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Capítulo 111: El logo y los secretos aún escondidos.

Pero en ese momento, Klaus tocó la puerta, llamando a Viktor, él abre inmediatamente.

—Viktor, necesitamos visitar al anciano.— su voz es firme sin lugar de discusión.

Por supuesto Viktor no duda y se despide inmediatamente de las chicas y de sus hijos con un beso a cada uno, toma el abrigo de vuelta y sale rápidamente con Klaus, cerrando la puerta quedando Sofía sola para comentar todo lo sucedido.

Ya estaba amaneciendo, la luz que se asomaban tras las montañas eran tenues y suaves, un sol pálido que apenas calentaba, pero que iluminaba cada cicatriz del paisaje. Klaus conducía el todoterreno negro por caminos de grava que serpenteaban entre pinos helados, Viktor a su lado en silencio absoluto. El ruso tenía los puños apretados sobre las rodillas, los nudillos blancos. No había dormido más de una hora después de volver del laboratorio, la imagen de esos cuerpos híbridos, mitad carne, mitad máquina, se le había clavado en la mente como un cuchillo.

Llegaron a la cabaña hogareña al filo de las nueve. Las ventanas con luz cálida, calor interno, el humo saliendo de la chimenea, y un perrito que al parecer eran de los nietos del viejo, tan fiel ladrando desde la entrada. El ex coronel viejo amigo de Klaus, escucha los ladridos y se asoma a ver quién irrumpía a estas horas de la madrugada, salió al porche con una taza de café humeante en la mano.

—Klaus, mi muchacho— dijo con una sonrisa torcida pero genuina y amistosa. —¿Otra vez tú? Pensé que la última vez te había dejado claro que ya estoy retirado.

Klaus bajó del auto y le tendió la mano con esa familiaridad de viejos camaradas. —Coronel. No vengo de visita social, una nueva información.

El viejo miró a Viktor, que bajaba del vehículo con la mandíbula tensa. —Y tú debes ser el amigo del desaparecido, me parece que sí huele mal.— La sonrisa se le borró del rostro cuando vio las caras de ambos. —Pasen por favor. Adentro se habla mejor.

Los guió directo al sótano sin más preámbulos. Bajaron por la escalera estrecha hasta la habitación que para Viktor parecía sacada de una película de hackers, paredes cubiertas de pantallas, servidores zumbando, cables como venas, y una silla ergonómica que crujió cuando el coronel se sentó.

—Muéstrenme,— dijo con voz firme, encendiendo el monitor principal.

Viktor sacó su teléfono y le mostró la foto del fragmento chamuscado, la rata con gafas, las iniciales **LR S.A.S**.

El viejo se quedó quieto un segundo. Demasiado quieto. Luego exhaló despacio, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía años.

—Lo conozco,— murmuró. —No lo había visto exactamente así… pero algo muy parecido.

Klaus se inclinó hacia adelante. —Habla, viejo, cuéntanos.

—Hace unos trece años… o catorce, ya perdí la cuenta. Todavía mandaba en la isla Dragón, cuando tú eras solo un teniente con ganas de comerte el mundo, Klaus.— Miró al alemán con un brillo nostálgico y amargo, su voz ronca por la vejez. —Llegó un tipo. Elegante, traje caro, acento imposible de ubicar. Pidió reclutas. Cadetes jóvenes, fuertes, sin familia que preguntara mucho. Dijo que era para un ‘proyecto especial’. Pagó una fortuna en efectivo, sin chistar. Firmamos los papeles, los muchachos subieron a un helicóptero… y nunca más se supo de ellos.

Viktor sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Y no investigaste?— preguntó Viktor de inmediato con curiosidad y frustración en partes.

—Claro que investigué, por un demonio.

El coronel tecleó furioso, abriendo ventanas oscuras en la pantalla.

—Pero los rastros se evaporaban. Cuentas en paraísos fiscales que se cerraban solas, correos que se autodestruían… era como perseguir humo. Lo único que quedó grabado en mi cabeza fue un símbolo que vi una vez en un maletín del tipo, una rata con gafas. No era exactamente este logo, pero se parecía demasiado. Pensé que era una coincidencia… hasta ahora.

Sus dedos volaban sobre el teclado. Hackeaba bases de datos gubernamentales, foros del dark web, registros de patentes olvidadas.

—LR S.A.S… Sociedad Anónima Simplificada. Podría ser cualquier cosa. Pero si es lo que creo… estamos hablando de alguien que juega con vidas humanas como si fueran piezas de Lego. Biotecnología militar prohibida. Experimentos que hasta la isla Dragón rechazó.

