Alba
La música se eleva, suave y elegante, como si las notas mismas ignoraran el sabor de la sangre que impregna las paredes. Los violines acarician el aire con una dulzura casi insultante. En la sala, las miradas resbalan sobre mí como cuchillas aceitosas, pulidas por años de hipocresía.
Sandro sostiene mi mano, sus dedos enredándose alrededor de los míos con esa firmeza posesiva que no deja lugar a dudas. Él brilla. O más bien, finge brillar. Cada sonrisa que distribuye es calculada, cada inc