Sandro
La miro irse, luego detenerse.
Su espalda, recta, frágil, parece decir todo lo que calla.
Podría dejarla escapar. Sería más fácil.
Pero ya no soy ese hombre.
No cuando todo en mí grita su nombre.
Avanzo.
Uno, dos, tres segundos suspendidos.
El ruido de la ciudad se desvanece.
Solo queda ella — y este vacío entre nosotros, cargado de todo lo que nunca hemos dicho.
— Alba.
Mi voz tiembla un poco. No por miedo. Por verdad.
Se da la vuelta, lentamente. Sus ojos son rojos, no de ira, sino de fatiga, de todo lo que ha retenido durante demasiado tiempo.
— No empieces de nuevo —sopla.
— No. Esta vez, termino.
Me acerco, sin buscar sus ojos, lo justo para que escuche mi aliento.
— ¿Quieres saber por qué he permanecido en silencio? ¿Por qué he dejado que la duda se instale? Porque tenía miedo de lo que sentía. Miedo de decírtelo. Miedo a que todo se derrumbara en cuanto pronunciara tu nombre como se pronuncia una oración.
Ella se estremece.
Sigo. No puedo detenerme.