Sandro
Los escucho sin responder. Siento que el control se me escapa. Lo que siempre supe domar, la prensa, el rumor, la percepción, se me escapa entre los dedos.
Y en el fondo de todo esto, un solo rostro me atormenta. Alba. La imagino, en el cuarto piso, oyendo los gritos, viendo a la multitud congelarse. La veo, orgullosa, inmóvil, con la mirada herida. No necesita explicaciones para entender que esa mujer formaba parte de un pasado que he mal enterrado.
Paso una mano por mi rostro, me dejo caer en mi sillón. Quisiera que todo se borrara. Pero las paredes tienen oídos, y la vergüenza, una memoria tenaz.
La tarde se alarga en una niebla amarga. Cada vez que salgo al pasillo, el silencio se hace. Cada mirada es una pregunta. Y cada pregunta, una acusación.
Mantengo la cabeza en alto, como siempre. Pero por dentro, todo vacila. No temo la pérdida de reputación. Temo la pérdida de Alba.
Porque esta noche, tendré que regresar. Y sé que su silencio dolerá más que todos los gritos de Chia