El sol se hundía en el horizonte como sangre derramada cuando volví a la fortaleza.
La Ducati rugió una última vez antes de apagarse en el garaje subterráneo. Me quité el casco y sentí el aire frío golpearme la cara todavía caliente por el beso de Killian. Mi cuerpo guardaba cada marca que él había dejado: los labios hinchados, la piel sensible en el cuello donde había mordido, el latido acelerado que no se calmaba ni siquiera ahora.
Entré por la puerta trasera. La casa estaba en penumbra, solo