Alba
El golpe metálico de la puerta se resuena en el hangar como un martillo sobre un yunque.
El aire está cargado de olores de aceite rancio, sal y hierro. Gotas de agua, cayendo de una tubería, marcan un ritmo discreto que palpita en mis sienes.
Marco no ha soltado mi mano. Su agarre no es firme ni blando: una tensión suspendida, calculada, como si pesara cada milisegundo de este contacto. Sus dedos son cálidos, pero una fina película de sudor traiciona un esfuerzo de control.
— Hablas de al