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Capítulo 175: La máscara que se cae en la oscuridad.

Y mientras que Dimitri y Viktor se debatían en silencio, la anciana caminaba despacio por el sendero de grava que llevaba a su mansión, como si el frío de la tarde no le rozara siquiera los huesos. El abrigo gris largo ondeaba apenas con cada paso, el pañuelo de lana negra bien atado bajo la barbilla, y la bolsa de tela colgando del brazo izquierdo parecía no pesar nada.

Apenas había avanzado cien metros cuando los tres vehículos aparecieron al final del camino: primero la limusina negra mate, larga y silenciosa como un féretro rodante; detrás el todoterreno blindado con vidrios polarizados que no dejaban ver nada del interior; y cerrando la fila, la van gris sin logos, sin placas visibles, con lunas tintadas y un sonido de motor grave que parecía más un ronroneo de amenaza que de máquina.

Los vehículos se detuvieron a su altura. Las puertas se abrieron casi al unísono. Cuatro guardaespaldas bajaron del todoterreno y la van, todos con trajes oscuros, auriculares discretos y esa mirada que no parpadea cuando hay peligro. Uno de ellos, el más alto, con cicatriz fina en la sien izquierda, se acercó con paso rápido pero respetuoso.

—Señora Krasnova… ¿por qué salió sola? Le dijimos que no era seguro. Podría haberla seguido alguien, o reconocido.

La anciana levantó la vista despacio. La sonrisa que había mantenido frente a Sofía seguía allí: amable, maternal, casi dulce. Pero no llegó a los ojos.

—No pasó nada, Yuri. Solo di un paseo. Quería ver el lugar con mis propios ojos. Respirar el mismo aire que respira ella.

Los guardaespaldas intercambiaron miradas rápidas, tensas. Yuri abrió la puerta trasera de la limusina.

—Por favor, señora. Suba. Está helando.

Krasnova Volkov subió sin prisa, acomodándose en el asiento de cuero negro como si fuera un trono. La puerta se cerró con un clic suave.

Los vehículos arrancaron en formación perfecta, desapareciendo por el camino privado que llevaba a la mansión oculta entre los pinos altos.

Dentro de la limusina, el ambiente cambió en cuanto el cristal polarizado los aisló del mundo.

La sonrisa se borró como si alguien hubiera apagado un interruptor, el rostro arrugado se endureció, sus labios se apretaron en una línea fina y cruel y los ojos claros, casi transparentes, se volvieron hielo puro.

Krasnova se quitó el pañuelo con un movimiento brusco, dejando que el cabello blanco plateado cayera suelto sobre los hombros. Sacó un espejo pequeño del bolso y se miró.

Allí estaba la verdadera Krasnova Volkov.

La madre que había sobrevivido a la muerte de su hijo. La abuela que había enterrado a su nieta favorita después de que descubrieron sus cuerpos abandonados en un río a las afueras de la ciudad en un bosque, su querida Anastasia... esta señora, estaba con una rabia que nunca se apagó jamás. La mujer Volkov que había construido un imperio desde las sombras en Israel, moviendo hilos que ni siquiera la FSB podía tocar del todo, la que nunca perdonó.

Y que nunca olvidó el nombre del hombre que había apretado el gatillo.

Viktor Ivanov.

Y ahora… ahora había visto a la mujer que lo había “salvado”. La colombiana morena de acento cantado que le había dado hijos, que le había dado una familia, que le había dado lo que Anastasia nunca tuvo: amor. Vida.

Krasnova apretó el espejo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Ella lleva una niña dentro,— murmuró para sí misma, voz baja y venenosa. —Una niña que nunca verá la luz del día si yo lo decido.

Se recostó en el asiento, mirando por el vidrio polarizado la carretera que se perdía en la oscuridad, no iba a actuar de inmediato, todavía no, no era una mujer impulsiva, ella era paciente.

Como una araña que teje su tela durante meses antes de morder. Pero la idea ya estaba ahí.

Porque ella sabe que ahora, lo del cuento del nuevo colegio solo era una distracción, una mientras su verdadero plan va a ir tomando forma, un plan silencioso, frío y preciso.

Pensando en que, quizá el bebé nunca naciera, quizá Sofía sufriera lo mismo que ella había sufrido: perder a quien más amaba, quizá Viktor viera cómo su mundo se derrumbaba, pedazo a pedazo, hasta que no quedara nada más que cenizas y culpa.

