El amanecer llegó como una sentencia.
La fortaleza estaba en silencio, pero no era paz: era la calma que precede a la tormenta. Me desperté antes que nadie, con el cuerpo todavía marcado por la noche anterior. Cada roce de las sábanas me recordaba dónde Killian me había tocado, dónde me había reclamado, dónde yo lo había reclamado a él.
Bajé descalza al salón principal.
Papá ya estaba allí, sentado en su sillón de cuero negro, con una taza de café humeante y la mirada fija en el horizonte. Mamá