Alba
La noche tiene ese silencio particular de las grandes casas: un calma tan completa que se convierte casi en un personaje, respirando al ritmo de las paredes. Sandro todavía duerme, su respiración regular contra mi nuca, un calor que me retiene pero no me calma. Abro los ojos. La oscuridad se ha teñido de un azul profundo. Escucho. El tic-tac del reloj lejano late como un recordatorio discreto: cada segundo es una elección.
Me levanto suavemente, deslizo mis pies descalzos sobre la alfombra