La mesa estaba servida con esmero. Miriam había ordenado a los lobos que servian en su hogar que prepararan una cena especial, tal vez como excusa para suavizar la tensión que se respiraba desde el momento en que Ian había entrado en la casa. El aroma de los guisos, mezclado con el de las hierbas tostadas y el pan recién horneado, impregnaba el aire, pero no lograba opacar la densa carga que flotaba entre los presentes.
Los betas y el gamma, con un gesto respetuoso, se retiraron de la estancia