El aire estaba cargado de sal y óxido. Cada rincón del viejo astillero olía a humedad y a hierro, como si las paredes corroídas hubiesen absorbido décadas de sangre y secretos. La bruma marina se colaba por las rendijas, envolviendo a los hombres reunidos allí en un manto fantasmal.
Los pasos de Darío resonaban con eco metálico sobre el piso cubierto de charcos. Sus botas dejaban huellas oscuras en el agua mezclada con grasa vieja, y el sonido de cada pisada era como un martilleo que se clavaba