El trayecto desde el Aeropuerto de LaGuardia hasta Iron River fue una agonía de minutos que se sentían como horas. A pesar de que el helicóptero que Joe había rentado cortaba el aire con una eficiencia envidiable, para Joe y Abigail el tiempo parecía haberse espesado, convirtiéndose en una sustancia viscosa que les impedía respirar. Joe mantenía la mandíbula apretada, sus nudillos blancos mientras sostenía el teléfono esperando noticias que no llegaban. Abigail, a su lado, no dejaba de acaricia