Mundo ficciónIniciar sesiónDimitri llegó exactamente a las seis de la mañana, cuando la mansión todavía estaba envuelta en esa quietud azulada que precede al amanecer. El motor del todoterreno negro se apagó con un suspiro ronco frente a la entrada lateral, y él bajó sin prisa, con el abrigo oscuro abotonado hasta el cuello y una expresión que no dejaba lugar a dudas: había pasado la noche revisando todo lo que sus contactos le habían enviado.
Viktor ya lo esperaba en el despacho del segundo piso, la puerta entreabierta, la lámpara de escritorio encendida y una taza de café negro humeante que no había tocado. El aire olía a madera vieja, a pólvora residual de las sesiones de tiro y a ese silencio pesado que solo se rompe cuando dos hombres saben que están a punto de hablar de guerra. Dimitri entró sin llamar, cerró la puerta con el tacón de la bota y se dejó caer en la silla frente al escritorio. —La nota física llegó hace una hora. Mis contactos la revisaron toda la noche. El papel es común, comprado en cualquier papelería de barrio. La tinta de las letras recortadas es de revista barata. El pegamento… adhesivo escolar. Nada que deje huella. Pero el mensaje en sí… es personal. Demasiado preciso. Saben dónde estamos. Saben quiénes somos. Viktor se recostó en la silla, cruzando los brazos detrás de la cabeza. —¿Y el número de la llamada? Dimitri sacó el teléfono y deslizó la pantalla. —Bloqueado, pero no imposible. Saltó por tres servidores en Ucrania, luego Israel, luego volvió a Rusia. La ruta final termina en un edificio abandonado en las afueras de Tel Aviv. Coordenadas exactas: 32.0853° N, 34.7818° E. Un almacén que perteneció a Volkov Industries hace quince años. Antes de que tú… terminaras con ellos. Viktor sintió que el aire se le espesaba en la garganta. —Krasnova. Dimitri asintió una sola vez. —La bruja Volkov. No está muerta. Está viva. Y está aquí. O al menos… alguien que trabaja para ella. Esa anciana que Olga vio no fue casualidad. Fue un mensaje. Un ‘te veo’. Un ‘no olvidé’. Viktor se levantó lentamente de su puesto, caminó hacia la ventana y miró el jardín oscuro. —Si es ella… no va a parar hasta que nos destruya. No va a conformarse con la escuela. Va a ir por Sofía. Por los niños. Por la niña que viene. Dimitri se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Entonces actuaremos con tiempo. No esperaremos a que vuelva a aparecer, o a que deje otra nota, no podemos esperar a que alguien salga herido. Hay que movernos primero. Viktor se giró, los ojos encendidos en fuego pero serenos. —¿Qué propones? Dimitri respiró hondo. —Fingir. Hacer que crean que nos vamos de vacaciones. Todos. Incluyendo al gato, ir a Nueva York. Tienes esa cabaña en Catskills que compraste hace años y nunca usaste. Nadie sabe que aún la tienes. Nadie la tiene registrada a tu nombre actual. Es perfecta. Llevamos a Sofía, a los niños, a Doña María, a Irina y Olga si quieren. Les decimos que es por el embarazo, por el reposo, por el aire puro. Pero en realidad… es para sacarlos del radar. Mientras tanto, nosotros nos quedamos aquí. Tú, yo, Carl si quiere unirse. Y mis contactos. Cazamos a la bruja. La encontramos y la exterminamos. Viktor se quedó callado un largo momento, sopesando las ideas de Dimitri. Pensó en Sofía arriba, durmiendo con la mano en la barriga, pensó en Alexei y Nikolai corriendo por el jardín, en la pequeña Sofía gateando detrás de Dragón Gris. Pensó en cómo había jurado, años atrás, que nunca más dejaría que el pasado los tocara. Y recordó... recordó la primera vez que llevó a Sofía a Nueva York, cuando ella se convirtió en su esclava por el contrato de su mal padre hace tiempo ya fallecido. Cuando él la humillaba en público con Anastasia a su lado, cuando se burlaba de su acento, de su cuerpo rollizo, de su piel morena, cuando la hacía sentir pequeña para él sentirse todavía más grande e imponente, cuando la llevaba a rastras a cenas donde otros hombres la miraban como mercancía, cuando las veces que veía a ella llorar en silencio en el baño de hoteles caros, y él fingía no verlo, las veces que la hizo suya sin compasión. Y luego... recordó el día que todo cambió, cuando ella lo enfrentó, cuando le dijo que no era una cosa, que casi se le deslizaba de las manos el día que casi se escapaba, cuando él, por primera vez, sintió que perdía el control… y que no quería recuperarlo si eso significaba perderla a ella. Ese primer encuentro en Nueva York había sido el principio del fin de ese yo interno que desapareció y aquí en Moscú ella lo cambió. Y ahora… esa misma cabaña al otro lado del mundo podía ser el refugio. Viktor miró a Dimitri. —Está bien. Nos vamos. Todos. Incluyendo al gato. Les decimos que es por el embarazo de Sofía. Que necesita aire puro. Que el médico lo recomendó, le decimos a Ana que mienta para que la convenza. Nadie va a sospechar. Y mientras ellos estén seguros… nosotros terminaremos esto en silencio. Dimitri asintió con firmeza. —¿Cuándo?