La luz del amanecer en Iron River tenía una cualidad distinta esa mañana. Ya no parecía la luz de un desierto implacable, sino el resplandor de una tregua ganada a pulso. En la habitación principal de la casa, Clara se encontraba sentada por primera vez en semanas, apoyada en una montaña de almohadas. Su rostro, aunque todavía marcado por la palidez de su largo cautiverio, mostraba una determinación que Joe y Abigail no habían visto antes.
La mejora en su salud no era solo física; era una recuperación de la voluntad. El doctor Díaz, que se había convertido en una sombra protectora dentro del rancho, observaba con satisfacción los signos vitales de la mujer. Pero lo que ocurrió esa mañana fue mucho más allá de la medicina.
Joe se había retirado para supervisar las labores del rancho, dejando a las dos mujeres solas. Clara tomó la mano de Abigail, y por primera vez, habló con una claridad absoluta sobre el futuro, un futuro que no incluía tribunales ni procesos de adopción.
—Abigail, es