las calles desiertas hacia el complejo industrial donde Klaus había establecido el laboratorio improvisado. Afuera, bajo la luz cruda de los reflectores, estaban Boris y Sergei, con el rostro serio y las armas visibles. Boris señaló la puerta con un gesto de cabeza.

—Klaus te espera adentro, jefe.

Viktor asintió y entró primero, Sofía pegada a su espalda. El aire olía a desinfectante, metal quemado y algo más… algo orgánico y equivocado.

Allí estaba Klaus, todavía con su uniforme táctico negro, el pasamontañas cubriéndole todo menos esos ojos gris azulados que parecían perforar el alma. Se quitó la capucha con un movimiento lento, dejando en visto su rostro anguloso, y le tendió la mano a Viktor.

—Viktor, compañero, dijo con esa voz grave y contenida. —Puedes respirar. Ninguno de los cuerpos del contenedor era Dimitri.

Viktor se quedó inmóvil sintiendo un frío helado que le pasa por las sienes y la cabeza antes de sentir un calor relajante que le alivia la columna vertebral.

Sofía que estaba a su lado, se puso una mano en el pecho con tanto alivio que casi se le salen las lágrimas pero se contuvo y se apoyó en Viktor llena de felicidad y una nueva noticia para Ana.

—¿Estás seguro?— pregunta Viktor con voz ronca casi temblorosa pero todavía firme y concreta.

Klaus lo llevó hacia una mesa de acero donde yacían varios restos carbonizados, pero no del todo irreconocibles. Bajo la luz fría, se veía que no eran humanos normales. Tejidos musculares mezclados con implantes metálicos, venas artificiales, órganos que parecían haber sido cultivados en laboratorio. Biotecnología. Algo macabro, algo que no pertenecía a este mundo.

—No son completamente humanos— explicó Klaus, señalando una sección intacta de uno de los torsos. —Músculos biológicos reforzados con nanotecnología, circuitos integrados en el tejido nervioso… alguien está jugando a ser Dios. Y no sabemos por qué se llevaron a Dimitri. ¿Para experimentarlo? ¿Para convertirlo en… esto? No lo sabemos todavía.

Viktor se acercó más, con los puños apretados.

—¿Y la pista? Dime que encontraron alguna pista que nos aclare esta miér*a.

Klaus señaló un fragmento de tela chamuscada que había sobrevivido al fuego. Allí, bordado con precisión quirúrgica, un logo, una rata estilizada con gafas de laboratorio, y debajo, las iniciales **LR S.A.S**.

—No hay registro de esa empresa en ninguna base legal que conozca— continuó Klaus. —Pero es un comienzo. Y hay alguien que podría saber más… mi viejo contacto, el ex coronel. El hacker que vive en esa cabaña en las montañas. El que ya nos ayudó una vez con haber averiguado de que puede ser un mercenario llamado Zelenyy. Voy a volver a verlo. Mañana mismo. Si alguien conoce este logo, es él.

Viktor miró el logo fijamente, como si pudiera obligarlo a hablar. —Entonces ve. Y tráeme respuestas, Klaus. Porque si Dimitri está vivo… y si lo están convirtiendo en una de estas… cosas… voy a quemar el mundo hasta encontrarlo.

Klaus asintió, una media sonrisa fría en los labios. —Lo sé. Por eso te llamé. Esto no es solo tu guerra, Viktor. Es nuestra.

Sofía, que había estado en silencio todo el tiempo, tomó la mano de su esposo y la apretó con fuerza. —Volvamos a casa, mi amor. Mañana seguimos. Dimitri sigue vivo… lo siento en los huesos.

Viktor la miró, y por primera vez en horas, una chispa de esperanza brilló en sus ojos. —Sí, mi reina. Mañana seguimos. Y que Dios se apiade de quien se atrevió a tocar a mi familia.

Todos volvieron a casa en el edificio donde están hospedados, Klaus en el apartamento de al lado con todos sus compañeros y Viktor y Sofía de vuelta al suyo en el Penthouse, ahí yace Doña María recién despierta dándole de biberón a Nikolai y un sándwich a Alexei ya desayunando, y por último, una Ana desolada en el sofá que ya casi ni sentía esperanzas y ya no tenía lágrimas en los ojos.

Sofía y Viktor se miraron a la cara, y asienten levemente para poder dar las noticias.

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