Alba
El golpe metálico de la puerta se resuena en el hangar como un martillo sobre un yunque.
El aire está cargado de olores de aceite rancio, sal y hierro. Gotas de agua, cayendo de una tubería, marcan un ritmo discreto que palpita en mis sienes.
Marco no ha soltado mi mano. Su agarre no es firme ni blando: una tensión suspendida, calculada, como si pesara cada milisegundo de este contacto. Sus dedos son cálidos, pero una fina película de sudor traiciona un esfuerzo de control.
— Hablas de alianza, dice finalmente, en voz baja, ligeramente velada.
Se inclina, sus ojos buscando una rendija en mi mirada.
— Pero una alianza solo existe si las dos partes tienen algo que perder. ¿Qué tienes realmente para ofrecer?
Mantengo el silencio una fracción de segundo más de lo necesario. Dejar la pregunta en el aire ya es una respuesta. Él cree que está probando mis nervios; ignora que ya he preparado cada ángulo de esta escena.
— El tiempo, Marco. Y la invisibilidad. Dos cosas que ya has comen