Alba
Regresamos a casa, entreabriendo la puerta de nuestro reino, cansados pero aliviados. La luz filtra a través de las cortinas, suave, dorada, casi tímida. Baila con las sombras, creando patrones delicados en el suelo. El mundo afuera sigue girando, pero aquí, todo parece detenido, como si el tiempo nos hubiera concedido una pausa preciosa.
Su brazo pesa en mi cintura, su respiración roza mi nuca, cálida y regular, como una melodía familiar. No me muevo. Dejo que este silencio me envuelva, un capullo acogedor donde los gritos del pasado se desvanecen. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que no conocía una mañana sin ira, sin esa tensión en el pecho que me consumía lentamente desde adentro?
Me doy la vuelta lentamente, mi corazón latiendo al unísono con el silencio que nos rodea. Sandro aún duerme, sus rasgos relajados, casi apaciguados. Nada que ver con el hombre que enfrenté anoche, ni con aquel que me ha herido tantas veces con sus silencios. Lo miro, fijamente, absorbida por este esp