La noche no trajo descanso a Iron River. Tras la partida de Perla, el aire en la habitación de Clara se sentía impregnado de una verdad eléctrica y peligrosa. Joe, con las manos temblorosas y el corazón martilleando contra sus costillas, salió al porche para buscar una señal de telefonía lo suficientemente estable. Necesitaba hablar con su abuelo. Necesitaba advertirle que el hombre que dormía bajo su mismo techo en Nueva York no era solo un pariente resentido, sino un arquitecto del caos.
—¿Joe? ¿Qué ocurre, hijo? Tu voz suena como si hubieras visto a la muerte —la voz de Roberto Briston, profunda y serena, llegó a través de la línea, filtrada por la estática del desierto.
—Abuelo, es Arthur. Perla estuvo aquí. Confesó todo. Arthur orquestó el falso embarazo, los registros médicos, los ultrasonidos... todo fue una farsa pagada por él para separarme de Abigail y distraernos de Clara. Tienes que sacarlo de la casa, abuelo. No es seguro tenerlo cerca de ti o de Linda.
Hubo un silencio p