O quizá algo peor, algo que doliera más que la muerte, porque Krasnova Volkov no solo quería venganza, quería que sufrieran como ella había sufrido, y muy lentamente, por eso, dentro de sus planes, para todo eso que estaba ya maquinando en su cabeza, tenía tiempo, todo el tiempo del mundo.

El auto siguió avanzando en la noche. Y dentro, la anciana sonrió otra vez, pero esta vez… la sonrisa era auténtica, una muy cruel y paciente, porque las maldiciones no necesitan escoba para esta poderosa bruja, solo tiempo, y ella tenía mucho, demasiado.

Se sienta en un sofá negro de pelaje brillante y elegante, mientras piensa, escribía una carta, algo nuevo en su diario, en sus movimientos, el trazo era firme y decidido, escribiendo que el nuevo plan sería mucho más grande que solo extorsionar a una empresa, pero claro, este tema no lo dejará aparte.

Yuri, quien la había acompañado hasta adentro, le comentaba las fichas por donde iban, las amenazas de los papeles dejados en el lugar, el próximo movimiento de dejar alguna que otra paloma sin vida cerca de las casas de los albañiles, o peor aún, un mensaje en toda la entrada de la casa.

La señora sonríe malévolamente.

—No... eso no.— Se gira para ver a Yuri. —Creo que vi a un gatito gris en esa casa..

Yuri lo comprendió de inmediato, y con un leve asentimiento, él sale de su oficina, cerrando la puerta con calma pero ya sabiendo qué era lo que pedía su jefa.

Mientras tanto, Viktor acababa de entrar por la puerta principal cuando oyó el maullido alegre y agudo que ya era parte de la rutina de la casa.

Dragón Gris salió disparado desde el salón, zigzagueando entre sus piernas con la cola en alto, frotándose contra sus botas como si llevara semanas sin verlo. Viktor soltó una risa baja, se agachó y le rascó detrás de las orejas con dos dedos.

—Tranquilo, pequeño guardián. Ya llegué.

Detrás de él, Alexei entró corriendo, mochila rebotando en la espalda, mejillas coloradas por el frío y la emoción del día en la escuela, el niño vio al gato y soltó un grito de alegría.

—¡Dragón! ¡Ven acá, mi lindo amiguito peludo!

Se lanzó al suelo sin quitarse la mochila, abrió los brazos y Dragón Gris corrió directo hacia él, ronroneando tan fuerte que parecía un motorcito. Alexei lo levantó con las dos manos, lo pegó contra su pecho y le dio besos ruidosos en la cabecita gris.

—¿Me extrañaste? ¡Yo también! ¡Hoy le conté a Misha que vas a ser tío de un gatito nuevo cuando nazca mi hermanita! (cosas que no tenían sentido para los adultos, solo juego de niños)

Viktor sonrió desde la puerta, apoyado en el marco, viendo cómo su hijo mayor jugaba con el gato en el porche. Alexei dejó la mochila en el suelo y empezó a correr en círculos pequeños, con Dragón Gris persiguiéndolo, saltando y dando zarpazos juguetones al aire.

—¡Corre, Dragón! ¡Corre como si fueras un dragón de verdad!

El gato maulló feliz, zigzagueando detrás de los pies del niño, hasta que Alexei se dejó caer de rodillas y lo atrapó en un abrazo apretado.

Viktor entró al salón, quitándose la chaqueta y colgándola en el perchero. Doña María salió de la cocina con una taza de chocolate caliente para Alexei.

—¡Mi campeón llegó! Ven a tomar algo calentito antes de que te enfríes.

Alexei entró corriendo, con Dragón Gris todavía en brazos.

—¡Abuela! ¡Mira cómo corre Dragón! ¡Es el más rápido de todos!

Doña María rio y le revolvió el cabello.

—Sí, mi amor. Ahora suéltalo que se va a escapar otra vez.

Alexei dejó al gato en el suelo. Dragón Gris dio una vuelta rápida por el salón y salió disparado hacia Viktor, frotándose contra sus piernas una vez más antes de subir las escaleras hacia la habitación de los niños, y después de unos segundos regresa corriendo jugueteando com su propia cola.

Viktor lo siguió con la mirada, sonriendo.

Pero Alexei se quedó parado en la entrada del salón, con la mochila todavía en un hombro, mirando hacia el jardín con el ceño fruncido, luego se regresa y cierra la puerta acercándose a Viktor con algo de dudas.

—Papi…

Viktor se giró.

—¿Qué pasa, campeón?

Alexei dudó un segundo.

