Alba
Pensé que había conocido el miedo.
El verdadero.
El de los pasillos vacíos de la brigada después de una operación fallida.
El de un latido de corazón de más durante una vigilancia.
El que surge en el fondo de los ojos de un hombre que se creía amar.
Pero esa mañana, no es miedo.
Es peor.
Es aceptación.
La resignación fría que se instala cuando uno comprende que no podrá escapar.
Cuando sabe, en el fondo, que ni siquiera quiere huir.
Bajo. Los escalones crujen apenas. La casa está bañada en