La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el parpadeo cálido de las lámparas de aceite y el resplandor tenue de la chimenea. El olor a sangre, a leña y a metal aún impregnaba el aire.
Ilai se quedó de pie, inmóvil, mientras Oriana se acercaba con paso firme… aunque sus manos temblaban ligeramente.
Ella tragó saliva.
Él no llevaba camisa.
Ni debería sentirse tan intimidante con simples pantalones oscuros y el cuerpo cubierto de heridas y sangre seca.
Pero lo estaba.
Mucho.
—Siéntate —