Sandro
El día se arrastra con la pesadez de un cielo sin viento. Los números desfilan en la pantalla, las reuniones se suceden, pero no estoy realmente allí. Mi mente vaga entre el vapor de la ducha de esta mañana y la risa de Alba en la cocina. Esta imagen dulce me persigue como una respiración que no quiero dejar atrás.
Creí, por un instante, que finalmente habíamos encontrado nuestro equilibrio.
Error.
Tres golpes secos suenan en la puerta.
— ¡Entren! —digo sin levantar la vista.
La puerta se abre. El sonido es demasiado agudo, demasiado cortante. No es el paso de un asistente.
Levanto la cabeza.
Y todo se congela.
Chiara.
Su nombre se impone en mi cabeza antes de que mis labios lo pronuncien.
Ella se mantiene erguida, orgullosa, vestida como siempre con una elegancia calculada, pero su rostro está devastado por la ira. Sus ojos lanzan rayos, su lápiz labial, un poco demasiado brillante, contrasta con la palidez de sus mejillas.
Ni siquiera se ha tomado la molestia de cerra