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Capítulo 109: El dolor que desgarra el corazón.

Sofía abrió la puerta y vio a Ana desmayada en brazos de Viktor, con sangre en la frente, y sintió que el mundo se le inclina hacia un eje.

—¡Ana! ¡Dios! ¿Qué pasó?

Doña María salió de la cocina con un plato de ensalada, y por el grito sorpresivo de su hija se le cae de sus manos, y se parte en pedazos de vidrios esparcidos en el suelo, cubriéndose la boca con las manos.

—¡Mi hija! ¡Qué fue lo que...! ¡Qué horror!

Sofía corrió rápidamente y abrazó a Viktor con fuerza, ella levanta la cabeza y miró a Klaus.

—¿Dimitri? ¿Lo tienen?

Klaus se quitó el pasamontañas, sus ojos mostraban una mirada seria, y les contó todo, la batalla, el equipo perdiendo al principio pero arrasando con más fuerza al final, Ana había llegado interrumpiendo, y por último, aquella explosión que apareció dentro del contenedor, los policías y bomberos llegaron, cuando las llamas se apagaron, descubrieron tres cuerpos quemados.

Viktor aún con la sangre helada y las manos temblorosas, logró decir algo con su voz quebrada.

—Dimitri... quizá uno de esos cuerpos sea él. No lo sabemos con exactitud todavía.

Sofía palideció, realmente no lo podía creer, y el corazón le latía rápidamente con dolor, lo que hizo fue abrazar a Viktor con más fuerza.

—No... Dimitri no— susurró sin poder creerlo todavía.

Ana se despertó poco a poco, apenas abriendo los ojos con lentitud en el sofá, su rostro se distorsionó de inmediato, recordando lo que había visto y comenzó a sollozar en voz baja.

—Quemado, pulverizado... lo perdí... perdí a mi Dimitri.

Sofía se acercó a ella tratando de calmarla dándole un abrazo, aunque sabe que ese abrazo no iba a funcionar mucho.

—Calma, Ana. Klaus va a investigar, aún no perdamos las esperanzas.

Klaus miró a Viktor con determinación.

—Voy a ir a ver a los forenses ahora. Mi equipo y yo solos, podría ser una artimaña, esperemos descartar a toda costa esas malas noticias, además, conozco de estos trucos, son como un modus operandi, cuerpos falsos, escapes quemados, explosiones grandes para hacer creer.

Viktor asintió fervientemente, y tuvo que parpadear rápidamente para no derramar lágrimas.

—Ve, y en cuanto encuentres la verdad, no dudes en llamarme de inmediato.

Klaus sin decir más, se volvió a poner el pasamontañas y salió con el equipo, la puerta se cerró detrás de ellos, dejando a los Volkov fuera de juego por ahora.

El penthouse en Moscú parecía un refugio frágil en medio de la tormenta que azotaba sus vidas. La noche se había tragado la ciudad, dejando solo el resplandor frío de las luces distantes filtrándose a través de las ventanas panorámicas. Sofía, con las manos aún temblorosas por el eco de la explosión que había visto en los ojos de Ana, ajustaba con cuidado la venda en la frente de su amiga.

Ana, sentada en el borde del sofá de cuero negro, parpadeaba para contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse de nuevo. La herida no era profunda, solo un corte irregular de esquirlas que había sangrado lo suficiente para manchar su ropa, pero el dolor iba más allá de la piel. Era el vacío que Dimitri había dejado, un hueco que latía como una herida abierta en el pecho de todos.

—Sshh, tranquula, ya está. No te muevas tanto—murmuró Sofía con esa voz suave y cálida que siempre había calmado en los peores momentos que mantenía unida a esta familia improvisada en Rusia. Sus dedos, delicados pero firmes, presionaron la gasa con ternura, como si pudiera curar no solo la carne, sino el alma rota de Ana.

—Vas a estar bien. Dimitri... él es fuerte, ¿sabes? Como un toro ruso. No se va a ir así nomás.

Ana levantó la vista, sus ojos verdes empañados por el agotamiento y el dolor. —Sofía, yo lo vi... el contenedor explotó justo cuando... ¿Y si él estaba ahí dentro? ¿Y si lo perdí antes de siquiera casarnos?— Su voz se quebró en un sollozo ahogado.

Sofía la abrazó con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo tembloroso contra el suyo. Era como abrazar a una versión de sí misma de años atrás, cuando Viktor la había hundido con su propia oscuridad, pero ahora ya superada y formando algo feliz.

—No pienses eso ahora, Ana. Klaus y su equipo están en eso. Viktor confía en él... o al menos, lo suficiente para esta noche.