Viktor se acercó más a la pantalla. —¿Y Dimitri? ¿Crees que lo quieren para… convertirlo en uno de esos monstruos?

El viejo lo miró directo a los ojos. —Si lo tienen… sí. Y si no lo han matado todavía, es porque lo necesitan vivo. Vivo y entero. Eso nos da tiempo… pero no mucho.

Klaus puso una mano en el hombro del coronel. —Sigue buscando. Cualquier pista. Nombre, ubicación, dinero… lo que sea. Te debo una grande.

—Me debes varias ya, muchacho. Pero por Dimitri… y por los chicos que perdí… lo hago gratis.—El viejo sonríe y le da unas palmaditas en el hombro a su viejo compañero, y una a Viktor para levantarle los ánimos.

Mientras tanto, en el penthouse de Moscú, el sol ya entraba tímido por las ventanas. Sofía, que se había quedado ahí después de que Klaus y Viktor se fueran, no perdió mucho tiempo, para mirar tanto a Doña María como a Ana que estaba sentada en el sofá.

—¡Ana! ¡mamá!— gritó al entrar al salón.

—¡Buenas noticias! Klaus y Viktor confirmaron, ninguno de los cuerpos era Dimitri. ¡Está vivo! O al menos… no estaba en ese contenedor. ¡Posiblemente siga vivo, donde sea que lo tengan!”

Doña María dejó caer la taza que estaba lavando, y corrió a abrazar a su hija. —¡Ay, mi niña! ¡Gracias a Dios!

Pero Ana… Ana no se movió.

Estaba sentada en el sofá, con las rodillas recogidas contra el pecho, la mirada perdida en algún punto invisible de la pared. Sus ojos verdes, normalmente tan vivos, parecían opacos, como si un velo los cubriera. No había lágrimas ya, igual ya había llorado durante días desde el secuestro de Dimitri. No había sonrisa. Solo silencio.

Sofía se detuvo en seco. La alegría se le congeló en la garganta. —¿Ana…?

Doña María también se dio cuenta. —Hija… ¿qué pasa?

Sofía se acercó despacio, como si temiera romper algo frágil. Se sentó a su lado, tomó una de sus manos heladas. —Ana, querida mía… ¿escuchaste? Dimitri no está muerto. Vamos a encontrarlo. Vamos a traerlo de vuelta.

Ana tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz salió baja, casi un susurro. —Lo sé.

Sofía frunció el ceño. —¿Lo sabes? ¿Cómo…?

Ana giró el rostro hacia ella. Había algo en esa mirada… algo que Sofía reconoció al instante porque lo había visto antes, los últimos días desde que llegaron a este Penhouse, incluso la duda desde el momento en que capturaron a Dimitri, y eso... eso empezaba a quemar desde dentro.

—Lo siento en los huesos, Sofía. Pero no es alegría lo que siento. Es… miedo.— Tragó saliva con fuerza. —Y culpa.

Doña María se acercó por el otro lado, sentándose en el brazo del sofá. —¿Culpa de qué, mi niña? Tú no tienes nada que ver con esto.

Ana cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, los ojos se le pusieron rojos conteniendo las lágrimas hasta que una lágrima solitaria rodó por su mejilla.

—Tal vez sí. Tal vez… vi ese logo antes. No exactamente igual, pero parecido. En un sobre que Dimitri recibió hace unos meses. Pensé que era basura, publicidad rara. Él se rio, lo tiró… pero yo lo guardé. Está en mi bolso, preferí guardarlo, eso pasó cuando estábamos en nuestro apartamento, incluso antes de visitarlos allá a la mansión, antes de que todo explotara.

Sofía sintió que el mundo se detenía. —¿De... de verdad, lo tienes aquí?

Ana asintió lentamente. —Sí. Y ahora… ahora creo que no fue casualidad. Creo que alguien me estaba vigilando. O a él. O a los dos.

Sofía la abrazó con fuerza, pero su mente ya corría a mil por hora. —Vamos a ver ese sobre. Y cuando Viktor vuelva… se lo contamos todo. No estás sola en esto, Ana. Sea lo que sea que escondas… lo enfrentamos juntas.

Pero en el fondo, Sofía sabía que el miedo de Ana no era solo por Dimitri. Era por algo que ella misma había enterrado. Y ese algo… tenía nombre, forma y un logo de rata con gafas.

Y quizá... quizá Ana sabía más de lo que quería admitir, pero por miedo, prefirió guardar silencio por ahora.

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