El ambiente en Iron River se había vuelto denso, cargado de un olor a antiséptico y a esa humedad opresiva que precede a las tormentas de verano. Habían pasado dos días desde que Clara fuera instalada en la habitación de invitados, transformada ahora en una unidad de cuidados intensivos improvisada. El doctor Díaz no se había apartado de su lado más que para lo estrictamente necesario, monitoreando cada fluctuación en sus signos vitales con una mezcla de profesionalismo y una preocupación que no lograba ocultar.
La salud de Clara no mejoraba; por el contrario, parecía ir en una lenta pero constante picada. Era como si su cuerpo, agotado por años, y ahora de huida y miedo, finalmente hubiera decidido rendirse. Sin embargo, dentro de esa fragilidad extrema, Díaz había logrado una estabilidad precaria. Era un equilibrio de cristales: un suspiro de alivio en medio del caos, pero un alivio que pendía de un hilo invisible.
Joe y Abigail se mantenían como centinelas al pie de la cama. Joe, c