Sandro
La miro irse, luego detenerse.
Su espalda, recta, frágil, parece decir todo lo que calla.
Podría dejarla escapar. Sería más fácil.
Pero ya no soy ese hombre.
No cuando todo en mí grita su nombre.
Avanzo.
Uno, dos, tres segundos suspendidos.
El ruido de la ciudad se desvanece.
Solo queda ella — y este vacío entre nosotros, cargado de todo lo que nunca hemos dicho.
— Alba.
Mi voz tiembla un poco. No por miedo. Por verdad.
Se da la vuelta, lentamente. Sus ojos son rojos, n