Sandro
La veo antes de que ella me vea.
Sentada en el banco, espalda recta, las manos crispadas sobre su bolso.
Tiene esa forma de mantener su postura, entre la huida y la defensa, como si la menor palabra pudiera hacerla explotar.
El viento juega en su cabello. La luz gris de la mañana le perfila el rostro, pálido, tenso, obstinadamente sereno.
Me quedo allí unos segundos, inmóvil, antes de avanzar.
Cada paso es una lucha contra mí mismo.
Porque sé que si hablo demasiado fuerte, se irá.
Y si me callo, me escapará de otra manera.
— Alba...
Mi voz no es más que un susurro.
Ella se sobresalta. Se da la vuelta. Su mirada me atraviesa, y ya sé que estaba en otro lugar, no solo lejos de mí, sino en un sitio donde yo ya no existo.
— ¿Qué haces aquí?
Su voz es baja, tensa.
— Podría hacerte la misma pregunta.
Ella suspira, aparta la mirada.
Veo el cansancio en sus rasgos, la noche en vela que se aferra a ellos.
Me siento en el otro extremo del banco. No demasiado cerca