Los días posteriores a la cena en casa de Miriam pasaron con una calma engañosa. Desde el exterior, todo parecía en orden: la manada continuaba con sus labores, las mujeres se reunían a intercambiar rumores, los hombres entrenaban en el patio de armas, y los jóvenes corrían por los pasillos de piedra como si la vida no se viera alterada por la presencia de Elena.
Pero ella, que cada vez agudizaba más sus sentidos, podía notar que esa calma estaba sostenida por un hilo delgado. En las miradas de