SANAA
Él desabrocha mi vestido con una impaciencia que desgarra el aire, dejándolo caer al suelo como un velo frágil que ya no sirve para nada. No hay suavidad en el gesto, solo urgencia. Y allí, desnuda ante él, me siento expuesta, vulnerable, ofrecida como un sacrificio sobre el altar de su deseo. Pero no hay miedo. Solo una fuerza salvaje que crece en mi interior, un fuego que consume toda duda. Estoy ardiendo.
Sus ojos, negros como la medianoche en un desierto sin estrellas, no me miran: me