El salón donde solían desayunar no tenía la solemnidad de un comedor real: era más bien una gran estancia rectangular con largas ventanas, una mesa robusta de madera oscura y varias sillas de respaldo alto. Sobre la mesa ya había pan recién horneado, fruta cortada, una olla de algo que olía a café fuerte y jarras de un líquido ligeramente espeso, de color ámbar.
Oriana entró con pasos cautelosos, enfundada en una túnica limpia que alguien había dejado doblada sobre un baúl. El cuello era un poc