El rugido del motor del deportivo de Arthur no se detuvo hasta que los neumáticos chirriaron frente a la imponente casona de Roberto, a las afueras de Nueva York. La estructura de piedra y hierro forjado, que normalmente proyectaba una imagen de solidez y tradición, parecía hoy una prisión de secretos. Arthur descendió del vehículo con los movimientos erráticos de un hombre que ha perdido el norte, pero que ha encontrado un nuevo combustible para su odio: una supuesta verdad que creía irrefutable.
Entró en el salón principal sin anunciarse, ignorando las miradas reprobatorias del servicio. Encontró a su abuelo, el patriarca Roberto, sentado en su sillón de orejas junto al ventanal, observando el crepúsculo con una serenidad que a Arthur le resultaba insultante.
—¡Lo sabías! —gritó Arthur, antes incluso de que Roberto pudiera girar la cabeza—. ¡Sabías que Abigail está embarazada y me lo ocultaste!
Roberto Briston no se inmutó. Lentamente, bajó el libro que sostenía y clavó sus ojos de