El año 1919 amaneció sobre el puerto de Nueva York con una neblina densa que parecía hecha de hollín y promesas rotas. El Imperator, un coloso de hierro que cargaba con los restos de la aristocracia europea y el hambre de miles de inmigrantes, atracó en los muelles bajo la mirada impasible de la Estatua de la Libertad. Para Meryem, el Nuevo Mundo no olía a libertad, sino a una mezcla asfixiante de carbón, sudor humano y el rastro metálico de la electricidad. Su loba alpina, acostumbrada al aire