Capítulo 8– Mi luna.

La habitación parecía más pequeña ahora, como si las paredes se hubieran acercado para contener el calor que ambos desprendían. El fuego de la chimenea crepitaba bajo, pero ya no era la fuente principal de luz: eran ellos. Sus cuerpos. El vínculo. La marca en el pecho de Oriana brillaba con un fulgor plateado que se filtraba a través de la tela fina de su camisón, y bajo la piel de Ilai latía la misma luz, respondiendo.

Él la tenía aún sentada a horcajadas sobre sus muslos, pero ya no bastaba.
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