—Cuando estaba jugando con Dragón afuera… sentí que alguien me estaba mirando. Como si estuviera escondido entre las plantas del bosque. Oí un ruido raro… como ramas que se movían. Pensé que era el viento… o un animal. Pero me dio un poquito de miedo. Así que corrí y cerré la puerta rápido.

Viktor sintió que el pulso se le aceleraba.

Se agachó hasta quedar a la altura de su hijo.

—¿Viste a alguien? ¿Alguna persona?

Alexei negó con la cabeza.

—No… solo oí el ruido. Y sentí… sentí como ojos en la espalda. Pero ya estoy adentro. Estoy seguro, ¿verdad, papi?

Viktor lo abrazó fuerte, besándole la coronilla.

—Sí, campeón. Estás seguro. Siempre estás seguro aquí. Nadie va a entrar. Nadie va a tocarte. Ni a ti, ni a tus hermanos, ni a mami, ni a nadie, así que no tengas miedo, yo los protegeré a todos.

Alexei se pegó más a él.

—¿Y a la hermanita que viene?

Viktor apretó el abrazo casi imperceptible como si luchara consigo mismo.

—A ella menos. Nadie va a tocar a nadie. Te lo prometo.

Alexei asintió contra su pecho.

—Gracias, papi. Eres el mejor papá dragón del mundo.

Viktor rio bajito, aunque el nudo en el estómago no se iba.

—Ve a lavarte las manos y a contarle a mami lo del ruido. Yo voy a revisar afuera.

Alexei entró corriendo al salón. Viktor se quedó en la puerta un segundo, mirando hacia el bosque. El viento movía las ramas. O eso parecía. Pero él sabía que no siempre era el viento.

Sacó el teléfono y le mandó un mensaje rápido a Dimitri:

“Alguien estuvo cerca del jardín. Alexei sintió que lo miraban. Revisa las cámaras perimetrales. Ya.”

Dimitri respondió en segundos:

“En camino. Nadie toca a la familia. Nadie.”

Viktor guardó el teléfono y salió al porche. Dragón Gris que estaba sentado en el escalón, mirando hacia el bosque con las orejas tiesas, movía la cola de vez en cuando casi como si fuera un radar.

Viktor se agachó a su lado, como si compartiera sus pensamientos.

—¿Tú también lo sentiste, pequeño guardián?

El gato maulló bajito, sin apartar la vista de los árboles. Viktor le rascó detrás de las orejas.

—Bien hecho. Sigue vigilando.

Se levantó, miró una última vez hacia el bosque y entró, pero el escalofrío no se fue, porque sabía que no había sido el viento, y sabía que quienquiera que estuviera ahí… ya había visto lo suficiente, el gato, los niños, la barriga de Sofía, y eso era demasiado para Krasnova Volkov, demasiado para dejarlo pasar, y Viktor supo, con una certeza helada, que la guerra silenciosa acababa de empezar.

Viktor sube las escaleras y se encuentra con la puerta de la habitación abierta, ve a su amada y sus dos hijos disfrutando de un momento mientras Alexei habla de lo que hizo hoy en la escuela, y él... se fijaba en Sofía, su mirada directo a ella, en como su vientre lleno una vez más lo hacía sentir vivo, le encantaba verla rodeada de sus hijos, esa hermosa sensación de verse como.una familia, Sofía nota esto y levanta la cabeza mirando a Viktor con una sonrisa cálida, esa que a Viktor siempre le ilumina en los peores momentos.

Luego de unos segundos, deja a la mamá con sus pollitos y él se regresa a su oficina, se sienta pesadamente otra vez, todavía le costaba creer que esa señora estaba rondando por aquí, de que no cree que sea capaz de hacer daño por un rencor viejo, pero claro, convencerse así mismo no ayudaba en nada, él debía solucionar esta situación.

Marcó el número de Dimitri esta vez.

—Dime, hermano— respondió Dimitri de inmediato.

—Necesito que vengas mañana mismo, tenemos que hablar, y lo que necesitamos es actuar rápido.

Dimitri asiente al otro lado de la línea. —Mañana a las seiscientas horas estoy allá, cuídate, hermano, a los niños también, sobre todo... a Sofía.

Viktor agradece y cuelga la llamada, una cosa es importante, conocía muy poco a Krasnova Volkov, pero sí recuerda aquella primera vez que la vio, que a esa señora, le encantaba mucho manejar el tiempo, eso le quedó marcado en la cabeza, así que... él también actuará rápido, antes de que sea demasiado tarde.

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