El primer golpe de la mañana fue la luz.
Un rayo de sol se coló entre las gruesas cortinas de la habitación, rebanando la penumbra en una línea dorada que cruzó la alfombra, trepó por la cama y fue a dar directo al rostro de Oriana.
Ella frunció el ceño antes de abrir los ojos.
Todo estaba… raro.
Primero sintió el peso cálido sobre su cintura, como si un ancla la mantuviera pegada al colchón. Luego, el olor. Leña, bosque húmedo, algo masculino y salvajemente agradable que jamás había olido en s