Alba
Las ruedas del coche chirrían suavemente sobre el camino de grava. La finca se extiende ante nosotros, vasta y silenciosa bajo la fría luz del final del día. Sandro entrelaza su mano con la mía, calor contra calor, un contacto reconfortante tras la tensión del puerto. — Casi en casa, murmura.
Las grandes puertas de madera se abren antes de que hayamos bajado. Un empleado con uniforme impecablemente planchado se apresura, toma mi bolso y lo levanta con un gesto casi ceremonial. Siento que mis hombros se liberan de un peso invisible.
— Señora, Señor, anuncia la voz suave de la gobernanta desde la entrada. La cena está servida.
El aire en el interior es templado, perfumado de madera antigua y flores frescas. El suelo de baldosas refleja la luz de los candelabros, destellos dorados en cada paso que damos. Cada habitación exhala una familiaridad rica, casi tangible, que borra la sal y el óxido del mar y del hangar. Sandro pasa un brazo por mis hombros.
— Como si fuéramos reyes, dice