— preguntó. Viktor miró el calendario en la pared. —En cuatro días. El tiempo justo para preparar maletas sin levantar sospechas. Y para que Carl se una si quiere. Pero nadie más sabe, ni Sofía, ni Elena, ni los niños, solo nosotros tres. Dimitri se levantó. —Entonces empiezo a mover mis hilos. Y tú dile a Sofía que van de vacaciones. Que es por ella. Por el bebé. Y que la vas a cuidar como nunca. Viktor sonrió, pero no llegó a los ojos. —Lo haré. Y cuando estemos en Nueva York… voy a asegurarme de que ella no sienta ni una sombra de miedo. Dimitri le dio una palmada en el hombro. —Y cuando volvamos… la bruja Volkov va a desear no haber salido de su agujero. Viktor asintió. —Que así sea. Dimitri salió de su despacho, ya planificando todo en su cabeza. Viktor se quedó solo en el despacho, se quedó mirando por la ventana hacia el bosque oscuro. Y sintió que el pasado volvía a llamar a la puerta. Pero esta vez no iba a abrir camino solo. Se quedó dudando unos momentos, esto también debía hablarlo con Carl claro estaba, y él sabía que iba a enojarse, porque el pasado de Viktor no solo lo estaba involucrando a él, sino también a una familia inocente que no tenía nada que ver, aún así decide hacerle la llamada para confesarle todo, para decirle el plan que tenía y que Carl decida si irse o quedarse. Viktor salió del despacho con pasos pesados, la sensación desde que Dimitri salió de su oficina seguido de silencio, le había dejado un sabor metálico en la boca. Bajó las escaleras despacio, oyendo ya el bullicio suave de la mañana en la cocina: la voz de Doña María canturreando una canción vieja tarareando alegremente mientras servía el desayuno, el tintineo de platos, la risa de Alexei pidiendo “¡más arepa, abuelita!” y el gorgoteo feliz de Nikolai que jugaba con una cuchara en su silla alta. Sofía estaba terminando de alistarlo para la escuela. Llevaba un vestido holgado color crema que le caía suave sobre la barriga, el cabello recogido en una coleta baja y una sonrisa cansada pero llena de amor mientras le ajustaba la corbata del uniforme a Alexei. —Listo, campeón. Hoy te toca brillar en clase. ¿Me traes un dibujo para la hermanita? Alexei asintió con energía. —¡Sí, mami! Uno con dragones guardianes para que la cuiden cuando nazca. Sofía lo besó en la frente y miró a Viktor cuando él entró. —Buenos días, mi rey… ¿ya te vas? Viktor se acercó, le rodeó la cintura con cuidado y la besó en los labios, lento, profundo, como si quisiera llevarse un pedacito de ella. —Voy a dejar a Alexei en la escuela. Luego tengo que salir un rato. Pero vuelvo antes del almuerzo. ¿Cómo te sientes hoy? Sofía apoyó la frente contra la de él. —Mejor. Las náuseas están más suaves. Pero… cuídate tú también, ¿sí? No me gusta cuando sales y no sé exactamente dónde estás. Viktor le besó la nariz. —Te prometo que vuelvo entero. Y con noticias. Siempre vuelvo entero, reina mía. Alexei tiró de la mano de su papá. —¡Vamos, papi! ¡Que se hace tarde y quiero contarle a Misha lo del bebé! Viktor rio bajito, tomó la mochila de su hijo y salieron juntos. Doña María les dio un beso a cada uno en la puerta. —Cuídense, mis amores. Y tráiganme buenas noticias.” El trayecto a la escuela fue corto, lleno de la charla inagotable de Alexei sobre dragones, hermanitas y cómo iba a enseñarle a la nueva bebé a “volar como Misha”. Viktor escuchaba, sonreía, pero su mente ya estaba en otro lugar. Dejó a Alexei en la entrada, lo vio correr hacia Misha con los brazos abiertos y sintió ese nudo familiar en el pecho: amor mezclado con miedo. Arrancó de nuevo, pero esta vez no volvió directo a casa. Llamó a Carl desde el auto. —Kuzmin. Tenemos que vernos. Hoy. Ahora. En la cafetería de siempre. La de la calle Tverskaya. Es urgente. Carl respondió al segundo tono. —¿Qué pasó? —Te lo digo cuando lleguemos. No por teléfono. —Voy para allá. Viktor colgó y pisó el acelerador. La cafetería era la misma de siempre: pequeña, oscura, mesas de madera gastada, olor a café fuerte y pan recién horneado. Carl ya estaba ahí, sentado en la mesa del fondo, con un café negro delante y los ojos fijos en la puerta. Cuando vio entrar a Viktor, se enderezó. —Ivanov… ¿qué tan malo es? Viktor se sentó frente a él, sin pedir nada. —Es malo, una de mis asistentes en casa, me dijo que vio a alguien, una anciana que Olga vio… es Krasnova Volkov. La abuela de Anastasia Volkov. La madre del hombre que secuestró a Sofía cuando estaba embarazada de Alexei. La que juró venganza cuando maté a su hijo y a su nieta. Desapareció hace años. Se decía que estaba en Israel, construyendo un imperio desde las sombras. Y ahora… ahora está aquí. Pasó por el jardín. Habló con Sofía, la miró, miró la casa y...se fue como si nada. Carl palideció, bueno, no conocía del todo la historia, pero al saber apellidos así de fuertes, las revistas que leía en el pasado sobre paparazzi de Viktor y sus reuniones clandestinas del pasado, hace que se le erice la piel de lo que cree que pueda significar esto, y siente que no puede ser nada bueno, para nada bueno.






