El timbre de la suite del Upper East Side sonó con una puntualidad que resultaba casi agresiva. Joe, que estaba terminando de ajustar los botones de sus puños, intercambió una mirada cargada de significado con Abigail. No necesitaban palabras; el aire en el apartamento se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos se erizara. Era el día de la visita de Arthur.
Cuando Joe abrió la puerta, no se encontró con el hombre arrogante y expansivo que so