Sofía besó su frente vendada con un gesto maternal, aunque eran casi de la misma edad. —Ve a descansar. Los niños están durmiendo en su habitación, mi madre dijo que durmieras con ellos. Alexei ronca como un osito, y Nikolai... bueno, él es un angelito que te va a hacer compañía con sus gorgoteos.

Ana asintió débilmente, secándose las mejillas con el dorso de la mano.

—Gracias, Sofía. Eres... eres como una hermana para mí.— Se levantó con esfuerzo, sus hombros encorvados bajo el peso invisible de la pérdida, y se dirigió hacia la habitación de los niños, donde la suave luz de una lámpara de noche proyectaba sombras danzantes en las paredes adornadas con juguetes y fotos familiares.

Doña María, desde la cocina abierta, observaba todo con esa sabiduría callada. Sus manos ágiles removían una olla donde preparaba una merienda sencilla como siempre para calmar el dolor en el corazón, arepas con queso derretido y un poco de chocolate caliente, como si la comida pudiera ahuyentar los demonios de la mafia.

—Pobrecita Ana—, susurró para sí misma, echando un vistazo al reloj que marcaba las dos de la madrugada. —Esta vida... es demasiado para cualquiera.— Se sentó en el sofá por un rato más, con una taza humeante en las manos, vigilando el silencio del penthouse como una guardiana eterna.

Viktor se había ido a la habitación principal hacía horas, murmurando algo sobre necesitar espacio para "desahogarse solo". Ella sabía lo que eso significaba, lágrimas contenidas, rabia ahogada en alcohol. Pero no interferiría, los hombres como él necesitaban romperse en privado para reconstruirse.

Mientras tanto, en las calles heladas de Moscú, Klaus Adler Wolff conducía su SUV negro a toda velocidad hacia el depósito forense en las afueras de la ciudad. Boris y Sergei, sus leales sombras, Boris que hablaba de batallas pasadas, Sergei con esa mirada calculadora que ocultaba un intelecto afilado como una navaja, flanqueaban el vehículo con otros dos hombres de su equipo en un convoy discreto. El aire dentro del auto estaba cargado de tensión, el humo de un cigarrillo que Klaus fumaba con impaciencia se arremolinaba como niebla.

—¿Crees que encontraremos algo en esos cuerpos carbonizados?—, preguntó Boris desde el asiento trasero, su voz ronca por años de vodka y cigarrillos.

Klaus exhaló una bocanada de humo, sus ojos gris azulados fijos en la carretera nevada. —Si Dimitri estaba en ese contenedor, sus restos nos dirán algo. ADN, huellas dentales... o quizás nada, si fue una trampa para despistarnos.

Su mente daba vueltas, Viktor lo había llamado por lealtad pasada, pero Klaus sabía y sentía que algo no andaba bien, quizá no confiaba del todo en él. ¿Traición? ¿Un enemigo interno en la mafia de Viktor? O peor, ¿alguien de quien desconozcan? —Sergei, llama al laboratorio. Diles que aceleren los estudios. Quiero resultados antes del amanecer.

Sergei asintió, marcando un número en su teléfono seguro. —Entendido, jefe. Pero si no es Dimitri... ¿quién diablos metió mano en esto? ¿Los italianos? ¿O algo peor?

Klaus no respondió, solo apretó el volante con más fuerza. La noche era larga, y las respuestas, como siempre en este mundo, vendrían con sangre.

De vuelta en el penthouse, Sofía cerró la puerta de la habitación principal con un clic suave, el corazón latiéndole con una mezcla de preocupación y agotamiento. La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz tenue de la lámpara de noche que iluminaba la figura de Viktor tendida boca abajo en la enorme cama king-size. El aire olía a vodka y a sal, sus lágrimas, se dio cuenta ella al instante. Una botella vacía rodaba en el suelo, y su esposo, el capo implacable que comandaba imperios de sombras, yacía allí vulnerable, con los hombros temblando ligeramente.

—Viktor...—, susurró Sofía, acercándose con pasos cautelosos.

Él se giró lentamente, y lo que vio le partió el alma, sus ojos, esos ojos grises como el acero ruso, estaban rojos e hinchados, húmedos aún por el llanto silencioso que había derramado solo. No era el llanto de un niño, sino el de un hombre roto por la pérdida de su hermano de armas. Dimitri no era solo un guardia, era familia. Pero en medio de ese dolor, algo más ardía en su mirada, un hambre primitiva, cruda, que lo hacía endurecerse al instante al verla. Su mano descendió instintivamente a su entrepierna, acariciándose lenta y tortuosamente sobre los pantalones, como si el deseo fuera el único bálsamo para su agonía.

—Sofía... ven aquí, mi amor—, ronroneó con una voz ronca, suplicante, cargada de alcohol y necesidad. —Te necesito... joder, te necesito tanto que duele.

Sus ojos la devoraban, recorriendo su figura curvilínea, esa que el parto de Nikolai había moldeado con rollitos suaves y una panza redondeada que a él lo volvía loco. No era perfección de revista, ya era real, suya, y lo ponía duro como una roca.

Sofía vaciló por un segundo. La situación con Dimitri era un incendio que no se apagaba, pero Viktor era su esposo, su ancla en este caos. ¿Cómo negarle consuelo cuando el mundo se desmoronaba?

—Cariño, no sé si es el momento... Ana está destrozada, Klaus está allá afuera...— Pero sus palabras se desvanecieron al ver cómo él se apretaba más en el puño, gimiendo bajito, su mirada suplicante clavada en ella.

—Por favor, Sofía. Solo tú puedes hacerme olvidar... aunque sea por un rato.— Su voz era un gruñido bajo, vulnerable y dominante a la vez. —Quítate la ropa. Lento. Quiero verte... toda mía.

Ella sintió un calor traicionero subir por su vientre. Accedió, porque lo amaba, porque en momentos como este, el s*xo no era solo placer; era sanación. Sus manos temblaron al desabrochar los botones de su blusa, dejando que la tela cayera al suelo, revelando sus pechos llenos, pesados por la maternidad reciente. Viktor jadeó, su mano moviéndose más rápido sobre su erección creciente. —Dios, Sofía... eres perfecta. Ven aquí, gatea para mí.

Se montó en la cama con gracia felina, gateando hacia él, sus curvas moviéndose con cada avance. Viktor no pudo contenerse más, extendió una mano grande y áspera, atrapando uno de sus pechos colgantes, apretándolo con posesión mientras jalaba el pezón endurecido entre sus dedos.

—Mira cómo se balancean... joder, me vuelves loco con estos rollitos tuyos, con esa panza que grita que eres mía, que llevaste a mis hijos.— Su voz era un torrente de deseo, entrecortada por el alcohol que lo hacía más audaz.

Sofía gimió suavemente, empujándolo con ternura contra el colchón.

—Shhh, mi amor... déjame cuidarte ahora.

Sus manos expertas le quitaron la camisa, revelando el torso marcado por cicatrices de batallas pasadas y tatuajes, luego los pantalones, liberando su miembro erecto y palpitante. Se deslizó por su cuerpo, besando cada centímetro de piel caliente, hasta llegar a su calor puro y masculino. Lo tomó en su boca con devoción, lamiendo y succionando con un ritmo lento al principio, saboreando su sal y su necesidad.

Viktor echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos con un gemido gutural que reverberó en la habitación.

—Sofía... oh, joder, sí... así, mi reina. Chúpame más profundo.

Sus manos se enredaron en su cabello oscuro, guiándola con gentileza posesiva, sus caderas arqueándose involuntariamente. El placer lo invadía como una ola, ahogando el dolor por Dimitri, el miedo por su familia.

—Te amo tanto... joder, no pares. Siente cómo late por ti.

Ella levantó la vista, sus ojos encontrando los de él en un momento de conexión pura.

—Te amo, Viktor. Déjate ir... estoy aquí.

Aceleró el ritmo, sus labios envolviéndolo por completo, su lengua danzando en círculos que lo llevaban al borde. Él gruñó, sus músculos tensándose, el vodka amplificando cada sensación hasta que explotó en su boca con un rugido ahogado, derramándose en oleadas de éxtasis y liberación emocional.

Pero no era suficiente. Viktor la levantó con urgencia, volteándola sobre la cama.

—Ahora tú, mi amor. Quiero saborearte hasta que grites mi nombre.

Sus manos separaron sus muslos, su boca descendiendo a su centro húmedo y ansioso. Lamió con hambre, succionando su perla mientras sus dedos se hundían en ella, curvándose para encontrar ese punto que la hacía arquearse. —Dime que eres mía, Sofía. Dime que nada nos va a romper.

—Soy tuya... ¡Viktor, Dios! Siempre tuya.

jadeó ella, sus uñas clavándose en sus hombros mientras el placer la invadía. Las emociones se entretejían, el miedo por Dimitri, la gratitud por su familia, el amor crudo por este hombre que la hacía sentir viva. Llegó al clímax con un grito sofocado, temblando en sus brazos. Se acurrucaron después, sudorosos y exhaustos, con Viktor besando su frente.

—Mañana... ya mañana encontraremos respuestas. Por Dimitri. Por nosotros.— Pero en esa noche, el fuego de su unión era lo único que importaba.

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